Bellas ArtesEjemplar XXIV

Guillermo Socarrás a color y en blanco y negro

Guillermo Socarrás a color y en blanco y negro.

Un día tendremos que hacer la “otra” Historia del Arte cubano, para hacer justicia a aquellos artistas que, aunque comercializan sus pinturas en todas partes del mundo, y aunque tengan una obra consolidada, no aparecen representados en los eventos oficiales de la isla.

Ya una vez hablamos de Guillermo Socarrás en ARTEPOLI, en aquella ocasión atendimos a su capacidad para sintetizar, mediante su muy personal figuración, la vida cotidiana del cubano. Lo hace mediante una especie de automatismo psíquico, pero no aquel refinado que acuñó Bretón para caracterizar al surrealismo, sino otro mucho más expresivo y sarcástico: el latinoamericano del “Macondo” de García Márquez, el de la “Fiesta de los muertos” en México, que cautivó a Buñuel y alimentó el aparente absurdo de su cine. Es un automatismo risueño, en el que la ausencia del control ejercido por la razón es una vivencia y no una pose.

Se cuentan en sus cuadros diversas historias mezcladas, como las que pintaba El Bosco, que hacía surrealismo antes de que se inventara, son historias difíciles de comprender cuando no se está viviendo la realidad que rodea al autor. Pero la comunicación con el espectador va más allá de la comprensión (o no) de la anécdota que contenga una pintura, porque la transmisión se establece por otros canales, la identificación va a través de esos mágicos conductos que la palabra no puede definir con exactitud.

Cuando se habla del surrealismo en Latinoamérica se hace referencia a los caminos marcados por Roberto Matta o Wifredo Lam, pero ambos maestros, más allá de sus aportes, siguen de alguna manera el refinamiento que caracterizó a este movimiento. Existe en nuestro continente otro surrealismo más salvaje y primitivo, más delirante y visceral, desprovisto de la elegancia europeísta, en el que la locura no puede ser psicoanalizada ni por el  propio Freud.

Artistas como el argentino Antonio Seguí, más marcado por el informalismo pero muy contaminado con el surrealismo, o Leonora Carrington, inglesa de nacimiento pero muy mexicana (no solo por haber vivido en ese país latinoamericano sino por su pintura) caracterizan esta otra senda, tragicómica y aturdida, en la que pudiéramos insertar a pintores como Socarrás. Y esta inserción no obedece a un parecido físico ni tampoco a una influencia, pues nuestro artista posee un estilo rigurosamente personal, el encajamiento simplemente nos ayuda a comprender que hay obras en las que el tercer mundo se hace más evidente, en las que podemos encontrar a una hiena como animal doméstico (Carrington), un señor saltando desde el Obelisco de Buenos Aires a la Torre Eiffel (Seguí) o un pez fumándose un puro de la mano de un gato con cuerpo de guitarra (Socarrás).

La pintura de este artista es carnavalesca, y el carnaval se asocia con la carcajada, la alegría despreocupada, el baile y la borrachera. El pintoresquismo del carnaval, presente en casi todas las culturas, toma dimensiones exageradas cuando la noche refresca en sitios demasiado soleados, no es lo mismo un carnaval en Venecia que en Rio de Janeiro. Socarrás pinta la despreocupación, sensualidad y alegría desbordante con que se defiende el cubano de los desasosiegos de la vida diaria. Es una pintura catártica, el espectador y el artista se refugian en ella para recordar que la vida es una sola y que no la debemos malgastar con el entrecejo fruncido.

Paradójicamente Socarrás también pinta en blanco y negro -agregando a veces  sutiles acentos de color-, un reto que le permite investigar los claroscuros, explorar las infinitas variantes entre el blanco y el  negro, afirmar la primacía de su dibujo sin distracciones cromáticas estridentes y revelarnos el goce estético de sus gamas de grises, aquellas que captamos como metálicas como consecuencia de sus mezclas precisas, tenues y sabias.

Una preparación del lienzo bastante pulida, que no llega a tapar completamente para aprovechar su brillante tonalidad, resulta una adecuada base para sus grafismos; puntos y garabatos pequeños que el ojo capta a gran distancia como vibraciones, como pequeños temblores estratégicos, es una especie de moiré en positivo, ese efecto de desencaje que los grabadores odian en sus impresiones.

Vasto e inclusivo, sano y jocoso, alejado de todo tipo de gremio intelectual, auténtico y fluido como las aguas de un río, Socarrás va pintando su vida y viviendo su pintura, con una intensidad que solo es posible bajo una imperiosa necesidad de expresarse. Vende mucho sus codiciados cuadros pero, si no los vendiera, los pintaría exactamente igual.

Por: Redacción

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