Vivir la pintura con entera libertad

Vivir la pintura con entera libertad

La obra de Sanlly Viera

En estos tiempos dominados por el pseudo conceptualismo, el «ready made» tardío y los gritos ensordecedores de Yoko Ono, algunos artistas prefieren resistirse y continuar pintando con oficio, sensibilidad y profesionalismo. Este es el caso de Sanlly Viera (Matanzas, 1985), un pintor que actúa como un mago con respecto a lo que representa, un ilusionista sin frac y con las manos bien remangadas, al que no le pillamos los trucos, porque en su pintura los objetos rebasan su significado convencional y se sumergen, tras el dinamismo de la pincelada, en el alma del espectador.

La representación artística, aun cuando se concentre en objetos reales, no los mimetiza sino que los interpreta, eso no solo sucede en la pintura, por realista que sea, pasa también en la fotografía. Sanlly parece tener muy concientizado este fenómeno, porque aborda la pintura colocándose en aquel momento histórico en el que muchos pensaron que el objeto real era un motivo agotado. Los diversos movimientos modernistas, frente al desplazamiento que les imponía el desarrollo de la fotografía, investigaron por ejemplo: el efecto de la luz (impresionismo), la descomposición de las formas (cubismo), el mundo de los sueños (surrealismo), la profundidad psicológica del ser humano (expresionismo) o se alejaron diametralmente del modelo (abstracción).

Actualmente contamos con artistas que prefieren regresar al objeto, pero no a través de emular a la cámara, como pasó con el fotorrealismo, sino a través de una relación más directa con el mismo, sin dejar de aprovechar el legado de las vanguardias, pues hay mucho de expresionismo en esta pintura, contiene elementos de la abstracción si la fragmentamos y hasta del conceptualismo, por el uso de la palabra como parte importante de algunos de estos cuadros.

Mi amigo Gregorio Vigil citaba hace poco a Demetrio Paparoni, quien nos recordaba que «lo que nace con la intención de ser actual envejece», y tenía razón, pues lo más falso que puede hacer un artista es seguir una moda. Sanlly, a pesar de su juventud, no se deja embaucar por la superficialidad de las mismas, utiliza la herencia de las primeras vanguardias (y algunos recursos del expresionismo abstracto) para recordarnos la belleza de lo que, por habitual, ignoramos. En el tratamiento del color el artista se sirve del impresionismo, sobre todo, en dos aspectos que lo caracterizaron: centrar la atención en los temas cotidianos y captar de manera veloz el efecto de la luz. Más recientemente, el hecho de desprenderse de los detalles y darle más protagonismo a la expresividad de las líneas lo acerca al expresionismo, o por lo menos al posimpresionismo más atrevido, aquel de la pincelada más suelta.

¿Es su pretensión demostrar el virtuosismo de su trazo? Como finalidad no lo creo, porque subordina su técnica al contenido intrínseco de la historia que encarna, hace que la atención del espectador se dirija a la anécdota del cuadro. No nos quedamos admirando los valores artesanales que posee, por el contrario nos hundimos en la atmósfera lograda y nos implicamos en la historia representada.

Son cuadros en los que se puede percibir una temperatura determinada, un momento del día específico, una algarabía de rumores, toques de claxon y gritos entre vecinos. Sí, el paisaje sonoro también está presente en muchas de sus obras, y los estados de ánimo, y el cansancio de pedalear, también el de caminar, y el alivio al quitarse los zapatos.

El autor se considera, según su propio statement, una suerte de cronista visual, lo curioso es que acciona la realidad encarnando los problemas sociales a través de la representación diáfana de los objetos cotidianos, aquellos que están ahí y no les hacemos caso. No se busca una metáfora para representar el objeto sino que éste, por su manera de abordarlo plásticamente, se convierte en alegoría a otras cosas. Lo que en términos conceptuales pudiéramos considerar literal deja de serlo, y así, una bicicleta china recostada a una despintada pared, junto un sugerente texto eternizador (forever), se convierte en un discurso sin palabrerías, en una expresión de una vivencia, en la personificación de un incómodo modo de vivir. Sabemos que no se trata de aquella bicicleta con la que pasea un holandés en Ámsterdam como opción deportiva o como un concienzudo descanso de su cotidiano coche contaminante, esta bicicleta nos habla de la precariedad de una vida a partir de su función utilitaria. No es la cesta ni la ventana desvencijada, es el tratamiento pictórico al que se refiere el artista cuando dice: «…trato de establecer al pintar un vínculo entre el espectador y la obra, utilizando la técnica de acrílico sobre cualquier soporte. Esto me da la posibilidad de mantener la frescura en cada trabajo; donde la luz impregna y protagoniza cada historia reflejada.»

Su modo de representar manifiesta inmediatez, precisión, no es una pintura-novela sino una pintura-periodismo. Captura la realidad como el fotógrafo reportero, alejado de los intelectualismos a lo Man Ray. Vive este artista la pintura desde adentro, sin distancia, sin estrategias conceptuales ni intenciones que tenga que explicar. Es decir que vive la pintura con una libertad total y sin cargas, sin exigencias que vayan más allá de las propias. 

Por: Ángel Alonso

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