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“SIGLO DE ORO» SIGLO DE AHORA (FOLÍA) RON LALÁ

SIGLO DE ORO

Por MARÍA JOSÉ CORTÉS ROBLES

Lo cómico se nos escapa, no es nada constante en sus formas. Habría que esforzarse en describir el contenido y el tono de cada espectáculo de humor, o de cada humorista, para intentar apresarlo de un modo conceptual. Pero sería del todo inútil, se escurriría entre las costuras, por más que rematásemos. Esta necesidad del ser humano de deshacer contradicciones a través de la risa, nos es grata y beneficiosa, eso sí es un hecho. Necesitamos de este modo peculiar de reflexión que no se esconde del espectador, sino que comulga con él en un juicio jocoso a nuestra confrontación con el mundo.
Este espectáculo de Ron Lalá tiene algo de borrachera conjunta: empieza una a reírse porque nadie entiende nada y acabamos entendiéndolo todo -todos a una, como Fuenteovejuna, da igual la procedencia y el pelaje-. Es una celebración de la vida, y contra eso no hay reproche. Nos entra la letra y nos fluye la sangre, y hasta se nos van los pies al compás de la música. Y es que, ¿cómo le vas a argumentar mesura a un conjunto entrañable de locos? Si no puedes con el enemigo… La unión ‘pone las pilas’. ¿A qué vamos al teatro? Por encima de todo, a que nos despierten, a que nos enchufen a una corriente alterna -que venimos medio muertos, sonámbulos-. Luego ya tendremos tiempo de argumentar ‘la razón de la sinrazón’, a favor o en contra. En principio, participemos en los rituales, juguemos, adoptemos otras reglas. ¡Qué liberación! Aún me duele la mandíbula –que no tendría por qué, si batirla a pleno pulmón fuera mi costumbre.-
Pero ‘hete aquí’ -por utilizar una expresión del barroco- que los bufones suelen ser los seres más inteligentes de la tierra, sobre todo porque su oficio fluye libre de prejuicios y de otros condicionantes… -imagínese como guiño un ojo y entiéndase lo que se quiera- Estos de los que hablo, se me antojan cómicos ilustrados, sospecho que tienen doble peligro, el del desparpajo y el del fundamento. No se trata de simplezas o de chistes huecos lo que sale de su boca, sino de provocación y de cultura, en proporciones áureas. Se pone el caldero al fuego y se van añadiendo ingredientes para cocinar esta obra: historia, literatura, poesía, crítica social y política… El envoltorio de este manjar exquisito: la música. Todo ello se nos ofrece como si su elaboración sucediese a ojos vista, con inmediatez, azuzando nuestros sentidos y excitando nuestra mente. Sin embargo, no es difícil concluir que los ‘ronlaleros’ se nutren de provechosas fuentes.
Tengo mucha curiosidad sobre la naturaleza de sus procesos creativos, me pregunto de dónde parten y cómo evolucionan. ¿Nadarán en un mar de ideas o se ceñirán a unas cuantas? ¿Cuáles serán los criterios con los que dará por concluido el montaje su director, el argentino Yayo Cáceres? Supongo que asistir como público a la creación del espectáculo podría ser una experiencia alucinatoria, si es que esa opción fuera posible… Cuánto trabajo se adivina, cuánto trabajo…
La trayectoria de la compañía es larga y compleja, aunque tremendamente lógica, habiendo recorrido España y varios países de América. No hay que olvidar el dato de que su nacimiento está ligado al ámbito universitario. Fue fundada en 1996, y en 2011 ya empezó a recibir premios. Con “Mundo y final” fue finalista a los Max del 2008 como mejor espectáculo revelación. “Mi ministerio del Interior” estuvo nominada a los Premios de Teatro Mayte en 2006.
Ahora, en este siglo, nos reúnen en los Teatros del Canal para hacer un recorrido irreverente por el teatro de antaño, del Siglo de Oro, mostrando únicamente sus respetos a sobresalientes artífices, a Cervantes y a Shakespeare, a Hamlet y al Quijote -‘tanto monta, monta tanto’-, a algún otro que se escapa de su ironía transversal, de la agudeza de su envite. Revuelven los entresijos de posturas acomodaticias y poco éticas que permanecen activas socialmente. A más de un espectador le aprieta el cuello de la camisa, otros muchos se ríen francamente, sueltan lastre. Nos importa poco, si somos sinceros, la tramoya de que se sirven para que luzca la palabra hasta deslumbrarnos, para que broten los ritmos y se desenrosquen melodías para hipnotizarnos como a serpientes bailongas. La puesta en escena es simple, y es de agradecer, ya bastante barroco es el resto en cuanto a resonancias múltiples, y hay que digerirlo. Nos exigen, nos ponen a prueba, nos hacen partícipes, nos piden ayuda… Somos el eco de su atrevimiento, figurada y literalmente… Y, por momentos, nos suspenden en remansos de paz en los que deleitarnos.
De los actores, resultan obvias su profesionalidad y su exigencia, el nivel de entrenamiento, la puesta a punto técnica. Años de formación y lo que aportan las tablas y, por supuesto, el talento. No en vano cuentan con un público amplio y fiel que les secunda.
Lucho en esta crónica por no desvelar la trama, por no dibujar detalles que es mejor degustar en vivo. Podría destacar a alguno de los actores, aunque funcionen como una maquinaria perfecta en la que ninguno es prescindible… Podría decir, por ejemplo, que me entusiasmaron los apartes de Íñigo Echevarría. Comentar la maestría con que tañían sus instrumentos Juan Cañas o Daniel Rovalher. Festejar el travestismo de Miguel Magdalena (como Thalía). Aplaudir con entusiasmo el trabajo de Álvaro Tato -poeta, además de comediante- … Pero no nos desviemos. Aunque doy valor a su arte por separado, lo más importante es lo que generan juntos.
Cualquiera podría pensar que entre las once piezas que componen su Folía no hay enjundia, que no pesa el contenido, pues se desborda alegría suficiente como para que se torne en ruido. Nada más incierto. Entre loas, entremeses, mojigatas, jácara, discurso, censura y fin de fiesta; datos y explicaciones, puyas y reflexiones, reivindicaciones justas. “Un espejo de la vida entre alegrías y penas” que se sirve de la rima para ensartar picardías. “Vaya táctica más fea / bombardear con ideas.” “Esa peste intelectual / es contagiosa y letal.”El panorama cultural español necesita de este humor inteligente y revolucionario, de este revulsivo cultural discordante que se vale de lo armónico. No sé qué más decir, sino que se acuda en masa a sus espectáculos, pero eso ya está ocurriendo. “Apaguen todos los móviles / enciendan la inteligencia.”

el siglo de oro

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