EJEMPLAR XV

La fabulación pintada. Un acercamiento a la obra de Ana Novella

Por : Ovidio Moré (Osvaldo Moreno)

Max Aub nos legó para la posteridad aquella memorable y deliciosa patraña novelada (que muchos de sus contemporáneos dieron por cierta) de un ficticio pintor cubista, un tal: Jusep Torres Campalans. Se inventó de cabo a rabo la vida de este artista, y, para culmen de ello, pintó hasta algunos de los lienzos que, aparentemente, Torres Campalans había pintado. Con esta ingeniosa broma, Aub, un gran novelista donde los haya, ponía, a mi entender, su exacerbada imaginación en el más alto grado de la fabulación. Aub, se convertía, de este modo, en un fabulador nato como Juan Candela, ese cuentero salido de la pluma de Onelio Jorge Cardoso. El hispanista Gustav Siebenmann diría (vuelvo a la obra de Max Aub), que el mayor mérito de esta novela tan original, residía, precisamente, en ser una fábula inventada. Y es de esto que queremos hablar, de la fabulación, de la fabulación como sinónimo de creación, de inventiva, de eclosión de lo fantástico, pero no en la literatura, sino en la plástica, concretamente en la obra de la artista catalana Ana Novella. Pero antes, ya que hemos mencionado a Max Aub, quiero explicar el porqué lo he traído a colación. En la novela, Max Aub pone en boca de su heterónimo pintor (y es aquí donde está la concomitancia) algunos aforismos que son inherentes, sin lugar a duda, al quehacer de Ana Novella. Dice Torres Campalans: “Para pintar: no pensar. Dejarse ir, llevado por las manos.” O este otro: “Dejarse llevar, pintar con lo de adentro, a ojos cerrados.” Y por último: “El instinto es la madre del progreso. Si nos guiáramos exclusivamente por la razón seríamos partenogenéticos: igualitos a nuestros padres.” Y es que Ana es eso, puro instinto, puro arrebato; Ana pinta más desde el corazón que desde el cerebro, pero, sobre todo, Ana, es una excelente fabuladora.

Cuando nos enfrentamos a su obra sentimos la misma fascinación que cuando leemos a Max Aub, a Gabriel García Márquez, a Onelio Jorge Cardoso o a Lydia Cabrera, porque Ana es una cuenta cuentos magnífica, una “cuentera” en toda regla, sólo que, en vez de palabras, tinta y papel, utiliza lienzos y pinceles. Absorto queda el espectador ante la historia representada, ante la metáfora plena de magia y de belleza. Los cuadros de Ana son puro patakín1. En sus lienzos y dibujos la fantasía se desborda y atrapa todo el cuadro. Su mano pareciera haber sido víctima del horror vacui, ya que no deja resquicio del lienzo sin pintar. Ana utiliza, para ello, una variadísima paleta cromática, y en este caleidoscopio subyugante las figuras danzan ingrávidas, a veces de manera centrípeta y otras veces de manera centrífuga, o, simplemente, sin orden ni concierto, pero en perfecta armonía compositiva, para, desde esa fabulación de la que hablamos, articular una imagen poética y onírica de múltiples lecturas. Caballeros, hadas, delfines, gatos, quelonios, enamorados, castillos, etc., se alzan ante nuestros ojos para provocar el asombro o, como decía aquella canción de Silvio Rodríguez: engendrar la maravilla. Hay mucha ternura en su hacer, sus personajes tienen ese aire de ilustración de libro de cuentos infantil que acentúan tal sensación. Su pincelada no busca la precisión realista, es espontánea, emocional, rica, llena de matices, dándole a su figuración ese encantamiento, esa ternura a la que me refería antes, la misma que te mantiene allí, obnubilado ante tanto derroche fabulador y cromático.

Encontramos, en algunas de sus composiciones, ciertas reminiscencias a Marc Chagall, sobre todo por esos personajes que gravitan negando todas las leyes de la física, y otras veces, algún que otro cuadro, me recuerda los dibujos de Pieter Brueghel el Viejo; o al Bosco de El Jardín de las delicias y El Carro de heno (por citar dos ejemplos), pero no desde la mímesis, porque nada tienen que ver el estilo ni los temas de Ana con el de estos otros artistas citados (aunque lo fantasioso, lo fabulatorio y lo irreal, les unen) sino por la gran profusión de elementos y personajes.

La obra de Ana me recuerda también (salvando las distancias, la diferencia de estilos y los temas, tal como acotaba antes), a mi coterráneo Manuel Mendive2, otro auténtico fabulador. El paralelismo entre Ana y Mendive se me antoja porque ambos crean universos en los que las figuras, casi siempre fabulosas o míticas, en el caso de Ana, o de carácter folclórico religioso (deidades del panteón yoruba), en el caso de Mendive, tienen dependencias las unas de las otras, al mismo tiempo que crean un vínculo con los elementos de la naturaleza, ya sean estos de origen animal o vegetal, y esta interrelación es también una de las claves para ir desentrañando los misterios emocionales del cuadro. Aunque, para el espectador amante de la plástica, como bien apuntaba E. H. Gombrich: El secreto del artista es que realice su obra tan superlativamente bien que todos olvidemos preguntar qué significa, para admirar tan sólo su modo de realizarla. Y Ana, es una artista monumental que emociona con su hacer y con su técnica, que no necesitamos desentrañar nada, porque su magia, por sí misma, ya nos arroba, nos transporta a sus universos paralelos. En esta misma tónica, si cruzamos el atlántico, encontramos la obra de otra pintora, me refiero a la dominicana Clara Ledesma (Santiago de los Caballeros 1924 – Nueva York 1999) emparentada con Ana porque ambas son dueñas de una visión pictórica deudora de lo poético y de lo onírico.

Ana Novella estudió técnicas de pintura en la Llotja de Barcelona y completó sus estudios en Londres. Ha expuesto por casi todo el mundo: Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Bélgica, Italia, Japón, Holanda, la India, México, etc. Y en España lo ha hecho en Madrid, Barcelona, Bilbao, Manresa, Sant Boi, Salou, Cadaqués, Mollet, Calaf, etc. Su obra tiene mucho que ofrecernos, y Ana todavía tiene muchísimo que decir, porque su quehacer siempre nacerá de y para el asombro. A la espera de sus nuevas fabulaciones quedamos.

Caballeros, hadas, delfines, gatos, quelonios, enamorados, castillos, etc., se alzan ante nuestros ojos para provocar el asombro

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