Delirio orgiástico y tropical | ARTEPOLI

Guillermo Socarrás

 

“ la simbología es intrínseca, producto de la alucinación, se trata de metáforas que derivan más del ensueño que del intelecto ”

Por: Ángel Alonso

Durante la de-construcción posmodernista de finales del siglo pasado, ese período de intertextualidades y apropiaciones en el que se advertía conservadora y pasada de moda cualquier intención de crear una figuración personal, hasta los más arriesgados e irreverentes artistas no pudieron zafarse de marcar, a través de una manera específica de hacer, ciertos elementos que los identificaban.
Desde la Transvanguardia italiana hasta el llamado Bad painting, por muy insolentes que se mostrasen los artistas ante normas y tradiciones, llegando incluso al extremo de no firmar sus obras, de exponerlas sin marcos, con tachuelas u otros artilugios; todo esto bajo la intención de desvalorizar sus trabajos (estratagema que solo en apariencia iba contra las reglas del mercado), resultaba que al final de todos esos intentos y negaciones, seguíamos pudiendo reconocer con bastante facilidad cuando estábamos ante un autor determinado; aunque este utilizase la apropiación y se negase a crear una figuración propia.
Aquel criterio de que el estilo personal implicaba una actitud modernista y decadente luego rebotó por errado. Desde Jean-Michel Basquiat hasta Jonathan Borofsky se reconocen por sus improntas. Un artista solo puede decir algo cuando lo hace de manera particular, entonces su obra resulta insustituible, nos permite escuchar su tesitura, define su voz, su individualidad, pues sabemos que ese específico producto que crea no podrá ser realizado por ningún otro ser humano.
Guillermo Socarrás es uno de esos artistas que utiliza siempre recursos expresivos personales, originales hasta la médula, lo curioso es que a pesar de abordar siempre los mismos temas y utilizar los mismos procedimientos no se repite nunca. Siempre aprendemos algo nuevo de un cuadro a otro; no nos aburre porque es tan intensamente creativo que no soportaría repetir un dibujo.
El sistema es el mismo, pero el guion es invariablemente nuevo. Su obra es un tanto cinematográfica. Hay una historia diferente en cada cuadro, una fábula que se puede leer incluso en términos literales, sencilla, lineal y aristotélica, pues la gracia que posee es precisamente este orden descriptivo y representacionalista donde un elefante tocando una guitarra es un elefante tocando una guitarra y no otra cosa. Como “el aduanero” Rousseau, y como muchos pintores naíf, el cuadro es como un cuento en el que los sucesos acontecen.
Es tan personal la obra de Socarrás que resulta muy difícil hablar de influencias, al menos no reconozco en sus cuadros la huella de ningún pintor del pasado, por momentos sus figuras parecen beber del lenguaje del Cómic, pero no es cierto que los utilice como referencia, tampoco cae en los esquemas del artista primitivo ni se puede considerar Art Brut por la maestría de la realización. El rigor y la racionalidad de su método, su paciencia artesanal, lo alejan del expresionismo, no hay casi nada accidental aquí, son cuadros construidos de forma un tanto planificada. Los personajes van saliendo de su mano tal como salen de su cabeza, va imaginando una historia y así mismo la representa mientras ríe, porque hay en ella mucho de carnavalesco.
La representación continua de lo que va imaginando denota su desbordante fantasía. La estructura es amplia e incluyente, porque en ella cabe todo lo posible e imposible al mismo tiempo. Que trabaje en términos literales no quiere decir que no existan metáforas en su obra, lo que ocurre es que estas están contenidas en las figuras y sus acciones. Socarrás representa estas escenas de risa y música sin intelectualizarlas, sin pretensiones de sugerir un contenido secreto en ellas, por eso pienso que la simbología es intrínseca, producto de la alucinación, se trata de metáforas que derivan más del ensueño que del intelecto.
La argumentación teórica de sus cuadros consiste, para el artista, en narrar entre carcajadas lo mismo que estamos viendo. Se respira en las escenas un ambiente fresco, fiestero, relajado y folclórico. Los personajes gozan, se emborrachan, toman un pez como guitarra o una jirafa como piano. Es un delirio orgiástico y tropical, una catarsis mundana, un escape de la pobreza. Es una pena que Samuel Feijóo no lo haya conocido, estoy seguro de que lo hubiese incluido en su revista “Signos”.

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