ALGÚN LUGAR

UN CUERPO EN ALGÚN LUGAR

 ©SamuelGarAr
©SamuelGarAr

Por MARÍA JOSÉ CORTÉS ROBLES

Me insistieron en que fuese a ver la exitosa “Yogurt Piano” y me la perdí. En cuanto supe que Gon Ramos presentaba un nuevo espectáculo en el Pavón Teatro Kamikaze, me faltó tiempo para gestionar la entrada. Luego me sobró, el tiempo, y allí me presenté el día del estreno, una hora antes. Estuve tomando cerveza, admirando los girasoles de la fachada, y acogiendo lo que alcanzaba a mi oído de las conversaciones del público que se iba congregando. Me es muy grato ir en esta actitud a un espectáculo y tomarme, a ser posible, el tiempo necesario para asumir el acontecimiento artístico de un modo menos brusco, para dejarle espacio donde nacer en mí, calmando mi sensibilidad y potenciando mi receptividad. Me concentro unos minutos, unas horas previas. ¿En algo reflexivo e intelectual? Nada más lejos: libero los sentidos, procuro disfrutar del instante. Mis reflexiones todas son de ahora, mientras que escribo.
Este proyecto vivo del Pavón Kamikaze es incapaz de contenerse en la estructura arquitectónica en donde se lleva a cabo, ni en el entramado humano que se responsabiliza de su buena salud. Este proyecto profundiza día a día en la búsqueda de su propia voz, se retroalimenta con esfuerzo, se nutre de los seres que se sumergen en sus aguas, resuena como un mar sujeto exclusivamente a la influencia de los astros - aunque sea imposible-, se derrama hasta la calle para dejar un rastro de latidos, de ecos refugiados en caracolas, en intelectos ávidos de pensamiento, en sensibilidades propiciatorias. Este proyecto es Premio Nacional de Teatro 2017.
Pero adentrémonos ya en la experiencia artística concreta de ese día, esa tarde de su estreno, en el Ambigú, repleto de espectadores, desde la perspectiva de mi lugar de siempre, con las telas negras cubriendo las ventanas del fondo, reunido el público a tres bandas, a nivel del suelo el escenario. En escena nos recibió una composición dual de escenografía y elenco: dos sillas, dos barbudos. También se contraponía la acción escénica: marcar el lugar donde supuestamente se van a tener que colocar las sillas, contra esperar tumbado a que los espectadores ocupen su lugar y se inicie el espectáculo. Desde el principio se nos advertía de que jugaba nuestra presencia, que se nos iba a tener en cuenta como parte implicada, que éramos espectadores cómplices, receptores inmediatos y reales. En un prólogo se hizo explícito el código que se iba a establecer y que todos aceptamos. Por lo demás, palabra y luz en distintas intensidades como único ambiente. El resto, lo imaginario, hasta la utilería ausente. Teatro valiente, desnudo, que se centra en el sentido y la emoción que nos provoca. Los actores estaban ocupados en sus tareas, principalmente en comunicarse entre ellos, pero con una vía directa al público de comunicación abierta. Teníamos un intermediario amable, versátil, con humor despierto, capaz de desasirse de cualquier conato de drama o de tragedia que arrastrase alguno de sus múltiples personajes, para hacerse cargo de nosotros, desamparados ante la incógnita de lo expuesto en escena. Su nombre, Luis Sorolla. Y contábamos también con el ensimismamiento tras la cuarta pared de Fran Cantos Arana, su entrega al partner, cuerpo de enorme presencia, ojos cerrados o abiertos, mirada siempre en busca de un asidero veraz, oído atento, voz conmovedora. Fran tenía sus herramientas, nosotros las nuestras, compartíamos una, Luís.
El viaje emocional trascurría sin necesidad de una trama, sujeto a lo aparentemente anecdótico, saltando de uno a otro suceso sin el apoyo de lo consecutivo, con el impulso de una indagación en la que se nos va la vida -y que nos va la vida en ello, porque no es otra cosa sino vida-. Entonces, nos encaramamos al árbol de la existencia humana, de uno de sus ejemplos, y estuvimos recorriendo su majestuoso entramado. Acariciamos la perspectiva de poder abarcar el rizoma, la composición de sueños anudados entre sí y trasformados en posibilidades que quizá llegan a realizarse hasta cierto punto, que generan nuevos sueños posibles, y así, hasta lo finito o lo infinito - quién en conciencia lo sabe-. Cuál sea el motor, es lo que intentamos averiguar, la raíz de esta hermosa hipótesis de Gon Ramos. ¿Para qué nombrarlo? Está tan manido eso de “el amor”, es tan inexacto. Sería, más bien, una intimidad entre los seres lo que ansiamos, sin etiquetas, profunda, única, como cada ser que la conforma. Puede ser precisamente este compartir los sueños, este abrir nuestra capacidad de soñar al otro, este hacerle partícipe de nuestro más hondo anhelo, aquel que ni siquiera nosotros comprendemos, incapaces de abarcarlo, eso que precisamente es la materia común de la que estamos hechos, más cerca de la palabra “esperanza”, un palpitar al unísono, una armonía que nos transciende.
Este modo de contar, esta narración atípica, resulta un manojo de llaves efectivo que va abriendo los cerrojos de los rincones más recónditos de la sensibilidad de cada individuo entre el público. Después, solo tiene que ser capaz de llevarse entre algodones lo que se le ha entregado. Una misiva, un mensaje dentro de un mensaje -ya no de una botella-. Es una materia frágil y costosa, un tesoro mínimo y deslumbrante, un esbozo de algo vivo. Hay que resucitarlo y compartirlo. Resucitarlo. Compartirlo… Soñarlo cada vez. Soñarlo juntos. Vivirlo.

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