INSTANTES

INSTANTES

Textos: Paloma Pedrero, Sandro Cordero y Néstor Villazón 

Dirección: Elisa Marinas 

Protagonizada por Sergio Otegui, Melida Molina, Carlos Lorenzo y Ana Blanco

MARIA JOSÉ
CORTÉS ROBLES

 

Habría que salir más de la capital a visitar los alrededores. “En Aranjuez se unen las delicias del campo con los placeres de la ciudad”, reza una inscripción en la fachada del Teatro Real Carlos III de Aranjuez, una preciosa bombonera. Edificio del siglo XIII rehabilitado con esmero en el XX, conserva los frescos del techo y las vigas de madera en su cubierta. Es un placer llegar caminando desde el tren hasta su fachada, atravesar uno de sus cinco arcos hacia la penumbra de su vestíbulo y resguardarse del calor sofocante de estos días de julio. Ni callejeando para ir buscando la sombra evitamos que salga a nuestro encuentro lo monumental y mágico de este rincón de la provincia de Madrid. Siempre he adorado sus palacios y jardines, el vergel que brota de una tierra bañada por dos ríos. Con razón su paisaje cultural fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

El patio de butacas no estaba repleto, quizá el calor, quizá la dispersión de intereses en una ciudad con tantos alicientes culturales. Me consta que desde la Concejalía de Cultura se intenta promover la asistencia de un público joven a esta sala de teatro con historia. La selección de obras en cartelera es seleccionada en ese sentido. Encaja el espectáculo que nos ocupa en la premisa de “para todos los públicos” y es adecuada desde luego a esa franja de edad llamada juventud. Otra cuestión es que surta efecto la llamada y se acuda a estos eventos. Habría quizá que reforzar los reclamos con persistencia e imaginación. Confío en ello, el objetivo lo merece. ¿Qué pretensiones puede albergar el arte dramático con respecto a un público joven? No hay límites. Desde entretenerles hasta hacerles más libres, ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Pero para atraer a las fieras, a la fauna salvaje, para influir sobre generaciones vírgenes, habrá primero que alimentar su deseo de asistencia, sus intereses, remover sus voluntades.

“Instantes” es una obra refrescante y lúdica, una comedia no tan ligera, con mensaje. La composición del libreto, unión de tres textos de diferentes autores, tiene como esqueleto-guía los puntos de unión de tres reflexiones sobre el amor, esclavo de nuestro miedo al paso del tiempo. En un instante, surge el amor como vehículo de salvación. En un instante perdemos lo que amamos. En un instante la disyuntiva de atreverse o no a vivir con la plenitud de lo elegido. En un instante entregarlo todo con la esperanza de conservarlo en formol, empresa imposible.

Todos somos para los demás desconocidos, hasta que se demuestre lo contrario. Lo apasionante de las relaciones humanas es ese desconocimiento del otro que no cesa de asombrarnos y atraernos, o en nuestro lado enfermo, de aislarnos. Somos seres cambiantes, de contrastes, de luces y de sombras. Y en un instante, vislumbramos un retazo de la verdad de un semejante. O nos topamos frente a un espejo, el de una mirada ajena que refleja claramente el reflejo instantáneo de nuestra realidad en el mundo. ¡Qué misterioso y extraño, qué adictivo, esto del amor ajeno y el propio! ¡Cuánto cuesta arrancarlo de nuestro centro vital cuando se pudre, devolverlo a otras arenas no movedizas, con abono! ¡Qué mezquinos y miserables al asirnos de ese modo! Pero también, ¡qué hermosa nuestra fragilidad, nuestra necesidad de formar parte de algo más grande que nosotros mismos!

El humor y la ternura son ingredientes que mezclan bien, máxime cuando los actores tienen oficio y saben llevar las directrices recibidas junto con la aportación de su talento a buen término: transmitir retazos de vida con los que el espectador se identifique, plantear cuestiones vitales, divertir y conmover. La catarsis a través de la risa es tanto o más saludable que a través de la lágrima, y si fuera por ambos conductos, mejor que mejor. Aunque en vez de un llanto brote una punzada en el estómago, un escalofrío, o un estremecimiento suave que nos reconforte. Sensaciones verídicas fruto de convenciones teatrales creíbles. Eso es lo que se busca al ir a ver teatro y lo mínimo que se pretende como profesional de este arte.

Desde mi butaca comprobé un ejemplo de esto esperado en una señora entre el público, sentada al otro lado del pasillo central. Esta mujer estuvo a punto de troncharse el cuello a base de carcajadas. Seguro que dormiría muy bien esa noche. En mi caso no dejé de sonreír, que es una reacción más comedida. Algo de espontaneidad se pierde cuando una está concentrada en observar el máximo de detalles posibles para desentrañarlos y comentarlos, pero el disfrute permanece. Salí de la sala reconfortada, más liviana que a mi llegada.

Elisa Marinas ha ideado una puesta en escena sencilla, al servicio de las capacidades del actor, y eso es muy de agradecer. Se cumple así la máxima artística ineludible: “Menos es más”. Igual me da si el ahorro ha sido promovido por lo económico que por lo artístico que por ambas cuestiones, el caso es que funciona. Soy proclive a apoyar el concepto de “teatro pobre”, aunque no reniegue de los avances de la técnica y sus bondades, excepto cuando emborronan la hoja en blanco y esconden lo esencial. Marinas no se ha servido de artificios. Sobre el escenario, los elementos considerados imprescindibles para la acción. Los mínimos para la caracterización de los personajes, colgados de un perchero. Los diálogos y personajes son de plena actualidad, con lo que se facilita la selección de complementarios como utilería, vestuario, maquillaje… Si hay un bolso, vuela de unos brazos a los contrarios como expresión de pánico. Si un paraguas, apunta hacia el estómago de un contrincante como defensa. Se crean espacios distintos con mobiliario escaso que pasa desapercibido.

Eso sí: música para festejar como se debe el encuentro con el público, la ruptura de la cuarta pared y la reconstrucción de la misma para imponer una distancia mínima que aporte perspectiva, para reconvertir al público en observadores anónimos sin peligro de ser observados. Al inicio de cada uno de los diferentes textos, una pared de alegres bailarines nos miraban provocativos para insuflarnos ritmo en los oídos, los ojos y, a ser posible, las venas. Tras esto, monólogos directos, sin apartar cada intérprete su mirada de nuestros rostros emergentes de la penumbra. Y una vez enganchados a su estela luminosa, arrastrarnos a la curiosidad de intimidades ajenas, a mirar por el ojo de la cerradura la reproducción de otras vidas.

Dice Paloma Pedrero en una entrevista lo siguiente: “Me he pasado la vida jugando a hacer teatro, así que cuando plasmo una realidad en mis obras no puedo dejar de seguir jugando. Ocurre, también, que en el teatro la máscara hace que se caiga la máscara y se vean los auténticos deseos de los personajes. Es un efecto hermosísimo de desinhibición y reconocimiento, y, a veces, te permite afrontar situaciones muy duras con humor.”

Mucho de esto hubo la otra tarde sobre el escenario del Teatro Real Carlos III de Aranjuez. No se puede decir mejor. Para qué añadir más. Busquen ustedes entre las obras en cartelera, seleccionen “Instantes” y disfruten.

#artepoliInstantes

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