ENSAYO

“ENSAYO”, PASCAL RAMBERT

PASCAL RAMBERT

Por MARÍA JOSÉ CORTÉS ROBLES

Aún no me he recuperado del impacto que me causó en su día “La Clausura del Amor”, de Pascal Rambert. Menos aún de ‘Ensayo’, obra del mismo autor, que se representa estos días en el Pavón Teatro Kamikaze.
Pascal Rambert es, sin duda, uno de los artistas más interesantes y reconocidos en el panorama europeo, traducido a varios idiomas y premiado precisamente por “Ensayo” con el Émile Augier de Literatura y Filosofía en 2015. En 2016 recibió el Premio de Teatro de la Academia Francesa al conjunto de su obra. Fue el creador del centro nacional de creación contemporánea Théâtre de Gennevilliers “T2G”, y es artista residente del Théâtre des Bouffesdu Nord en París. Estas son sus credenciales, aunque no todas. Es también coreógrafo y, en la actualidad, prepara una película. Como director de teatro, suele hacerse cargo de la puesta en escena de sus propios textos. Así ha sido en el caso que nos ocupa, “Ensayo”, dirigiendo a dos actrices y dos actores en estado de gracia.
Rambert no necesita que le avale su currículo, basta con presenciar el goce de su palabra viva sobre el escenario, para darse cuenta de su particularidad y de su excelencia. Estamos hablando de un artista único, con una forma específica, novedosa y brillante de escritura dramática. Podríamos definir el conjunto de su obra escrita como Teatro Poético, dado el bello uso que hace de la palabra, la presencia de lo metafórico y el privilegiado sentido del ritmo que trasmiten sus textos. Sin embargo, la libertad y la crudeza con que construye el discurso, el franquear constante de los límites de lo supuestamente adecuado verbalmente, le alejan de los cánones clásicos de la belleza. Sus planteamientos estéticos, de raíz filosófica, transcienden lo poético para desembocar en lo político. El suyo es un teatro comprometido, que cuestiona, que provoca, que enciende el ánimo en busca de respuesta activa, que indaga en las posibilidades de escape del estado de cosas en que nos hallamos inmersos, en donde nos acomodamos, abandonados a nuestro certero y oscuro final. La identificación del público con lo que trascurre en escena es total, pese a la aparente distancia que impone su estética.
Los actores portadores de su mensaje en “Ensayo”, cogen por el cuello al espectador desde la primera frase pronunciada, no le dan un respiro hasta no derramar por completo el chorro ininterrumpido de pensamiento que parece como inoculado por el autor y director. Los cuatro monólogos dirigidos se suceden en un ‘crecendo’ de intensidades múltiples, singulares en el fondo y en la forma, ausentes de estereotipos, veraces, estremecedoras, violentas; con sutiles brotes de belleza que conectan las almas de los presentes, todos expuestos bajo la misma luz potente y analítica. No se delimita el espacio a través de la iluminación, determinando así los distintos roles, distinguiendo de este modo entre actuantes y observadores; antes bien, se incluye al público en la misma atmósfera, considerándole parte implícita, cómplice, verdadero y último receptor de cada diatriba. Los silencios elocuentes se van extendiendo en escena, bajo la presión de un texto sin freno, como una mancha de sangre fresca bajo el martilleo del decir sin pausa. Lo dicho y lo que espera turno se desbordan hacia el patio de butacas, barriendo las hordas de indiferencia enquistadas en sensibilidades enfermizas, características de nuestros tiempos. El arte así generado y consumido es un reconstituyente, resucita a los muertos, nos hace salir de las tumbas, alzarnos de nuestras butacas para aplaudir con fuerza, nos emociona, nos impulsa.
En cuanto al entramado de lo narrativo, la obra se somete al intento de descripción de las diferentes dimensiones de la experiencia, desde las perspectivas distintas de un mismo hecho, profundizando tanto en lo sensorial como en el sentido. Es un instante preciso el que se disecciona, momento que queda suspendido, pero al borde del precipicio, predispuesto a la tiranía de lo consecutivo. En ese ralentizar el suceso relevante, el ser humano se muestra tal cual vino a este mundo, con su mezquindad y su grandeza. Equipara a la mujer y al hombre, presos entre lo real y la ficción.
¿Qué sostiene al ser humano sino su propia creación, la generación de vínculos con sus semejantes, las creencias que le movilizan, la voluntad de reiterarse en el intento infinito, su búsqueda perpetua, su afán de conocimiento? Y, Por otro lado, ¿qué somos sino parte sensible de lo vivo, carne que sufre y que goza? Late en el trasfondo de lo escrito por Rambert en esta obra una atmósfera ‘chejoviana’ que se resquebraja por el impacto de algo tan nimio como un gesto, de lo que el gesto esconde en su categoría de mundo posible. Todos los cuerpos que laten en escena -y sus respectivas voces- aman. De distintos modos, todos se corresponden. Es la falta de perspectiva, la imposibilidad de abarcar la totalidad lo que aboca al sufrimiento. Todo podría ser más sencillo si no estuviéramos inmersos, solo que, entonces, no existiríamos para poder contarlo. Hay que hacer el esfuerzo de crecerse hasta las estrellas, para ver desde allí, para darse un respiro. El arte puede ser lo que nos catapulte, la vía de ascenso. Hubo un momento sencillo y conmovedor en la función de la otra tarde, que nos recuerda a esto: Israel Elejalde decide poner música. Fernanda Orazi y él se conectan a una canción que versa sobre el desengaño amoroso, sobre la anécdota vital que les consume. En esa escucha conjunta, en la coincidencia en el reflejo de nosotros mismos que nos devuelve el otro, somos capaces de desanudar los conflictos y relajarnos, de estrechar más los lazos, de permanecer enteros y dispuestos al gozo.
Estos dos actores mencionados son los que obligan a la estructura teatral a recuperar la forma que permita el significado perseguido. Fernanda Orazi incia la obra como una auténtica ‘kamikaze’ -será que es contagioso lo de actuar en este espacio escénico, será que ella misma es una bestia escénica-. La energía con la que prende la mecha con su primera palabra es sorprendente, y resulta imprescindible -en cuanto a grado- para que corra como la pólvora en el resto de los cuerpos y las voces, en la totalidad del elenco. Tengo fija en mi recuerdo su mirada ardiente, de animal herido, clavándose directamente en la de los espectadores. Por su parte, Elejalde tensa su silencio de modo que, al soltar lo que ha callado, aunque sea el último, la obra entera se cierra en infinitos círculos concéntricos que nos absorben para sacudirnos. ¡Qué ímpetu transmite su presencia, casi eléctrica, la potencia de su voz clamando en el desierto! Apelaba a los jóvenes, a la renovación, al relevo que cargue con este testigo incandescente que es la vida, que son nuestros sueños realizables, que es la imagen holográfica de un mundo nuevo. No hubo respuesta. ¿O sí? La hubo, quiero creerlo. Estoy segura de ello.

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