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El árbol primigenio de Magdalena Abakanowicz

El árbol primigenio de Magdalena Abakanowicz

Ya para la Bienal de formas espaciales de Elbląg de 1965 Magdalena Abakanowicz presenta una obra, que aunque a día de hoy, permanezca semiolvidada en un pequeño parque de esta ciudad provinciana, considero sintomática de gran parte de la carrera de la escultora polaca. La Bienal de Elbląg fue un ambicioso proyecto, pionero del arte público contemporáneo en la Europa del Este, que entre 1965 y 1973, convirtió esta localidad de la región de Varmia en un ambicioso laboratorio de exploración plástica libre, consiguiendo la inusual aquiescencia y subvención del gobierno comunista so pretexto de la colaboración entre los artistas (ente-creativo) y los trabajadores de la industria metalúrgica (brazo-ejecutor). Frente a la abstracción juguetona de corte constructivista y experimental de la mayor parte de las obras participantes, que hoy se oxidan entre los parterres y bulevares, recuerdo de un futuro que fue, la Forma espacial de Abakanowicz resulta mucho más narrativa en su potencia totémica y arcaica. Erguida entre los espléndidos robles del parque, parece evocar en clave abstracta la carcasa de un árbol muerto, tronco hueco del que emergen, como cañones de escopeta o periscopios apuntando en todas direcciones, unas ramas secas y cercenadas, resultado de la extrusión tubular de sectores circulares imperfectos. Un Memento Mori, un fantasma de las navidades pasadas -o futuras- que evoca -o presagia- tiempos peores…

Aquel primer árbol anticipa la temática del ser vivo-muerto que volvemos a encontrar en los troncos de miembros amputados del ciclo Juegos de guerra (Gry Wojenne, 1987-1995). Es ésta una de sus series más refinada y poderosa, no sólo por el tamaño intrínseco de los troncos, que llevados al espacio expositivo conecta con las intervenciones de Land Art de muchos de sus coetáneos norteamericanos y se muestra afín a la sensibilidad de algunos de los artistas povera italianos, con Giuseppe Penone y sus poéticos «troncos intervenidos» a la cabeza. En aquellos torniquetes o vendajes metálicos de Abakanowicz resuenan ecos ecologistas, donde el inocente y estéril gesto sanador aplicado a un ser por lo demás ya muerto, basta para humanizar las ya de por sí sensuales y levemente eróticas formas de los árboles abatidos, que se tornan en muñones de un cuerpo yacente gigante, quizás encarnación de una naturaleza herida o moribunda. El magnetismo y riqueza de estas obras se completa al materializar los torniquetes en acero, aunando el concepto de venda y arma-armadura y transmutando los troncos en seres híbridos, mitad naturaleza y mitad técnica…

Esta conciencia medioambiental reaparecerá, cambiada de escala, en el hermoso proyecto de arquitectura visionaria Architektura Arborealna (1991), para la ciudad francesa de Nanterre, en la periferia de Paris. Aquí, los enormes árboles-edificio serán irrigados por la sabia de las circulaciones de sus habitantes, materializando el sueño infantil de vivir en los árboles, en unas cabañas de Robinson de 25 plantas, energéticamente autosuficientes y recubiertas por la vegetación, que actuaría como depuradora atmosférica de la polución parisina.

El símbolo del árbol -otra vez hibridado con lo humano- culminará con las series de Rękodrzewa (Manosárbol, 1992-1994) y Manus (1994), algunas de las cuales se pudieron ver en España en el Centro Gallego de Arte Contemporáneo de Santiago de Compostela en 1994 (Itinere – Camino e Caminantes). Estos bronces masivos, como su propio nombre indica, recuperan el tótem arbóreo, superpuesto a la imagen de la mano suplicante que se alza implorando al cielo. Ni una cosa ni otra, ambas. Mano-muñón deforme o de dedos amputados; árbol desmochado, aletargado sino muerto. El carácter fuertemente icónico de estas obras tendrá su cara más ambiciosa en el proyecto tampoco realizado de la torre Mano (Ręka, 1994) para Hiroshima, donde la ligera estructura metálica reticular se vería colonizada naturalmente por distintas especies de plantas trepadoras, que con los cambios estacionales de sus floraciones dotarían de color y vida el gesto estertóreo y vindicativo. No sería inverosímil establecer vínculos con el monumento a la Mano Abierta de Chandigarh de Le Corbusier o referencias picassianas en los estudios de manos preparatorios para Guernica.

