Bellas ArtesEjemplar XXVMarcos Pérez-Sauquillo Muñoz

El iglú y la espiral

Mesa en espiral

El iglú y la espiral

En torno a “Mario Merz, El tiempo es mudo”

Inevitablemente asociado al grupo italiano de artistas povera surgido en torno al crítico Germano Celant, la obra de Mario Merz está íntimamente ligada a estos dos tipos formales caracterizados por el dinamismo, lo procesual y el ser en constante construcción.

El iglú es una construcción arquetípica que remite a los refugios autoconstruidos de los pueblos nómadas, como los inuits árticos o a las yurtas mongolas. Desde el prisma contestatario, contracultural y ecologista de finales de los 60, Merz lo convierte en símbolo de la pureza de estas sociedades primigenias, todavía en contacto directo con la naturaleza y no alienadas por el capitalismo, el consumo y la sociedad del espectáculo. El iglú, como la tienda de campaña, hace del mundo su hogar. Esto conecta con las teorías situacionistas, las derivas de los neobabilónicos de Constant o el Homo Ludens de Huizinga. Pero, frente a la rigurosidad técnica de las cúpulas geodésicas proto-hippies que Buckminster Fuller ensamblaba con sus estudiantes del Black Mountain College, los iglús de Merz se recubren con un collage de retazos y desechos, fragmentos de vidrio irregulares y sacos de tierra. Reivindican la figura del artista bricoleur del Lévi-Strauss del «Pensamiento Salvaje» que encarna la espontaneidad y la actitud performativa en sus instalaciones frente al refinamiento exacto de la obra terminada y del objeto de arte como mercancía de lujo.

Inevitablemente, al remitir a la cúpula, el montículo y el hito, el iglú plantea también una dicotomía entre su interior-espacio-abrigo y su exterior-objeto-mundo, epítome de las reflexiones sobre la arquitectura como guarida o signo, o si se quiere entre arquitectura y escultura. La espiral, a su vez, es una forma orgánica que, conceptualizada en la serie de Fibonacci, encarna el hermanamiento entre el número (proporción abstracta) y la materia viva. Será metáfora del crecimiento, no sólo físico y evidente en las formas de las plantas y moluscos, sino también espiritual y social para aquél joven estudiante de medicina que descubrió el dibujo durante su encarcelamiento por pertenencia al grupo antifascista Giustizia e Libertà.

A estos dos grandes temas se superponen animales primitivos, eslóganes de neón y mesas sobre las que disponer y seriar elementos formando un corpus que recuerda los vestigios de una sociedad perdida en el tiempo, entre la utopía social y la pesadilla cyberpunk.

Murió en 2003, el mismo año en que vagando una noche por Roma encontré Un segno nel Foro di Cesare, obra homenaje póstuma. Era el año de mi erasmus y aquella espiral de neón, latente entre las ruinas, quedará resonando para siempre en mi memoria.

Por: Marcos Pérez-Sauquillo Muñoz

Fotografía:

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