Bruzón, lo abstracto como transposición de emociones | ARTEPOLI

José Bruzón

Por: Ángel Alonso

La abstracción, ese proceso mental que bloquea el significado de los objetos, que los aísla y nos permite percibirlos en su estado puro, llegó a la pintura como consecuencia del camino que tomaron las artes plásticas a partir de la invención de la fotografía. Todos los movimientos artísticos anteriores al abstraccionismo lo que hacían era moverse poco a poco hacia él; ya en fragmentos de los cuadros de los impresionistas se podía ver que los artistas caminaban en esta dirección.

Se suponía entonces, con la llegada del abstraccionismo, que la pintura había llegado a su límite, que nunca regresaría la figuración. Y resulta que regresó con gran fuerza pero asimilando precisamente a la fotografía como base de sus representaciones. Después de este rescate de la forma reconocible, de la vuelta a lo figurativo, tiene que haber una importante razón para que la abstracción no solo siga existiendo sino que, además, protagonice la labor de muchos importantes artistas actuales.

La respuesta que podemos arriesgar ante este fenómeno es que solamente en la abstracción el artista goza de una entera libertad, únicamente en este camino el creador se libra de los cuestionamientos de la sociedad, pues cualquier representación figurativa implicará una toma de posición respecto a lo que pinta. El pintor abstracto sabe que, siempre que tenga cuidado con sus títulos, nadie podrá obligarle a ningún tipo de militancia, no será cuestionado por machista como el que pinta una modelo desnuda, no será acusado de racista por representar una raza y no otra, no será obligado a responder a los periodistas si afirma o niega, si ironiza o se toma en serio la escena que haya representado, porque para un pintor abstracto una mancha roja es una mancha roja, un plano azul es un plano azul y eso es suficiente.

En medio de esta libertad incondicional crece la obra de José Bruzón Ávila (Las Tunas, 1966), una pintura abstracta de un rigor y una limpieza bastante peculiares. El secreto está en su temática anterior, resulta que este artista trabajó mucho tiempo el paisaje, y la meticulosidad que le demandaba la construcción de aquella obra se transmite a esta.

Tiempo, espacio y vida (2016) Acrílico sobre lienzo
Imágenes : Serie “Tiempo, espacio y vida” (2016) Acrílico sobre lienzo

Sobre su labor ha afirmado el crítico e historiador Rey Luís Yero: “Es un verdadero misterio cómo Bruzón combina colores, texturas, formas, para crear esa delicada dialógica entre referentes consustanciados a la abstracción lírica y la abstracción geométrica. Quizás por esa peculiar forma de crear el espectador pueda construir sus propios relatos. El contrapunto visual deviene en amplísimas posibilidades imaginarias. Porque el autor permite al contemplador adentrarse libremente en sus intimidades e indagar sin estridencias sobre el principio del ser.”

Es precisamente este equilibrio entre lo racional de la abstracción geométrica y la sensualidad de la abstracción lírica lo que más seduce en la obra de este artista, huella de sus estados de ánimo, trasposición de emociones que van desde lo más espontáneo hasta lo más razonado. En este dilema entre la pasión y la investigación racional gana el control de las emociones, pero estas no se pierden ni se enfrían, solo se manejan hábilmente, se percibe en lo refinado de las armonías, la elegancia y perfección que derivan del rigor, de la autoexigencia.

La textura es cuidadosa, revelada por los efectos de las aguadas, por la frotación de los paños con que hábilmente seca los relieves más salientes de la accidentada superficie, construida en una zona conveniente para ayudar a la degradación de color que la persigue. Todo está en su lugar, el ojo siente que va transitando por los amables claroscuros. El camino es creciente como una sinfonía, armónico, porque son cuadros llenos de música. La abstracción nunca es radicalmente pura, las formas geométricas se asocian a elementos de la realidad, los volúmenes nos hablan de densidad y las transparencias de ligereza. El discurso lo hacen las tonalidades, las texturas, el viaje de la mirada que se desplaza desde lo más rugoso a lo más plano, descubriendo la avalancha de emociones superpuestas que resume su obra.

 

 

 

 

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