La corteza del árbol muerto enlaza por otra parte con la piel, motivo recurrente como molde vaciado de muchas de sus figuras humanoides, torsos, espaldas y niños (Ragazzi, Bambini, Plecy), ya sea recurriendo intrínsecamente a materiales rústicos y maleables afines a la naturaleza de la epidermis, como la arpillera y la tela de saco amalgamados con resinas que les dotan de estabilidad; o finalmente fundidos (y fijados) en bronce. Estas esculturas no se cierran por lo general, sino que nos muestran su interior, vacío. Suele disponerlas en conjuntos anónimos, masas despersonalizadas de Multitudes (Tłumy, 1985-1993), que constituyen probablemente uno de los ciclos más emblemáticos de la escultora polaca. No es de extrañar que fuera solicitada para intervenir en Hiroshima, ya que estas pieles, cascarones o crisálidas secas parecen evocar el vacío dejado por una civilización que pudiera haber sido borrada de un fogonazo nuclear, quedando sus restos petrificados como la mujer de Lot, a veces en un acto natural de protección embrionaria, otras ausentes en sus pequeñas rutinas, como testigos de la tragedia relámpago.

De la piel al tejido, que termina de cerrar el círculo árbol-piel-tejido debido a su origen natural. La arpillera, el sisal, la lana o la cuerda de cáñamo están en la médula del imaginario material de la artista, desde aquellos lejanos Abakany, tapices tridimensionales suspendidos, que la consagrarían para el gran público con la medalla de oro de la Bienal de Sao Paulo del 65, el mismo año del árbol de Elbląg. Trenzar, coser y tejer, como actividades arquetípicas de lo femenino, desde Electra a las Sabinas. Son éstas disciplinas tradicionalmente desdeñadas a las artes aplicadas, que Abakanowicz reivindica con orgullo marginal desde el primer momento, junto a los saberes y técnicas populares que aprendiera a amar y respetar en su niñez rural. La tela que oculta, lo blando, lo femenino, lo que da vida, lo que crece. El árbol.

En 2008 pudimos ver en el Palacio de Cristal de Madrid algunas de sus últimas obras en La corte del rey Arturo, donde inauguraba una nueva etapa de figuras simbólicas en acero inoxidable, cuyos cuerpos, compuestos a modo de retales de chapa, manifestaban abiertamente la junta de soldadura, cicatrices de estos seres míticos, conformados a base de remaches del inconsciente popular. Una esperanza de algo nuevo que emergerá de la herida, de los vendajes de los Juegos de Guerra, o de las ramas del árbol que quizás vuelvan a crecer…

Bibliografía:
– Brenson, M., Abakanowic, A.y Reichardt, J.: Magdalena Abakanowicz. Varsovia, Centrum Sztuki Wspóczesnej Zamek Ujazdowski, 1995.
– Rottenberg, Anda: Sztuka w Polsce 1945-2005. Varsovia, Wydawnictwo Piotra Marciszuka Stentor,2006.
– AA.VV., Magdalena Abakanowicz. La corte del rey Arturo. Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2008

Por: Marcos Pérez-Sauquillo Muñoz

Con seguridad iré abandonando técnicas y materiales uno tras otro, sin dejar por ello el hilo conductor. Lo más interesante es utilizar una técnica que todavía no se domina y construir con ella formas desconocidas.

Magdalena Abakanowicz, 1975

Durante mucho tiempo no pude trabajar la madera. La veía como cerrada, un ser ya terminado. Tan sólo hace unos años, de repente comprendí. Observé la médula de un viejo tronco, como un «hueso» rodeado de canales y enervaciones… Aprecié la sensualidad de otro tronco, con sus miembros cortados, como tras una amputación.

Magdalena Abakanowicz, 1989.

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