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Lita Cabellut

Lita Cabellut

Lita Cabellut

Dualidades intemporales, un viaje más allá del espejo

Por: Ovidio Moré (Osvaldo Moreno)

Imágenes cedidas por la autora

Christof - Lita Cabellut
Christof 260 x 200 cm

En La Piel y la Máscara, novela del cubano Jesús Díaz, los personajes, actores de una película en filmación del mismo título, se van desnudando el alma ante el lector cuando llevan la máscara, o sea, cuando están actuando para la película y son a su vez personajes de esta; y cuando son solo piel, o, lo que es igual, cuando son ellos mismos, en carne y hueso, en la vida real de la novela, fuera del film; pero, al mismo tiempo, cuando se supone que están mostrándonos la desnudez de esa piel recurren a otras máscaras, esas que les ayudan a mimetizarse, según sus conveniencias, ante la sociedad. Las máscaras juegan un importante papel en el desarrollo de la novela, metafóricamente hablando, ya no únicamente por lo que explicaba, sino porque son, además, todo un símbolo del trabajo actoral, con ellas se representa el teatro (tragedia y comedia). La vida es puro teatro, y, generalmente, nunca nos mostramos tal y como somos, siempre actuamos con la máscara de turno ante el auditorio y el escenario en el que nos toque representar nuestro drama, nuestra fantasía, nuestra comedia, nuestra tragedia. Somos piel y máscara, somos duales por antonomasia, porque es una forma de defensa, de supervivencia ante la vida y la sociedad. Tenemos nuestra parte buena y nuestra parte malsana. Cuando nos enfrentamos al espejo de la bruja de Blancanieves, aquel que solamente dice la verdad, no queremos ver lo que refleja, aunque solo nos muestre la epidermis. Y eso que no se enseña, eso que está bajo las máscaras, Lita Cabellut (Sariñena, Huesca, 1961) lo muestra en su obra, y, especialmente, en sus retratos; ella se convierte en ese espejo psicológico (espejo de gran formato), lo traspasa y saca del otro lado del azogue, el verdadero yo del personaje retratado. Al igual que hace Jesús Díaz en su novela, Lita perfila, a plenitud, la piel y la máscara, y lo hace a golpe de dualidades: con sus luces y sus sombras, con su belleza y su fealdad; pone en la escena del teatro de la vida a sus personajes y los viste y desviste a su antojo para descubrirnos lo bello y lo grotesco del ser humano, lo singular y lo plural. Lita muestra la epidermis y lo que está debajo de la epidermis. De todos es sabida la importancia que le da al tratamiento de la piel en su pintura, la metáfora que la piel representa para ella, porque es en la piel donde queda grabado el tiempo y donde este muestra su erosión y sus cicatrices. Para hacer realidad esta metáfora, Lita ha desarrollado, a lo largo de muchos años, una técnica especial, un tratamiento propio de la pintura al fresco con el que craquela el lienzo dándole una textura única profusa en poros y grietas. Y he aquí que nos encontramos ante otra dualidad, la epidermis del propio lienzo en simbiosis con la epidermis del sujeto retratado.

Los personajes, en los cuadros de Lita, nos observan desafiantes a la vez que les observamos, y sus ojos nos hablan de tristeza, de desamparo, de miedo, de éxtasis, de poder, de belleza, de fragilidad, etc. En los ojos y el rostro está (como bien dice el refrán) el espejo del alma de esa persona que nos está mirando desde el cuadro y que establece con el espectador una conversación silenciosa con la que nos cuenta su historia, lo que se ve a simple vista y lo que no se ve. Lita Cabellut, crea su muestrario, su catauro de personajes para dar vida a un tema en el que ahonda recreándolo en una serie. Así han nacido: Disturbance, Black tulip, Madness and Reason, Dried tear, Coco, Camaron, Frida, Blind mirror, Tempus & divine, White silence, After the show, Memories wrapped in gold paper, Installation, State or grace, Country life, Ethics y Dillusion, etc. En la serie Disturbance, por ejemplo, nos retrata de manera dual al personaje. Nos lo muestra con su máscara, la que nos ayuda a sentirnos seguros en la sociedad, y, a continuación, en el siguiente lienzo, lo retrata en su desnudez total, tanto física como emocionalmente. Si en el primer retrato la ropa, los complementos y el maquillaje, visten al personaje con cierto colorido y la piel mantiene su tonalidad, en su homónimo, el personaje está completamente desnudo, y su piel se nos muestra en tonos blanquecinos, como si fuera de fría porcelana, como un objeto que no es capaz de tener sentimientos o que esconde sus sentimientos tras esa aparente frialdad de loza o de piedra. Sea como fuera, cada una de estas dualidades nos perturban y nos hace mirar más allá del espejo que nos muestra Lita, porque las lecturas son infinitamente variadas. Lita ha bebido de los grandes de la pintura española: Velázquez, Goya, Ribera; también de pintores foráneos: Rembrandt, Rubens, Tiziano, y de la escuela flamenca; lo demuestra su destreza a la hora de enfrentarse a la figuración y su manera de tratar el rostro y el cuerpo humano, con un acertado estudio de la luz y del color que evoca a estos maestros. Luego su pincelada se vuelve provocadora, trasgresora, desenfadada, sobre y tras las figuras, en los fondos, y aquí encontramos brochazos, manchas, spray y chorreos, que nos remiten a Pollock, a Willem de Kooning, a Lucian Freud, y hasta, me atrevería a decir, a Basquiat, al grafiti; pero no creo que Lita lo haga con conocimiento de causa, sino de manera intuitiva y pasional, porque ella tiene ese duende, ese talento intrínseco para crear siguiendo el impulso, el arrebato. También, en series como: Dillusion, Country life, State of grace o Installation, encontramos un cierto paralelismo con Francis Bacon en la manera de retratar los rostros deformados incentivando lo grotesco. Esa dualidad que tienen sus cuadros de moverse entre lo clásico y lo moderno los dota de una maravillosa intemporalidad.

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