la voz humana

La voz humana

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Por: María José Cortés Robles

Ana Wagener, en rueda de prensa, subrayaba lo costoso en el ámbito personal de haberse metido en la piel del personaje que construyó Cocteau para esta pieza. “No me ha visto así ni mi familia” -nos decía- Desnudar el alma en público no es fácil, quedarse en cueros implica valentía. Pero iniciar una función ya sin disfraz, sin asideros, como un despojo humano sobre su propia tumba, se me antoja realmente heroico.

Tras disfrutar su trabajo, comprendo perfectamente el esfuerzo subyacente en abandonarse de ese modo y, sin embargo, sostenerse como artista, controlando en todo momento lo aparentemente descontrolado. Como bien indica el título, la actriz solo cuenta con su voz en escena. Su partenaire es un terrorífico silencio al otro lado del auricular telefónico. Ni siquiera puede volcar su discurso en la mirada atenta y sensible de un público. Ana Wagener construye su aislamiento con materiales sólidos. Lo externo es obviado, o incorporado del modo en que lo hace con el ruido a pie de calle de la vida real, que transcurre ajena a su tragedia. El resuello palpitante de la sala repleta no la impide recibirnos dormitando sobre un mármol negro.

En cuanto a la escenografía, esa suerte de espejo que se nos muestra, la lápida en el suelo y su réplica en el techo, tiene la lógica de lo onírico. Tal elemento duplicado aumenta la sensación de asfixia. Del mismo modo, los diferentes planos en los que sucede el hecho artístico, gracias a la propuesta de Elejalde, tienen que ver con la estructura del sueño. Al incluir como escenografía tanto las ventanas del edificio del teatro como lo que se ve a través de sus cristales, consigue la confusión entre realidad y ficción. De este modo se las ha ingeniado el director para implicar al público, para impedirle la tranquilidad de los márgenes. La anécdota vital del personaje lleva implícito el carácter surrealista del monólogo: no puede asumir su circunstancia, solo desea caer en alguna suerte de olvido, para despertarse de la pesadilla en que se ha convertido su propia vida. Sin embargo, el dolor sobreviene en la vigilia como un estallido de la conciencia, tras algún sueño inquietante. El sufrimiento agudo penetra por sí solo hacia otros niveles de conciencia, es una llave certera capaz de abrir los cerrojos del subconsciente. En algunas ocasiones, el ansia por calmar ese dolor conduce al uso de estupefacientes. Es en esos casos en los que las drogas fuerzan en nuestra mente las compuertas de lo oscuro. Sea como sea, las reacciones a los agravios de desamor son proclives a la desesperación y a la angustia. Como defensa, el intelecto herido desea bajar peldaño a peldaño hacia lugares recónditos, adormecerse allí donde habita la extrañeza, donde la voluntad puede desbaratarse, asemejarse a lo yerto.

Retomemos la soledad de la actriz en el escenario. Este monólogo es un páramo. El paisaje del desierto es traicionero, cuidemos pues escapar al engaño. ¿Cuál sería el conflicto? Puede parecer que lo que se ha de resolver es la ausencia del otro. No es más que un espejismo perfilándose en el vaho, sobre el cristal de la ventana: ‘¿Para qué sirve el amor?’ Con solo borrar la última letra de esta pregunta, obtenemos la respuesta, corregimos el error de perspectiva.

Que el personaje sea mujer, no parece significativo. Hay que remitirse al título del monólogo: es humana, su voz. El ser humano en su conjunto es el que nace desvalido, el que se niega a crecer por conservar los cuidados. Es nuestra condición de seres civilizados la que nos ha mermado lo salvaje, la que nos incapacita para acometer la lucha por la supervivencia. La mutua dependencia, esa es la enfermedad. Solo en la libertad está la cura.

