Lo esencial es invisible a los ojos

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“Lo esencial es invisible a los ojos”
Antoine de Saint- Exupery“

(…) Si un baobab no se coge a tiempo, ya no es posible librarse de él jamás. Obstruye todo el planeta. Lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs demasiado grandes, lo hacen estallar”

“Próxima estación: Bellvitge”. Era la suya; el chico cerró el libro e inició sus perezosos preparativos para bajarse del tren. Ella, mientras, empezó a avanzar entre la gente, hacia la puerta; la ahogaba esa marea humana y siempre procuraba salir la primera del vagón por miedo a ser arrollada por la turba de personas que la rodeaban. Siete de la mañana, hora punta: la gente agobiada por el día que aún no ha vivido pero que empieza en un vagón mixto en el que se entremezclan sueño, cansancio prematuro, preocupación e indiferencia.
Los baobabs… Ana pensó que los había dejado crecer demasiado en su planeta: ahora eran tan grandes que necesitaría una sierra para acabar con ellos. ¿Podían volver a crecer si los talaba? Quizás era mejor arrancarlos de raíz, pero ¿cómo?
El metro paró bruscamente y Ana se lanzó de nuevo a la carrera de no dejarse arrastrar, de elegir el camino más rápido hacia la salida; unos escalones más y estaría en la calle: el aire frío de la mañana la despertaría de golpe del ensueño del viaje.
Cuando es mediodía en Estados Unidos, el sol, como todo el mundo sabe, se pone en Francia. Bastaría poder ir a Francia en un minuto para asistir a la puesta de sol. Por desgracia, Francia queda muy lejos. Pero a ti, en tu pequeño planeta, te bastaba correr tu silla unos pasos. Y mirabas el crepúsculo siempre que te apetecía…
-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!
Y un poco más tarde añadías:
-Sabes…cuando uno se encuentra tan triste, gustan las puestas de sol…
-¿Tan triste estabas el día de las cuarenta y tres veces?’
Pero el principito no contestó.

Hoy a Ana también le gustaría sentarse a ver amanecer, pero en vez de eso estaba de pie, agarrándose a la manivela de la puerta del metro para no caerse, en el último tramo de su viaje diario hacia la rutina. Por pereza había dejado que crecieran grandes baobabs en su planeta y ahora estaba triste porque sus frondosas copas no la dejaban ver el sol y se estaba muriendo de pena: no podía ver el sol, pero sí la estela que dejaba al ponerse. La tristeza se había unido a lo cotidiano de manera inexorable y ahora formaba parte de su vida. Hay que tener cuidado con la melancolía, resultaba casi más peligrosa que los baobabs: intoxica el oxígeno que respiramos y nos hace a cada aliento más débiles.

Humillada por haberse dejado sorprender cuando urdía tan ingenua mentira, había tosido dos o tres veces para hacer quedar mal al principito.
-¿Y ese biombo?
-Iba a buscarlo, pero como estaba usted hablándome…
Entonces había exagerado su tos para infligirle remordimientos a pesar de todo.
Así pues, a pesar de la buena voluntad de su amor, pronto había dudado de ella. Se había tomado en serio unas palabras sin importancia, y se había sentido muy desgraciado”.

La voz impersonal que anunciaba la próxima parada la devolvió a la realidad. Se giró rápidamente, antes de que el chico reparara en ella. La verdad es que a Ana le parecía que empezaba a sospechar, pero ¿qué mal hacía ella?: ninguno. Realmente, si él se sintiera ofendido y le dijera algo podría hacer como aquella rosa: podría invertir la situación. Podría decirle que era un egoísta insensible que no quería compartir el placer de la lectura con los demás, incluso podría acusarlo de ser un machista desconsiderado que intentaba sacar provecho de la situación; ¡podría decirle tantas cosas! Sí, quizás no hacía falta pensar tanto, y menos hablar: lo mínimo. La verdad es que ella, como la flor, también decía muchas veces cosas que no sentía; las palabras a veces se convierten en una trampa de la que cuesta escapar.
Pero no iba a pasar nada de eso; Ana llevaba años leyendo por encima de los hombros ajenos: era una ladrona de lecturas profesional y en todo ese tiempo nadie la había pillado in fraganti; nadie había reparado en ella. Aunque esta vez era diferente porque se había enganchado a una historia y compartía lectura con la misma persona cada día: de lunes a viernes, a la misma hora, cada mañana.

-¡Pero tú no puedes coger las estrellas!
-No, pero puedo ingresarlas en un banco.
-¿Qué quiere decir eso?
-Quiere decir que apunto en un papelito el número de mis estrellas. Y luego guardo bajo llave ese papel en un cajón.
-¿Y eso es todo?
“Es gracioso” -pensó el principito-. Es bastante poético. Pero no es muy serio”
El principito tenía acerca de las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de los mayores.
-Yo –siguió diciendo- poseo una flor, que riego todos los días. Poseo tres volcanes, que deshollino todas las semanas. Pues también deshollino el que está apagado. Nunca se sabe. El hecho de que yo los posea es útil para mis volcanes, es útil para mi flor. Pero tú no eres útil para las estrellas…
Y ella, ¿para qué era útil?, ¿para quién era útil? No tenía muy claro que la utilidad fuera realmente necesaria, pero de pronto dudó sobre cuál era su misión en la vida y si la estaría cumpliendo. ¿En la vida uno tiene que cumplir un fin determinado, servir para algo? Servía para su jefe, para sus compañeros de piso, servía para sus amigos; también servía para su familia: ¿el amor es útil? Lo que iba teniendo claro es que lo que hacía podía ser útil, pero no para ella. Su rutina vital no lo era y puede que no lo fuera para ninguno de los ocupantes de aquél vagón que ahora se apiñaban a su alrededor, tratando de coger un sitio preferente para salir de los primeros, para poder llegar antes, para tener más tiempo después para hacer… ¿para hacer qué? Ana pensó que, decididamente, su vida no le era útil.

