El Príncipe Vagoneta

El Príncipe Vagoneta

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 “Una historia para desafiar los propios límites”

Belén Mendonca 

Martin mejor llamado por su mama El príncipe Vagoneta, tiene diez  años y es un chico muy especial.

 Se inventa apodos para los amigos del jardín, porque le da fiaca decir su verdadero nombre, camina por las veredas que no tienen sol porque le da fiaca el calor en las mejillas, no corre las cortinas de su ventana porque si lo hace tendría que estirarse, ya que están muy altas, y  eso le daría para hablar durante todo el día.

Va al colegio de tarde porque le gusta dormir mucho, ¡como hasta las doce del mediodía! Y su mama rezonga para levantarlo. Es que El príncipe vagoneta, es muy especial…tan especial que no se esfuerza ni un poquitito por mejorar.

Ilustración : Rocio Mendonca & diseño gráfico : Sofia Piuzzi.

En la clase de gimnasia, cuando hacen carreras, él se va rapidito para la meta porque le da fiaca perder y cuando llegan los demás amigos transpirados y a puro calor…les dice… ¡Les gane! El príncipe vagoneta, no entiende que lo importante es disfrutar del viento sobre la cara mientras se corre la carrera, no entiende lo divertido que es mirar a los compañeros mientras recorre el camino. Pobre…no entiende porque no sabe, no porque es malo.

Cuando tiene una prueba, el prefiere no estudiar porque dice que igual le va ir muy mal, porque es un burro. En el colegio mira a su compañerita de banco que se llama Matilde y es muy linda, pero no le habla porque cree que así se le acabarían las palabras.

Al el Príncipe Vagoneta no le gusta festejar su cumpleaños porque dice que cada año se pone más viejo.  Su mama le dice que igual lo tiene que hacer, porque a ella le gusta recordar el día que lo vio nacer. El príncipe Vagoneta no abre los regalos que le hacen sus amigos porque dice que los juguetes se van a gastar muy rápido y  ya no va a tener con que jugar.

Un día común y corriente, el Príncipe Vagoneta caminaba por la vereda que no da el sol, sin contar las baldosas, sin mirar los pajaritos, sin tocar con su mano las paredes, ni cantar canciones divertidas.  Cuando escucho el sonido de una mujer que lloraba desconsolada. Al principio pensó igual que siempre y dijo, ¿Para qué voy averiguar qué pasa?, si seguro me termino cansando y no puedo ganar la carrera en el recreo… ¡Bah!…, que molesto llorar… ¡derramar lágrimas sin sentido, cuando se podrían ahorrar para cuando se necesitan de verdad! Dijo enojado. Todo cambio cuando dio vuelta la esquina y vio una abuelita, mirando a lo alto de un árbol y agarrándose la cabeza.

En ese momento, por primera vez en su vida, el Príncipe Vagoneta sintió muchas ganas de ayudar a la abuelita, de hacer lo imposible, lo inimaginable, lo que le salía bien y lo que le salía mal para ayudarla. Le broto del corazón una fuerza que nunca antes había sentido, la fuerza del amor. Así que se subió al árbol, que no era muy alto, con mucho cuidado agarrándose muy bien de las ramas fuertes, como le había enseñado su papa, y ¡rescato al gato Fedor! Un gato, blanco con manchitas negras. Muy gordo y cariñoso…

La abuelita, ¡estaba muy feliz! Tan feliz, que le dio un gran abrazo al Príncipe Vagoneta, le apretó los cachetones y le despeino los rulos…eso al Príncipe Vagoneta, lo dejo helado. La abuela, apretando al gato entre sus manos le dijo: _ ¡Niño, muchas gracias por devolverme la alegría, creí que nunca más iba a ver a Fedor, fuiste tan valiente…y tan bueno conmigo! ¿Te gustaría ayudarme con algunas tareas para arreglar mi jardín? 

El Príncipe Vagoneta, no entendía que le estaba pasando pero no pudo decir otra cosa que: ¡Si, muchas gracias! Se despidió de la abuelita y del gato Fedor, con el compromiso de verse la próxima semana para arreglar el jardín.

Cuando entro en su casa, vio a su mama y fue corriendo a contarle, -Mama hoy me pasó una cosa increíble, me di cuenta que todo este tiempo estuve viendo las cosas de un modo equivocado, hoy ayude a una abuelita a rescatar a su gato, y ¡fue emocionante!…todo este tiempo no quería hacer nada…porque creía que lo que hacía no tenía importancia, pero hoy entendí que cada cosa que hacemos es importante, correr las cortinas por la mañana, lavarnos la cara…saludar a Matilde… ¡Matilde!, mama me

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