Tengo una teoría fecunda que suelo esgrimir en estos casos. Creo que el amor que sentimos es siempre mérito propio, una capacidad con la que venimos de fábrica y que vamos desarrollando. No es el objeto de amor el meritorio. Si aceptásemos esta premisa, el sentimiento de pérdida quedaría libre de autocompasión o resentimiento. El otro no es más que un espejo en el que reconocernos. Es mejor dejarlo intacto, a ser posible, no resquebrajarlo en ningún caso, liberarnos así de malos augurios. Pero el tornasol de la pasión deslumbra a cualquiera, nos ciega, nos enloquece. Pretendemos frenar el constante transformarse de la existencia, buscamos la permanencia y nos damos de bruces contra el tedio o la sorpresa desagradable. Sublimamos lo supuestamente adquirido, pretendiendo que alcance un rango más excelso que la vida, deliramos imposibles. Mil veces mejor sería el propio amor de mi teoría. Sin embargo, nuestra cultura arrastra una larga tradición de idealización del amado, literaria, destructiva. Lo que prima cuando acontece el desamor es lo humillante, lo indigno, el sacrificio como valor supremo, la peligrosa desintegración de la autoestima.
Amar debería hacernos crecer, nunca empequeñecernos.

Nadie nos pertenece, ni siquiera nuestros hijos. La solución al conflicto amoroso siempre está en nuestra mano. Si cerramos el puño pensando que no se deslizará la arena del tiempo llevándose lo que fue, estamos equivocados. Si sostenemos nuestra ofrenda en la palma de la mano pese al viento gélido, podría congelarse y hacerse pedazos. Hay que aceptar y desligarse. No por resignación, sino por impulso de vida. La quietud no trae nada bueno, excepto la vegetación espesa en los pantanos, las flores en las tumbas. Tenemos voluntad, el dolor no nos impide darle uso. No hay más que dos salidas: rehacer nuestra la vida o saltar hacia el abismo. En toda voz desesperada hay resquicios que pueden alertarnos de esto último.

El pensamiento mismo, antes de ser pronunciado, el propio discurso, es un castillo en el aire que construimos para darle sentido a algo. La búsqueda de la veracidad nos convierte en seres dignos. Pese a lo inalcanzable de lo absoluto, pronunciar lo incierto en ningún caso va a reconstruirnos. La mujer del monólogo se oculta. Miente, dice lo que otro quiere oír para hacerse digna a sus oídos. Miedo a la desconexión definitiva. Todo es estrategia. Resulta profundamente conmovedora la descripción que la protagonista hace del estado de su perro, subrayando sin querer su propia situación emocional, su propio comportamiento.

Un perro no olvida nunca a su amo. Algunos dicen que debemos ser responsables, que no se puede abandonar a un perro. Otros argumentan que por encima del perro siempre estarán las personas.
Pero volvamos a la mujer y su actitud frente al amor perdido… Se alegra de oírle al teléfono y festeja este contacto, como lo haría el perro tras una ausencia impuesta, sin sopesar las causas, ni pedir justificaciones. Se pone de su lado, le defiende. Carga con toda la culpa para descargar de culpa al dueño. Espera una recompensa. Con una caricia y algo que roer, podría contentarse un gran trecho de su vida. Él la ha tratado muy bien hasta el último momento, como a un animal de compañía que se prepara para el sacrificio… Pero olvidó la anestesia.

El autor plantea la incomunicación como tema principal. Se propone indagar sobre nuestra necesidad de comunicarnos y sobre la falacia de conseguirlo, sobre los actos fallidos que se esconden tras el aumento de posibilidades que nos ofrece la técnica. El autor ciñe su texto a una de las partes del diálogo surgido a través de una llamada telefónica. Todo está en contra, la protagonista no consigue una conexión correcta, se pierde información sensible, surgen interferencias, confusiones, sospechas... Aparecen tintes del Teatro del Absurdo, como la llamada errónea de una extraña que insiste en establecer un contacto imposible. Es irónico el paralelismo de esta llamada aparentemente prescindible, con el empeño de la protagonista en comunicar lo incomunicable al que ya no desea oír. La patente pérdida de tiempo, es lo absurdo, su comicidad opaca e incómoda. También la falsedad implícita en muchas partes del monólogo, siendo el público testigo de un acontecer contrario. Desde este distanciamiento de la palabra, el público contempla lo gestual con ansia de descubrimiento. El humor viene a descargar algo de la tensión emocional que transmite la situación del personaje. Por ejemplo, cuando se menciona el instante de olvido que le sobrevino gracias al dolor físico intenso, el que le provocó el torno del dentista. Hay también ironía en la relación del personaje con su perro. El público identifica el comportamiento del animal que ella describe, por un lado, como idéntico al que ella misma tiene con su expareja y, por otro, semejante al que su expareja tiene con ella. No mueve a risa, aunque es cómico. Le permite al público relajarse, distanciarse, comprender.

La comunicación telefónica fue un avance tecnológico muy grande. Este texto de Jean Cocteau indaga en la controversia que pudiera acarrear el invento del teléfono, manteniendo su vigencia en nuestra época. En la actualidad, la era de la informática, las telecomunicaciones se han tornado imprescindibles, anulando las distancias, tendiendo redes diversas que se extienden por todo el mundo. Gracias a la informática, el trasvase de información se ha acelerado, aligerando contenidos, apostando por lo trivial, por un consumo obsesivo de lo instantáneo. Sin embargo, nada puede sustituir al contacto directo, a lo presencial, compartido a través de los cinco sentidos. Un aparato electrónico puede traducir la experiencia solitaria para ponerla en común, pero en esta alquimia cabe la mentira en todos sus tamaños. Donde falta la piel, con su transpiración y su latido, se esfuma la vida. Deambulamos sonámbulos por las calles y los trenes, con el cuello quebrado y la vista fija en la pantalla del dispositivo móvil. Tenemos tantos simuladores, que lo vivo ha perdido su prestigio. Y esto va a ir a más, hasta que citarse en un café para charlar, darse un abrazo en la calle, tener sexo no virtual, se convierta en algo obsceno, directamente prohibido. O puede que le pongan precio a la experiencia carnal en todas sus formas, ampliando así el mercado. No es ciencia-ficción, ya está ocurriendo. La vida nos resulta más cómoda, menos lacerante, estamos a salvo, parapetados de maquinaria hasta los dientes. ¿Dónde queda lo humano? Perdido en el maremágnum, pidiendo auxilio. A esta voz se refiere Cocteau. ‘Conócete a ti mismo’ -dijo el filósofo-. ¿Cómo, sin introspección y sin espejos?

Es posible que mi visión apocalíptica sea excesiva. Sería aceptable la creencia en la capacidad del ser humano para discernir y medir, para salir de laberintos infernales. Pero cuestionemos las señales que nos llegan. No dejemos de reaccionar a la llamada del que se siente abandonado, aislado, malherido. Nuestra esencia es eso contradictorio entre lo emocional y lo razonado. Que la felicidad no sea una mueca en un mundo que ignora lo soterrado. Sigamos escavando para el hallazgo de tesoros.

¿Y si sobreviene un apagón, un fallo inmenso de lo técnico? ¿Y si la escasez de energía provoca recortes? ¿Y si agotamos las fuentes energéticas definitivamente? Todo es susceptible de sucedernos a todos y cada uno. También la contingencia de un suicidio. Habrá que reinventarse o perecer. Retroceder, aunque digan que no, para tomar impulso hacia algo nuevo. En todo desmoronamiento está la salvación, también en el desamor.

Hágase en mí según mis palabras.

Que nadie dude en aventurarse a esta auténtica experiencia artística. Israel Elejalde selecciona sus nuevos retos de dirección con un gusto exquisito y los supera con creces. ¡Qué actriz, Ana Wagener! ¡Qué técnica, qué entrega! El Ambigú del Teatro Pavón Kamikace temblaba de lado a lado, soportando en su estructura aclamaciones y aplausos. Decidan ustedes privarse o deleitarse, están en su derecho.

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