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-No- dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?
-Es algo demasiado olvidado- dijo el zorro-. Significa “crear lazos…”
-¿Crear lazos?
-Claro- dijo el zorro-. Para mí, tú no eres todavía más que un niño parecido a cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. Para ti no soy más que un zorro parecido a mil zorros. Pero si me domesticas nos necesitaremos el uno al otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…
-Empiezo a comprender- dijo el principito-. Hay una flor… Creo que me ha domesticado…

No acababa de tener claro que necesitar algo o a alguien fuera positivo, tampoco sabía si el domesticar era muy útil o si, al final, el principito lloraría por perder ese nuevo amigo pero crear lazos era algo que ayudaba a vivir. Ella misma estaba creándolos, intangibles, con aquél chico que cada mañana abría El principito en la última página leída y compartía con ella sus aventuras. Tenía que reconocer que ahora se levantaba con más ánimo, ya no le parecía tan tremendo tener que salir de casa con ese frío y oscuridad porque había algo esperando un poco más allá. Ese libro, esos viajes, esos lazos, se estaban convirtiendo en un rayo de luz que se abría paso entre los baobabs y que la dejaba ver un poco más allá. Los lazos podían rescatarla, podía cogerse a ellos y escapar; al fin y al cabo eran cuerdas, lianas del propio bosque que podían ayudarla a salir de él.

¿Qué habrá pasado en el planeta? Quizás el cordero se haya comido la flor…
Unas veces me digo:
“¡Seguro que no! El principito encierra su flor todas la noches bajo el fanal de vidrio, y vigila bien a su cordero…”
Entonces soy feliz. Y todas las estrellas me ríen dulcemente.
Otras veces me digo:
“¡Con que uno se distraiga una u otra vez, no hace falta más! Habrá olvidado una noche el fanal de vidrio, o bien el cordero habrá salido sin hacer ruido durante la noche…”
¡Entonces todos los cascabeles se convierten en lágrimas!
Es éste un gran misterio. Para vosotros, que también amáis al principito, como para mí, nada del universo puede ser igual si en alguna parte, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos se ha comido, o no, una rosa…
Mirad al cielo. Preguntaos: ¿Se ha comido, o no, el cordero la flor? Y veréis como cambia todo.
Y ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto pueda tener tanta importancia.Fin

Ana cerró la última página del libro, se secó una lágrima furtiva y sonrió. Había tardado mucho tiempo en acabar de leer esa historia; al menos a ella le parecía una eternidad.
Todo había empezado en aquella época en la que trabajaba en Bellvitge; leía por encima del hombro de un chico que parecía simpático; estaba casi convencida de que él se daba cuenta, pero nunca cruzaron palabra. Se enganchó a El principito y a su manera de explicar el mundo y se encontró preguntándose qué pasaría al final. Pero el final nunca llegó: un día el chico dejó de coger el tren. Ana barajó todas las posibilidades del mundo: puede que estuviera enfermo, a lo mejor se había ido de vacaciones, quizás le habían trasladado durante un tiempo… Nunca se había parado a pensar que estaba compartiendo algo con alguien de quien sólo sabía que vivía y trabajaba en su misma zona. ¿Lo sabía realmente? ¿Vivía solo, con su madre, con su mujer y tres gatos, con dos amigos rusos, o trabajaba donde ella vivía y vivía donde ella trabajaba?
Las preguntas eran interminables, como el tiempo que pasó hasta que se dio cuenta de que, seguramente, nunca volvería a ver a ese chico.
A veces un solo hecho puede desencadenar un alud de consecuencias insospechadas y Ana se dio cuenta de que no quería seguir haciendo ese trayecto; no así. Cambió el trabajo, su vida, su piso y su pelo; hizo tantos cambios que volvió a ser la niña para la que Antoine de Saint-Exupery había escrito ese libro. Y entonces se dio cuenta de que no necesitaba leer sus palabras, ni ninguna, por encima del hombro de los demás. Ese día encontró una biblioteca en una plaza al lado de su casa, entró, cogió el principito y no lo dejó hasta que llegó a la palabra “fin”.

En la noche brilla tu luz.
De dónde, no lo sé.
Tan cerca parece y tan lejos.
Cómo te llamas, no lo sé.
Lo que quiera que seas:
luce, pequeña estrella

Con esas palabras empezaba Momo, el último libro que había sacado de la biblioteca. Un amigo se lo había recomendado y aunque estaba catalogado como un cuento para niños Ana sabía que a veces las cosas no son lo que parecen.
De pronto se sintió incómoda, se sentía observada: tuvo un escalofrío extraño, de alguna manera sentía algo familiar que no lograba identificar. Cerró el libro y miró a su alrededor. Nada, todo el mundo en el vagón parecía estar absorto en su mundo. Ladeó la cabeza y abrió de nuevo el libro; otra vez sintió ese escalofrío. Se giró instintivamente sobre su hombro izquierdo y su mirada chocó con dos ojos sorprendidos en falta: dos segundos eternos.
-Perdona…
-Tranquilo…- Ana dudó un momento.
– ¿Dónde te bajas?
-Lesseps…
-Qué casualidad, yo también.
Ana le invitó a sentarse a su lado, abrió el libro y lo situó en medio de los dos mientras una señora les cedía espacio y la voz metálica del metro anunciaba la próxima parada.

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lo esencial es invisible a los ojos

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