Antonio Abellan

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Por: Margarita Yartmats – pagina 4

La trayectoria artística de Antonio Abellán empieza a finales de los 80 con exposiciones en España. Y desde el año 2000 expone regularmente en Alemania.

Su trabajo ha sido expuesto en ferias y galerías de arte en España, Bélgica, Suiza, Francia, Holanda, Inglaterra y Alemania.

La técnica de sus obras es el resultado de una investigación personal. Pinta por medio de capas trasparentes y zonas opacas, utilizando texturas variadas y collages sobre lienzos o tablas que prepara personalmente, dando a la obra un acabado limpio, luminoso y muy original, creando en definitiva un lenguaje exclusivo y personal.

La colección de obras representadas en Begemot Art Gallery (30.03-02.05.2017) recogerá por una parte una serie de piezas con temática musical: jazz, clásica... y por otra, cuadros con variadas escenas urbanas y costumbristas.

Su obra es el reflejo sus vivencias, sus memorias, así como la percepción de la sociedad que estamos viviendo hoy en día, de modo que desde la redacción nos pareció interesante conocer al artista desde sus raíces, su mundo más íntimo y personal.

Nací en Cartagena, Puerto milenario bañado por el Mediterráneo y su luz, dónde la ciudad pasea por la calle Mayor dejándose ver y se para en sus terrazas para mirar.

La lluvia es un raro acontecimiento que contemplas, esquivando paraguas, desde un balcón modernista. (Sus interminables playas son de azul oro).

Ya no están los marineros que poblaban sus calles, ni la feria junto al mar de mi niñez; muchos edificios han cambiado de forma, pero las gaviotas volando sobre el bosque de mástiles del puerto te hacen pensar que todo sigue igual.

Recuerdo mi casa, en el centro histórico, atestada siempre de gente; mis abuelos, mis padres y hermanas, una chica que nos cuidaba, las señoras de la limpieza, la costurera, mis primos y las continuas visitas, algunas casi permanentes, y todos, a pesar de las dimensiones de esta antigua casa, reunidos en la pequeña sala en estar, en una mezcla de piernas y brazos, butacones, sofás y sillones de mimbre sobre un suelo de baldosas en siena y ocre. Y aunque no creo haberme quedado nunca solo en casa, buscaba mis momentos de tregua refugiándome en mi cuarto para leer tebeos, dibujar y jugar en soledad. La cocina era enorme y mi madre la llenaba de maravillosos olores y sonidos de sartenes, platos, batir de tenedores y harinas que yo miraba como espectador de una coreografía montada solo para mí.

Mi abuelo era fotógrafo, y de joven había sido escritor y también director y fundador de una revista social y literaria. Siempre rompía la monotonía con su alegría, sus canciones, sus historias y anécdotas. Su hermana era una escritora famosa, y un día mi padre me llevó al aeropuerto a recogerla, y el avión que la trajo, seguramente destartalado, en una Terminal tercermundista, me pareció el colmo del lujo y la modernidad. A mí ella siempre me gustó más en la devoción de mi abuelo que en persona.

Mi padre, como mi abuelo, también eran fotógrafos y yo pasé muchas horas en el laboratorio que ambos tenían en el centro de la ciudad, ayudando en la tienda o revelando fotos de carnet, parejas, retratos de estudio, marineros de primera comunión o de verdad, y fotos de aficionados que iban apareciendo en grises, congelados en un momento feliz del pasado.

A mí siempre me interesaron más estos personajes que la técnica fotográfica y como me encantaba dibujar, decidir dar clases de pintura en el estudio de un pintor cartagenero y de ahí a estudiar Bellas Artes en Valencia.

Aquí me encontré una ciudad a orillas del mar que vive tierra adentro, con el espectáculo de su cielo visto desde un cauce sin río y del laberinto del Carmen para perderte paseando, contemplando la procesión de imágenes, desfilando por las calles. Mujeres de piernas nerviosas y ritmo de caderas, hombres que se quiebran o se estrangulan en sus corbatas al viento. Pechos colgados en terrazas y balcones, a punto de saltar de un escote, e ingles pintadas por un vestido. Disimulos bajo un paraguas e idilios bajo el ala de un sombrero.

Amigos, romances y bares, cine y lecturas, naufragios y decisiones. Ahora soy tan valenciano que me olvido girar la espalda para ver el mar.

Aquí tuve la suerte de encontrar a mi mujer siempre en flor, con sus mariposas en la barriga, enamorarme, casarme y quererla de un modo que no se puede abarcar con palabras, un amor que nos trajo el regalo de dos hijos, que te dan tanto que no puedes compensarlo aunque lo des todo.

Los tres son la luz de mis días, que comparto con mis músicas y mis cuadros, contando en lienzo pequeñas historias reales o imaginadas, recuerdos y secretos acompañados también por dolorosas sombras, en un paseo por la vida que no quieres que termine nunca.

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