SANCHIS SINISTIERRA

“LOS DESIERTOS CRECEN DE NOCHE”, de JOSÉ SANCHIS SINISTIERRA

Dirección: JESÚS NOGUERO Y CLARA SANCHIS

Por MARÍA JOSÉ CORTÉS ROBLES

Hay crónicas que se escriben solas, tras presenciar un espectáculo. Finalizada la función, suele pasar también que los espectadores desaten su lengua con todo tipo de dimes y diretes sobre gustos o disgustos de lo que ha sido consumido. Al fin y al cabo, el que más y el que menos, ha ido a pasar el rato, y se sabe soberano tras abonar su entrada; opina salvaguardado en la distancia que le separa del escenario, del propio hecho teatral -para ser claros-.
Al finalizar “Los desiertos crecen de noche” la otra tarde, en Teatro del Barrio, los aplausos fueron firmes; tanto como el mutismo de los espectadores. Creo que se oyeron un par de ‘bravos’ ahogados. Salimos en perfecto orden y prácticamente mudos. Me dejé llevar por mis pies y avancé un trecho junto a mi acompañante, calle abajo, sin ganas ningunas de abrir los labios. De pronto, uno de los dos dijo algo sobre el impacto que la función le había causado, una expresión onomatopéyica, alejada del discurso. Eso trajo reminiscencias de una conversación al uso, pero ni tan siquiera así llegó a darse del todo. Por mi parte, he dejado reposar las consecuencias de ese impacto, antes de acometer esta crónica.
Es cierto que no puedo generalizar –pese a que suela hacerse- al intentar transmitir ahora lo que me supuso esa tarde de teatro. También me doy cuenta de que el trascurrir del tiempo va trasformando mis impresiones de entonces. Pero sigo convencida de que estuve inmersa en una meditación inducida y compartida. No es tan sencillo que esto ocurra en una sala de teatro, se dan muchos condicionantes, como la propia circunstancia, el propio bagaje vital y cultural, el fluctuar del estado anímico… Quizá mi acompañante y yo veníamos predispuestos, sin saberlo. Este es el misterio del arte, es un hallazgo, se produce un reencuentro con lo que reconocemos como propio, aunque jamás fuimos capaces de concebirlo de ese modo. Ahora está allí, frente a nosotros, nos habla con una voz semejante a la nuestra, con palabras capaces de contener lo más íntimo, lo impronunciable, lo silenciado, lo oculto. El torrente del lenguaje como vehículo de la experiencia, ajeno a lo sagrado, aunque igualmente fascinante. Sin adorno en el ritual, la escena casi desnuda. Tan solo lo humano, luz que fluctúa, muebles y objetos mínimos, algunos instrumentos para argumentar el ruido y el festejar la vida… Y es estando así situados -iniciado el viaje, desde el principio interpelados, activos pero libres de culpa- que se nos sugiere que vayamos hurgando en lo recóndito, rebuscando en nosotros mismos la ausencia de respuestas. Porque lo que transcurre en escena nos perturba, no nos resuelve nada, nos empuja a los límites, nos invita a la búsqueda. La sensación más intensa que queda como residuo es la de haber participado en un experimento, o más bien, la de ser el objeto de dichas indagaciones experimentales. Y, claro, eso desconcierta.
Espero no confundir al lector aludiendo de forma demasiado tangencial a lo que tenga que ver con el disfrute. Esta amalgama de fragmentos de varias obras menores de Sinisterra -ensambladas de manera que funcionen por Jesús Noguero y Clara Sanchis- es capaz de llevar de la mano a los espectadores para transitar con ellos emociones distintas, de la desolación a la risa, de lo patético a lo tierno, del extrañamiento al asombro. Como parte del público puedo decir que lo pasamos bien y mal, sin término medio. En general, nos mantuvimos atentos o perplejos, nunca satisfechos. Cuando parecía que el humor venía a rescatarnos, nos alcanzaba su contrario. Todo el montaje fluía hasta converger en un círculo cerrado, que nos abandonó en una angustia final, opaca y seca. Así nos fuimos, al menos yo y mi acompañante, noqueados, sumidos en nuestros debates internos.
