La americanizacion

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La americanizacion

Por: manel vallés – pagina 25

A pesar de la globalización, la actividad civilizadora de los americanos parece que sigue a buen ritmo. Se entiende, si pensamos que es todavía, un pueblo joven, con ganas de decir cosas y decirlas bien alto. El caso de Europa es, más bien inverso y como el continente viejo que es, esta más que dispuesto a dejarse colonizar culturalmente por cualquier extravagancia. Es el típico ejemplo de la res extensa de Descartes. Primero, valoramos la extensión (longitud, latitud y profundidad) en el paisaje; y después, el cambio de lugar, las cosas con relación a su peso, dureza o color haciéndose corpóreas mientras se hace mundo (ahí, seguramente, también radica el punto de inflexión).

Frente a este modelo cultural, se presenta una prueba de superación y se construye la crítica, básicamente, por comparación de las cuestiones problemáticas aplicadas a lo utilitario. Como tal, se deja mucho espacio para la improvisación en el actual marco de expresión natural heredado de la ilustración y, por ello, a estas alturas ya deberíamos saber que esto da pie a nuevas conjeturas y que las ha dado ya en el pasado más reciente aunque algunas de ellas fracasaran. Me refiero, obviamente, al fascismo y el comunismo.

Este hacer mundo también tiene otra propiedad al margen de proyectos realizados e inacabados; la de crear otras culturas y otras civilizaciones que, asimismo, generan un movimiento cíclico en la historia. Precisamente por eso se mantiene lo que el mundo conoce por el estilo americano; que no es sino, el vaciado de ese horizonte trascendental, a partir, de unas pautas analíticas. Esto no es óbice, para que se del caso de una autointerpretación de la propia cultura que ocurre, normalmente, en el ámbito periférico debido a la fricción de lo que suponemos normal. Sin embargo, es posible caer con todo esto, en una forma más o menos sincretista y tipificada en cada caso particular; lo que se resuelve teniendo, en cambio, una visión más amplia de las cosas y de ese mismo mundo, en general.

Lo que quizás queda claro con todo esto es el insípido racionalismo que subyace en la cultura norteamericana; presentada como una sociedad con recursos ilimitados, pero de naturaleza diluyente. Por eso, yo me pregunto ahora: ¿de qué forma hay que valorar a esa sociedad en la actualidad, y en ese caso, están los norteamericanos en estado de gracia, o no? Obviamente, hay que empezar por el lado edificante; el que explica el funcionamiento interno de un país, siempre y cuando este se rija por unas leyes más o menos coherentes tanto en el plano legal como en el informativo o histórico. Lo digo así, porque eso es lo que sucede en muchas partes del mundo. Están sin cobertura como los móviles, y claro, el grande se lo come todo. Entonces, se establece una norma gravitatoria donde el azar también tiene su protagonismo. Sobre esa base espacio-temporal funciona la colectividad.

Lo más común; es que a partir de esta norma, mucha gente (en especial, la ilustrada) opte por la negación de lo trascendente y lo absurdo de la existencia en busca de la libertad. Surge la duda; y los más capaces se pasan al catolicismo visceral o al integrismo carpetovetónico. Y, sencillamente, mueren felices en una especie de limbo bermellón y afresado. Bajo ese manto crepuscular se espera del mundo que se impregne del participio hegemónico norteamericano que ofrece ese mismo destino a diestro y siniestro. Es lo sublime elevado al cuadrado bajo el yugo de lo universal; y, hasta que no se marchiten esas flores y se animalicen las promesas firmadas con sangre y se conviertan las acciones hiperbóreas en realidad, poco podemos hacer los humanos al respecto.

Hay que tener en cuenta que Norteamérica no es más que otro pueblo que adora la materia. No ha sido el primero, ni será el último ya que todas las religiones y civilizaciones del mundo se han basado en ese mismo principio. Y no hay nada más, porque tampoco se pide nada más. A no ser, claro, que haya algo o alguien en el mundo que reinvente esa historia y le de otro enfoque. En ese caso, la convicción de no pertenecer ya a una comunidad desde el punto de vista enanín de progresión aritmética donde cabe todo y todos en la Arcadia ecuménica puede que desaparezca por el bien común y no por eso sentiremos pena por ello.

Me imagino, por otro lado, que esta es la manera de entender esa hegemonía que poseen, actualmente, los norteamericanos. Para eso, no hace falta ser un médium, ni un libertador y ni siquiera un nihilista; para ir tirando de una constitución o de unas leyes que contengan algún punto fijo en el espacio. Además, esas figuras son títeres decimonónicos que ya no existen más que en el papel. Solamente quedan algunos reductos, muy conservadores, que tratan de restablecer ese orden porque piensan que así recuperarán sus poderes perdidos. Lo que si está de alguna manera clara es que la mayoría se sigue colgando de la cuerda temporal tejiendo minuciosamente su propia red a partir del ministerio de unos pocos hacia unos muchos. Es, en definitiva, el proyecto de ingeniería social universal del derecho natural. En ello, lo útil sigue teniendo vigencia pero ya solo a partir de un gesto impreciso donde es fácil que la naturaleza se desborde o pierda su sentido original. El resto se reparte en función de ese código donde se reestructuran los modelos territoriales en las áreas desarrolladas, a partir, de la concentración empresarial y la integración del capital; así como también, la producción y el desarrollo metropolitano.

Pero, irremediablemente, aparecen categorías de desigualdades en esas mismas áreas. Y no es que una cosa lleve a la otra, sino, que se solapan. Está demostrado de que al mismo tiempo que aumenta la desigualdad lo hace también la productividad. Esto quiere decir que el sistema nunca se colapsa a la par que se globaliza. También es verdad que por si solo esto ya representa un nuevo modelo de equilibrio, a partir, del que se extrapolan tendencias lo que incide directamente en el dinamismo territorial y sus superestructuras. Entonces, todo acaba en el marco temporal presente y futuro y la intencionalidad desaparece para dar paso a ese contenido, aparentemente, inofensivo y al que nos veremos abocados en el futuro

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