Una habitación propia

Una habitación propia

Click en la imagen para ver Artepoli

VIRGINIA WOOLF

Por: María José Cortés Robles

Me acerco al Teatro Pavón Kamikaze para disfrutar de un monólogo del siglo pasado, una conferencia de Virginia Woolf, versionada y dirigida por María Ruiz. Se incluye en la programación de ‘Femenino Plural’, sobrenombre con el que se engloba a un conjunto de obras significativas con respecto al tema de ‘la mujer’. Comprobemos la vigencia de este texto emblemático para el movimiento feminista.

En El Ambigú, me gusta sentarme centrada, pero en la última fila. Dejo mis cosas sobre la barra de bar que me sirve de respaldo y observo cómo el público ocupa la sala por completo. Sin que apenas nos percatemos, Clara Sanchis sale a escena. Nos mira directamente a los ojos con firmeza. Su elegancia no estriba solo en el vestir de aquella época. Marcando los latidos de su corazón y la cadencia de sus movimientos está Virginia Woolf, que se incorpora así al presente desde un pasado no tan lejano… Prendida ya nuestra atención a su silencio preñado de incógnitas, se permite por fin dar uso a la palabra. Nos habla con camaradería, de igual a igual, como si cada asiento estuviese ocupado por una mujer en busca de respuestas, por una estudiante anhelante de conocimientos, repleta de poesía, hambrienta de mundo. El público, por el contrario, es mixto: también hay hombres.

Inicia un tema controvertido y lo acomete con paciencia, con templada elocuencia, con entusiasmo. Con pasión, diría yo, en algunos momentos álgidos. Quiere que saquemos nuestras propias conclusiones sobre las diferencias entre mujeres y hombres, no solo a la hora de escribir, sino de contar con la oportunidad de dedicarse a la literatura. Su palabra es grácil y cargada de sentido. Más que irónica, de un humor inteligente que la salva de la amargura. Busca ardientemente la verdad, dando el golpe de gracia a la ilusión, para silenciarla y que no estorbe a sus pesquisas. “Cuantos más ciertos los hechos, mejor la obra de imaginación”. A cada rato, se toma un respiro. Desliza sus dedos sobre las teclas de un piano que hay en la sala. ¡Qué sabemos a dónde le transporta la música! Puedo adivinar que al centro vital que la proyecta. Regresa enardecida, con energía renovada, para seguir desgranando su pensamiento: “el efecto de la pobreza en la mente”.

Según Virginia Woolf, la inseguridad económica no alienta al artista a realizar su tarea, excepto las consabidas excepciones. Antes bien, resulta un condicionante alienante y disuasorio. Todo artista se beneficiaría de una base sólida sobre la que apoyarse, de cierta tranquilidad para poder centrarse en su labor, de una vida mínimamente confortable que le permita contar con un lugar adecuado en donde trabajar y del tiempo imprescindible para una dedicación artística plena. Es decir, de independencia y de un cierto nivel económico. Eso dice Virginia, por boca de Clara Sanchis. Si el artista es mujer, la cosa se complica.

Incluso hoy en día, la desigualdad entre hombres y mujeres no ha desaparecido. Tampoco en el ámbito laboral. Pese a estar mejor formadas, las mujeres ocupan puestos de trabajo peor pagados que los hombres. Son datos constatables en el informe de la OIT (Organización Mundial del Trabajo), no los invento. El trabajo que realizan las mujeres continúa infravalorado. La sociedad penaliza por razones de género, por ejemplo, a las madres.

Los hombres están más arraigados en sus puestos laborales, sean los que sean, llegaron antes. Pero, ¿qué le impidió a la mujer avanzar en los siglos pasados, qué se lo impide ahora? Dice Woolf que “la mujer es el animal más discutido del universo”. Cuando se discute sobre algo es que ese algo nos preocupa o nos interesa. Tras la preocupación está el miedo. Tras el miedo, viene la cólera, aunque no tendría por qué. Dice Erica Jong que “las mujeres constituyen el único grupo explotado en la historia que ha sido idealizado hasta la impotencia”. El poder es adictivo. El que lo ejerce necesita confianza en sí mismo. Para que esa confianza sea ciega, basta el pensar que los demás son inferiores, que la superioridad es innata. Pero el ser humano vive preso de la ilusión de su reflejo. El hombre necesita espejos donde recrearse en su grandeza.

No resulta fácil deshacerse de patrones adquiridos, incluso aunque nos perjudiquen. Tendemos a repetirnos por pura inercia, es así de triste, y por miedo. Abogo por reaccionar primero, antes de enarbolar la queja. También Virginia Woolf nos lanza desde la escena consejos semejantes, aunque señale las causas que nos son ajenas, los condicionantes contra los que luchar sin tregua. Convengamos todos en que “las grandes mentes son andróginas”. Woolf menciona a Shakespeare. Lo verdaderamente revolucionario sería iniciar el camino que nos llevase a “mentes que conectan con otras mentes sin obstáculos, creadoras por naturaleza”.

Si nos remitimos a lo exclusivamente intelectual, “la libertad de pensar directamente en las cosas” -que dice Virginia- podrá llevarse a cabo a partir de cierta independencia económica. Y esto es válido para hombres y mujeres. Saberlo resulta un acicate. Al mismo tiempo, nos hace reflexionar sobre el valor del arte, sobre su precio, tantas veces llevado a tela de juicio. Algunos suponen que el artista, al ser vocacional, está dispuesto a trabajar gratis. Este menosprecio es intolerable e inviable.

La cultura no es algo superfluo, es la base de la historia de la humanidad, lo que nos sostiene, lo que nos conforma como seres humanos. La sociedad no se puede permitir el lujo de prescindir de algo constitutivo, que le acompaña desde sus orígenes. El arte es una manifestación concreta de nuestra necesidad de desentrañar el sentido de la existencia, de nuestra tendencia a la trascendencia, a superar el tiempo, a permanecer en la memoria de los vivos; es un limo intelectual y sensitivo del que se alimentan generaciones sucesivas.
¿Al alcance de quién está la cultura? El debate no hace más que expandirse… Son las bondades de un texto como el seleccionado por María Ruiz. La dirección escénica ejercida parece simple: generar lo creíble desde la escena, conectar, hacer reaccionar al público. Así lo percibí y lo asimilé.

Me considero afortunada por ser mujer, vivir donde vivo y poder asistir a una función como esta en el Teatro Pavón Kamikaze. Clara Sanchis estuvo espléndida. Durante algo más de una hora, tuvo en sus manos la llave de mi pensamiento y de mis emociones.

Nos queda mucho por hacer. “Es necesario que haya libertad y es necesario que haya paz, en nuestras mentes creadoras”. Centrémonos en ello.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *