Mírame

Mirame

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Por: María José Cortés Robles

Con la valentía que caracteriza a dos actores de raza, Miguel Domínguez y Celia Sarli le propusieron en su día a Jesús Cracio la posibilidad de acometer conjuntamente la puesta en escena de ‘Mírame´, un texto de Susana Torres Molina. Les parecía que era urgente que una obra de teatro que versa sobre la violencia machista fuera expuesta a la luz potente de los focos para ser desentrañada por el público. Cracio, director cuya larga trayectoria se distingue por haber transitado otros procesos artísticos con temáticas controvertidas, no pudo negarse a este reto. Pese al perentorio deseo de llevar a escena el texto, durante el proceso de investigación previo se tuvo en cuenta la delicadeza del tema a tratar y la conveniencia de no caer en frivolidades o engaños. Para ello, se contactó con la autora y se consultó con expertos en la materia (Jaime Larrañaga y Sonia Cruz). Los riesgos y dificultades que han asumido estos tres artistas, son múltiples y de gran envergadura. Enfrentarse a un texto teatral en el que el argumento es la violencia en sí, contada en un único acto, y sobrevivir al intento, es ya digno de los merecidos aplausos que reciben tras cada función. Que el público se mantenga en su asiento, pese a la incomodidad que supone ser testigo de la visualización conjunta de un tema tabú, es todo un logro. Conseguir que brote espontáneamente la confrontación de opiniones entre los asistentes, una vez terminada la función, resulta algo destacable.

El título de la obra es realmente acertado. La autora solicita que se ponga el punto de mira en el agresor y así es como sucede. Asistí a dos funciones de ‘Mírame’. En la primera ocasión, mi perplejidad quedó presa del personaje que encarnaba magistralmente Jesús Domínguez. Me resultaba tan hipnótico este depredador sin piedad y al mismo tiempo sensiblero hasta la lágrima, capaz de pasar en décimas de segundo de la cruel agresión al sufrimiento, del cinismo a la justificación, de la burla a lo maquiavélico… Apenas pude mirar a Cecilia Sarli, que prestaba su cuerpo y su alma a la víctima. No es que literalmente no atendiese a su presencia ni a sus palabras, es que al chocar con ese personaje mi atención se tornaba superficial (después me percaté de ello), como si una pantalla opaca me impidiese una conexión empática. Era el miedo a lo difícil de asumir como cierto. Sin embargo, tras asimilar la primera experiencia, regresé más curtida y pude anclarme al trabajo heroico de la actriz, fui capaz de considerar entero el hecho atroz que se narra en la obra. Hice caso esta vez de la segunda llamada de atención de la autora: -‘Mírame’- ahora en voz del personaje femenino. Tuve que ir decapando las diferentes perspectivas insertas en el montaje dirigido por Jesús Cracio. El diseño de la iluminación contribuyó en gran medida a poner de relevancia la presencia lacerada de Cecilia Sarli, su lucha soterrada por la supervivencia. Y, por otra parte, la ambientación musical -incluidas las canciones a capela- edulcoró levemente lo que se presumía rotundo en silencios, como un susurro que se pronuncia en la distancia y pretende alcanzar el otro lado de un abismo. Finalmente, la conclusión del texto impactó contra un añadido del director: una proyección, grabación parcial y selectiva de uno de los momentos del abuso, intimidad descontextualizada que distorsiona lo ocurrido en realidad. Se subrayó de este modo la indefensión de la víctima y el poder del agresor para imponer su voluntad, que no duda en recurrir al ciberacoso sexual.

Me parce muy significativa esta resistencia mía a abandonarme del todo y recrear junto a los artistas el acontecimiento en cuestión, ya que creo que se podría establecer un paralelismo con la reacción social ante hechos de esta índole que en su mayoría suelen permanecer ocultos, como si se tratase de hechos puntuales que se pudieran marginar, cuando realmente las estadísticas son alarmantes. Precisamente por eso, porque de un modo u otro todos estamos afectados por esta lacra que supone la violencia machista, resulta tan difícil de digerir un menú artístico como el de ‘Mírame’, nos cuesta hasta catarlo, degustar su amargo buqué, tragarlo… Ni tan siquiera podemos mirarlo con la perspectiva limpia del que se sabe ajeno a la trama. Todos estamos involucrados en esto, todos formamos parte de una sociedad machista que consiente lo que Naciones Unidas considera una pandemia mundial: la violencia machista.
Para conmemorar el Día de la Eliminación de la Violencia Machista, tras la segunda representación de “Mírame” a la que asistí en la Sala Mirador, se abrió un debate que contó con la presencia de expertos y en el cual participó el público asistente. Una vez recogida allí la información pertinente, me pareció imprescindible ampliarla entrevistando a Sonia Cruz, psicóloga de la Fundación para la Convivencia ASPACIA (Organización sin ánimo de lucro especializada en la atención a víctimas de violencia de género y en la eliminación de la violencia en todas sus expresiones).

MJ. - Lo primero que habría que definir es el término ‘violencia sexual’, porque es posible que se tengan confundidos los límites…

-Según lo define la OMS (Organización Mundial de la Salud), tanto si el hecho en cuestión se produce en el ámbito de lo público como en la vida privada, llamamos ‘violencia sexual’ a todo acto sexual no deseado o la tentativa de consumarlo, a los comentarios e insinuaciones sexuales no deseados, así como a la utilización de la sexualidad de otra persona para uno mismo o para un tercero mediante cualquier tipo de coacción tanto física como psicológica (explotación sexual). La violencia sexual abarca desde el acoso verbal, el acoso sexual callejero, a la penetración forzada, pasando por muchos tipos de violencias sexuales que sufrimos las mujeres y que son diferentes a lo que comúnmente se conoce como violencia sexual, es decir, la violación que tiene lugar por la noche y en un lugar aislado. Centrándonos en la ‘violencia sexual machista’, la que sufrimos las mujeres por el hecho de serlo -que es una violencia sexual muy concreta, ya que los hombres también sufren violencia sexual, junto con los niños-, hay un mito alrededor de la violencia sexual contra las mujeres que identifica como denunciable y condenable exclusivamente la violación del tipo que todo el mundo reconocería como tal. Siempre que las violencias sexuales que sufrimos las mujeres coincidan con ese perfil, contaremos con más credibilidad, recibiremos más apoyo, incluso nosotras mismas lo detectaremos como una violencia grave y algo a denunciar. Cuando una violencia sexual se sale de ese perfil, cuando el agresor es conocido de la víctima, o no se da en ese lugar público aislado, o no hay uso de la fuerza física, o no hay penetración, y no hay lesiones físicas; en estos casos, se tiende a minimizar la importancia del hecho, a justificar al agresor –porque había bebido, porque no podía controlarse o lo que fuera- y a culpabilizar a la víctima -porque había provocado, de alguna forma lo estaba pidiendo con su forma de vestir, con su comportamiento, a lo mejor había bebido, o había invitado al agresor a su casa anteriormente, etc. - Se ponen en marcha entonces todos los mecanismos que el sistema patriarcal tiene para que las mujeres estemos en el foco y seamos al final las juzgadas. Se da la vuelta a la tortilla, y parece que el agresor se convierte en víctima y la víctima en cómplice. Y esto sucede con todos los delitos de género, ya sea dentro de la pareja o perpetrado por la ex-pareja. El foco de atención se fija en las mujeres y se analiza su comportamiento para averiguar si no somos nosotras las culpables de lo sucedido. Porque entender que esto no tiene que ver con una enfermedad mental del agresor -que es otro de los mitos-, supone aceptar que esta violencia tiene un carácter sociocultural y que tenemos que actuar en el ámbito social para cambiarlo. Cuando se pone el foco en la mujer, lo que se está haciendo es distraer del foco de atención real, que supondría encontrar el origen de esta violencia para poder eliminarla. El sistema patriarcal utiliza estos mitos para mantener la desigualdad y silenciar esta violencia tan frecuente.

MJ. - ¿Cuál sería el perfil de un abusador o de un violador?

-No hay perfiles. Uno de los mecanismos que tiene este sistema es hacernos creer que el agresor sexual, el violador, es un hombre raro, con dificultades en sus habilidades para relacionarse con las mujeres, que es un hombre víctima de abuso en la infancia, que tiene un déficit de control de impulsos, que tiene algún tipo de descontrol sexual o es adicto al sexo, o que tiene algún tipo de enfermedad mental crónica -que es un psicópata-. Esto nos hace creer que nos tenemos que proteger de este tipo de hombres, que tenemos que estar atentas a los hombres ‘raros’. En realidad, no hay perfil. El único perfil que encaja en una agresión machista es el hecho de ser hombre. Ha sido socializado en una cultura machista como es la nuestra. Esto no significa que todos los hombres vayan a agredir o a violar, pero los hombres por el hecho de haber nacido en una sociedad machista tienen el peligro de poder cometer alguna vez algún tipo de violencia sexual. No tiene por qué ser una violación, pero hay muchos ‘micromachismos’ que pasan inadvertidos y que están a la orden del día.

MJ. - Como mujeres insertas en esta sociedad, ¿dónde deberíamos poner en el día a día una señal de ‘peligro’?

-Nos encontramos con otras formas de violencia que suelen permanecer ocultas y que en un 80 % de los casos son perpetradas por personas del entorno de la víctima, incluida la familia. Las mujeres -y los hombres- deberíamos ser educadas para poder detectar violencias sexuales de todo tipo. Llamamos ‘abuso sexual’ a toda violencia en la cual no se utiliza la fuerza ni las amenazas para ejercerla, sino que el agresor accede al cuerpo de las mujeres aprovechándose de una situación de poder o de una circunstancia, o a través de un juego, o en un entorno de diversión. Hay conductas masculinas que tenemos muy normalizadas, pero que tienen como objetivo la intimidación, el hacernos sentir violentas y vulnerables (como el uso del ‘piropo’). Otro ejemplo de abuso es la ‘sextorsión’, agresión sexual que se consuma tras la amenaza de exponer en redes sociales imágenes íntimas de la víctima conseguidas sin su consentimiento, o alguna otra contrapartida del tipo que sea. Se tiende a pensar que un tocamiento o un abuso sin penetración no son graves, y son violaciones de los derechos humanos, de los derechos sexuales, muy graves. La gravedad de la violencia sexual no depende de si hubo penetración o no, sino que está determinada por cómo vive esa agresión la víctima y por otros muchos factores que intervienen en el hecho violento – quién ha ejercido esa violencia, cuántas veces ha tenido lugar la agresión, la edad de la víctima, el tipo de apoyo que percibe, etc.

MJ. - ¿Cómo reaccionar ante un violador? ¿Existe una ‘mejor estrategia’?

- Cuando cualquier persona sufre un ataque violento, reacciona con similares estrategias de supervivencia. Debido al sentimiento de culpa, el bloqueo puede parecer la primera respuesta, la única que se da. Pero siempre, por instinto, el cuerpo evalúa la situación y considera la defensa y la huida. Cuando estas dos fallan, el bloqueo le permite a la víctima poner distancia emocional y psicológica con el hecho que está teniendo lugar, pese a estar presente, le permite garantizar la supervivencia.

MJ. - Cuando se dice ‘no es no’, ¿nos referimos a pronunciarlo o nos referimos también a actitudes? Porque no queda claro…

-El ‘no es no’ es un lema interesante del movimiento feminista que hace referencia a confrontar el mito que supone que cuando una mujer dice ‘no’ en realidad está diciendo ‘sí’. A medida que se tiene un mayor conocimiento de las peculiares características de la violencia sexual, se va entendiendo que no siempre le resulta posible a la víctima decir ‘no’. El verdadero indicador del consentimiento de la mujer, para que un hombre pudiera entender que la mujer quiere consentir una relación sexual, es un ‘sí’ rotundo, tanto verbal como no verbal, una actitud coherente con ese ‘sí’. A las mujeres no nos han enseñado a manifestar nuestro deseo, a estar en conexión con él y poder expresarlo y defenderlo. Por todo esto, es muy importante tener el foco puesto en que esta violencia es cultural.

MJ. - ¿La palabra ‘víctima’ está estigmatizada por la sociedad?

-Sí, sobre todo si eres víctima de un delito de género. Si eres víctima de un fraude o de un robo, no tanto... Pero si eres víctima de una violencia -tanto sexual como física como psicológica- por el hecho de ser mujer, sí, sí está estigmatizada. Es más, una de las cosas de las que se aprovecha un agresor sexual o un abusador, es del hecho de que la mujer que va a denunciar cierto tipo de violencia sexual va a ser estigmatizada, no va a ser creída. Esto se ve muy bien en la obra de teatro. Hay un momento en el que Juan Vidreo le dice a Marina: “¿Quién te va a creer? Es tu palabra contra la mía. No es que te haya violado un desconocido por la calle. Realmente, ¿cómo vas a demostrar esto? No tienes señales, no tienes lesiones…”

MJ. - Entonces supongo que hay mucho soterrado, es decir, que las estadísticas no son ciertas, que habrá muchos casos que no trasciendan…

-Cada vez se realizan más estadísticas, se va avanzando en ese tema. Las estadísticas hablan de una prevalencia muy alta de la violencia sexual en la vida de las mujeres. La OMS en 2013 concluye que 1 de cada 3 mujeres han sufrido o va a sufrir algún tipo de violencia sexual, verbal o física, por parte de su pareja o fuera de la pareja. Las cifras de estos datos estadísticos pueden parecernos altas, pero tenemos que tener en cuenta que no son más que la punta del iceberg. En estas cifras no están representadas las violencias que no son denunciadas. Por ejemplo, el acoso sexual laboral es quizás una de las violencias más estigmatizadas y ocultas que existen. Y, al mismo tiempo, de las más frecuentes. En la macroencuesta europea se concluye que el 75 % de las mujeres que ocupan puestos de responsabilidad han sufrido algún tipo de acoso laboral, muchos de ellos de carácter sexual. El acoso laboral es una de las formas más eficaces de destrucción del poder personal de las mujeres y de su conexión con los demás. Se produce a través de comportamientos muy sutiles que son progresivos, que al principio no son detectados por la víctima como tal, ni por el entorno. Normalmente, los casos de acoso que salen a la luz son aquellos en los que ya ha tenido lugar una agresión sexual y ya es algo que debe ser denunciado, porque la mujer ya observa el peligro o ya lo detecta como algo grave. Pero lo que hay de fondo es una situación de acoso que ha permanecido durante meses o años y que es impune en el entorno laboral porque es ocultada por sus superiores o por otras estructuras. Los testigos de violencia sexual no tienen obligación de denunciar, no está tipificado por ley, excepto si la agresión se produce en el entorno de la pareja o ex-pareja (‘Ley Integral 1/2004). Sin embargo, aunque todos tenemos el deber moral de hacer algo al respecto, ya que se trata de un problema social, es importante poner el foco en que el verdadero responsable es el agresor.

MJ. - ¿Cuáles son las consecuencias para la víctima?

-Recibe un ‘impacto biopsicosocial’, es decir, que tiene consecuencias fisiológicas, psicológicas y sociales. Se suman a aumentar ese impacto una serie de violencias simbólicas. Una de ellas es la ‘revictimización secundaria’ que sufre al sentir la falta de apoyo institucional o del entorno más cercano. La intensidad del impacto tiene que ver también con la existencia o no de una ‘traumatización previa’, con que se hayan sufrido violencias de género anteriores (físicas, sexuales o psicológicas). La agresión sexual afecta al poder personal de las mujeres víctimas, a su autonomía, a la fertilidad, a su voluntad, a su capacidad de decisión, a su autoestima, a sus deseos e impulsos vitales. Afecta al área de la sexualidad, del cuerpo, de lo físico. Se producen problemas de insomnio, de alimentación, de insatisfacción corporal… Hay problemas de conexión con el cuerpo, que es dónde se ha recibido la violencia sexual. Se produce una huida, un intentar evitar todo aquello que pueda hacer recordar las emociones más negativas o las sensaciones que tengan que ver con la violencia.

MJ. - El evidenciar el delito, ¿es positivo siempre para la víctima? ¿O se puede vivir con ello siempre oculto y tener una vida plena?

-Todos contamos con un mecanismo de supervivencia que se llama ‘disociación’. De ser puesto en marcha, le permite a la víctima seguir viviendo con normalidad, aparentando que no ha ocurrido nada, aunque sufra una herida emocional importante. En un porcentaje muy alto de los casos se desarrolla un trastorno de ‘estrés postraumático’, que es la experimentación una y otra vez de lo ocurrido. Sin embargo, a través de los estudios de neurociencia más recientes, se ha podido comprobar que cualquier persona puede superar un acontecimiento traumático sin ayuda. Cuando ese mecanismo de superación se atasca es cuando sería importante contar con profesionales especializados en este tipo de violencia sexual que, no solo incorporan la perspectiva de género, sino que con técnicas específicas de procesamiento del trauma pueden ayudar a la víctima a elaborar una narrativa que le permita pasar página. El entorno de la víctima, por su parte, puede ayudar dando crédito a lo sucedido y ofreciendo su apoyo incondicional.

MJ. - ¿Habría que denunciar, para poder superarlo?

-No, depende de cada mujer. Obligar a una mujer a denunciar puede ser perjudicial, puede no estar preparada o ponerla más en riesgo. Denunciar no aporta la protección legal que cabría esperar y que la víctima necesitaría. Tampoco está garantizada la condena al agresor. Son procesos legales duros. Cabe la posibilidad de que la víctima sufra una ‘revictimización’. Lo ideal sería que tanto las mujeres como la sociedad en general entendieran que este delito es muy grave y que es denunciable y condenable. Lo más terapéutico sería que la mujer víctima pudiera sentir que la sociedad la cree, la apoya y condena al agresor. Esto sería un indicador de un avance a nivel social. En estos momentos se está trabajando sobre la posibilidad de incorporar las violencias sexuales fuera del ámbito de la pareja como una forma de violencia de género. Y, sin duda, la mejor intervención es la prevención. Se debería incluir a niños, niñas y jóvenes en las políticas de prevención de la violencia sexual.

Concluyo este artículo con una doble esperanza: en la utilidad del arte como vehículo de denuncia y en la capacidad de trasformación de la sociedad por parte del ser humano.

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