Que cada cual disponga de lo que le impulsa a lo artístico y determine qué hacer con ello. Que cada potencial espectador comprenda la verdadera naturaleza de su necesidad de acudir a una un teatro. Quizá decida seleccionar una sala cuyo edificio presuma de arquitectura, u otro tipo de espectáculo, de esos que se digieren a la primera y provocan bienestar a corto plazo. Sanchis Sinistierra opta por lo reflexivo y por lo austero. Tiene una firme vocación experimental como dramaturgo, como director y como pedagogo, como hombre de teatro. Su incidencia en la cultura adquiere una dimensión política, ya que su vocación es la de investigar la identidad del individuo. No se salva uno de su microscopio por estar sentado del otro lado del escenario, al contrario.
Si habéis leído hasta aquí, puede que alguien siga esperando que le explique de qué trata, que me centre en el tema de la obra. Entonces es que aún no he sabido explicarme. Es verdad que se exponen cuestiones sobre las que replantearse otras, y estas últimas podrían llevarnos a establecer más preguntas, y, así hasta el infinito. Planteamientos llevados a cabo desde lo artístico con sutileza y destreza, nunca obvios ni inocentes. Por ende, lo que el acontecer en escena provoque depende de cada individuo allí sentado, en las gradas del Teatro del Barrio, acechando en la oscuridad. El espectador es tan misterioso como el sentido o sentidos que puedan establecerse a raíz de un rostro asomando de la penumbra, un sonido que nos quiebra la oscuridad, una presencia extraña, una palabra rotunda, una retahíla, un silencio forzoso, un gesto inesperado, una acción física recurrente e interrumpida, la amplificación de lo inaudible, el interponerse irónico de una música, o el singular y específico relacionarse en escena entre los actores y entre los personajes… Sí, digo bien, porque se despliegan varias dimensiones, la del teatro dentro del teatro, incluida. Dimensiones externas que van en fuga, e internas que nos abisman.
No obstante, ahí va un ramillete de apuntes sobre lo que recuerdo haber reflexionado: El temor a lo efímero y vacuo de la existencia, la soledad inherente contra la conexión constitutiva, la necesidad del otro, la problemática de ciertos procesos artísticos y su vacío de contenidos, el descontrol del ego hasta dañar a otros, el abuso de poder y la estructura social que lo sostiene, la imposibilidad como circunstancia adversa insuperable, lo imprescindible del silencio, el ansia por comunicarse y su despropósito, el vivir nuestra oportunidad de llegar a ser a través de lo que realizan otros, el alma que desafina en la armonía conjunta, el absurdo de la espera y sus rutinas, la sensibilidad extrema desembocada en lo patético, la vocación de entrega, el afán de otorgar sentido frente a la inminente tragedia, la salvación inesperada del instante irrepetible, la perspectiva de los márgenes y el fulgor cálido de su esperanza, la importancia inexorable del camino… No se tomen como conclusiones, nada más lejos, empiezo ahora a destilar el jugo de esta experiencia artística. En caso de concluir en algunas certezas, tan solo a mí me serán útiles -o eso espero, depende de que las convierta en combustible y se traduzcan en acciones-. Para que el pensamiento nos impulse a mejorar la vida, tiene que procesarse a base de esfuerzo y voluntad de cambio. Pero el pensador ha de beber directamente de la fuente. Vayan al teatro y calmen su sed.
Tiene sentido el nombre de la compañía: ‘Producciones los Pájaros’. Solo un grupo de artistas orientados al vuelo podrían abordar un reto de estas características, de espaldas al mercado, pese al peso específico del que firma los textos. Un puñado de rebeldes talentosos colaborando para sacar adelante este primer proceso como grupo artístico, y espero que muchos más. Elaborando caminos es como se amplía el horizonte.

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