Teatro

Misántropo

Por:Maria José Cortés Robles

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Podría guardar silencio y reflexionar, dejar que vaya calando cada eco como un revulsivo sanador, antes de vomitar mi mediocre opinión en este callejón en el que nos reunimos embriagados o hastiados de la realidad, forjando un mundo paralelo más fútil, si cabe, escondrijo de cobardes enajenados. Podría volver a buscarle, a Alcestes, y sentarme cada noche en la butaca de la tercera fila, cerca de la que se rompió anoche un poco antes del comienzo de la función, demostrando la incapacidad de nuestro mundo para acoger lo singular de modo certero, como un adelanto del tema que se iba a tratar sobre el escenario: un hombre se afanaba por recomponer ese asiento, que había cedido por la imposibilidad de contener su volumen y su peso, ante la supuesta indiferencia incómoda del resto. Intenté evidenciar y sugerí una solución; aún llevo conmigo su agradecimiento. Podría haber salido del teatro y, al verle quieto frente a la entrada, esperando, enorme, con la mirada de un niño perdido, dirigirme francamente a él, agarrarme a su brazo y caminar bajo la noche primaveral repleta de promesas. Pero Dios nos libre de los desconocidos: desvié la mirada y me alejé de allí, regresando por donde había venido. Desencuentros, gestos que caen al vacío como máscaras huecas. Seguir a

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Alcestes al destierro podría, aunque me aventaje en todo y no encuentre con qué alimentar mi osadía ni sepa cómo mitigar su sed, tan reconocible a veces. Amor. El amor nos salva, pero es salvaje, ingobernable, antojadizo y absurdo. Cuando es compasivo, se santifica y se condena a la incomprensión. La voluntad de salvar el mundo, rescatar aunque sea concreto al objeto de nuestro amor del naufragio inminente, provoca estupor e hilaridad. Estamos absolutamente solos en esto, todos y cada uno, Alcestes todos y Orontes, balanza de nuestro tiempo. "Aquí y ahora..." reza la canción de Oronte, aquí y ahora, la maldición de los instantes precipitándose sin tregua, la falacia del tiempo. Cegados por la luz en el laberinto de espejos, unos contra otros en la danza macabra, como suspendidos en la nada o abandonados en la mitad del desierto. Pero todo es quietud, lo supe desde niña, tan solo parte de cada ser la energía necesaria para este continuo onírico que gira en elipses a velocidad de vértigo. "Cansado corazón, párate..." La muerte como una promesa de paz, por fin el olvido helando el fluir de la sangre. "Orestes, no puedes irte, no puedes abandonar..." Quizá no sean las palabras exactas, pero es un llamamiento a la batalla. Un amigo lo es siempre, pese a sus defectos, el amor no solo busca dignidad, como bien se

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sabe. Somos tan necesarios como prescindibles. Si nuestro esfuerzo ético es ejemplo para un solo ser que se mira en nosotros, ya somos un poco imprescindibles. Dar ejemplo, hacer lo que hay que hacer y como hay que hacerlo. Enarbolar la verdad aunque provoque heridas y haga brotar la sangre, más vale una herida abierta que un hematoma putrefacto. ¿De dónde sacar las fuerzas, dónde apoyarse uno? Yo solo tengo mi ignorancia y mi ingenuidad; tendré que partir de eso, dar lo mejor de mí como opción de vida, sin ansias de recompensa. ¡Hacemos tanto ruido! ¡Ya basta! ¡Silencio! Nuestras sombras se desmoronan tras los pasos que nos conducen al abismo. Un rayo de luz tal vez caliente lo suficiente como para prender los corazones.

GRACIAS, Moliere, Miguel del Arco, actores de Kamikaze Producciones. Todo el mundo

debería tener esta experiencia: “Misántropo”

Teatro Español y Naves del Español

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Maria José Cortés Robles

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