«La abstracción es real, probablemente más real que la naturaleza».
Josef Albers
Por: Ángel Alonso
No son pocas las salas que actualmente exhiben un arte abstracto politizado, referencial o proclive a dar demasiadas explicaciones para justificar su existencia. Incluso se ha comenzado a usar un término contradictorio: abstracción conceptual. ¿Será que el abstraccionismo, en un intento de salvarse del olvido, ha mutado al punto de renunciar a su propia esencia? Por suerte, también hay voces que se oponen a esa anomalía. La artista Nelly Volcanes es un buen ejemplo de que la verdadera abstracción sigue latiendo con fuerza.
Estamos ante una obra que recupera con éxito los sustentos que sostuvieron siempre este movimiento, esos que lo hicieron más valioso a medida que se alejaba de las referencias de la realidad y de las interpretaciones forzadas. Los cuadros de Volcanes se caracterizan por la saturación del color y la celebración del gesto; de ellos emana una postura de vitalidad frente al acto creativo. El sentido se construye desde lo sensorial. No hay miedo a la exuberancia, no hay freno para el exceso, su pulso irrefrenable va construyendo estructuras sólidas, con base geométrica y gesto enérgico. Mucho más allá del imponente despliegue cromático, estas composiciones revelan un diálogo con la historia del arte moderno y contemporáneo desde un lugar genuinamente personal, procesando sus influencias de la abstracción lírica y lo heredado de la abstracción geométrica con una poderosa libertad intuitiva y con una profunda fe en la fuerza del color como constructor del mundo.
Cuando en un cuadro parte de la organización geométrica, no se somete a la rigidez del racionalismo modernista; esa geometría se ve interrumpida por gestos expresivos, texturas gruesas y una paleta exuberante que rompe con la austeridad del patrón racional. En ocasiones adopta un enfoque más fragmentario, como de mosaico; la superficie se transforma en una secuencia de módulos cromáticos que nos remiten al arte textil, a causa de su ritmo, de sus repeticiones no exactas. Hay mucho de música en estas obras: la armonía juega a quebrarse y recomponerse continuamente, como sucede en ciertas sinfonías. La paleta, marcada por fluorescencias y contrastes estridentes, manifiesta una influencia de los años 80, cuando el pop fue revitalizado por el arte urbano.
Nelly introduce también, a mínima escala, algunos elementos figurativos —plantas, líneas que sugieren una caligrafía, trazos que parecen surcos— que funcionan como signos dispersos en el campo visual. Estos detalles abren una puerta a lo narrativo o lo simbólico, sin abandonar nunca el terreno abstracto, y aportan una capa de intimidad que la distingue. Cada trazo, cada contraste, delata su voluntad de expandir la mirada a través del color, de generar un contenido poético, cargado de un especial significado que no es posible traducir a las palabras, precisamente por tratarse de algo tan interno como inconmensurable.
En el contexto actual del arte, saturado de discursos, su pintura ofrece un espacio para la contemplación activa, para la emoción auténtica, aquella que, protegiendo su intensidad, se aleja de los artificios. La artista nos recuerda que la abstracción no ha muerto, sencillamente ha cambiado de lugar. Ya no vive en los manifiestos ni en los dogmas, sino en las manos de quienes se atreven a pintar desde la libertad. Su obra no solo dialoga con la historia del arte, sino que la prolonga. ■
There are quite a few galleries today exhibiting abstract art that is politicized, referential, or prone to giving too many explanations to justify its existence. A contradictory term has even emerged: conceptual abstraction. Could it be that abstractionism, in an attempt to save itself from oblivion, has mutated to the point of renouncing its own essence? Fortunately, there are also voices opposing this anomaly. The artist Nelly Volcanes is a good example that true abstraction still beats strongly.
We are faced with a body of work that successfully recovers the foundations that have always sustained this movement—those that made it more valuable as it distanced itself from references to reality and from forced interpretations. Volcanes’ paintings are characterized by their saturation of color and celebration of gesture; from them emanates an attitude of vitality toward the creative act. Meaning is constructed from the sensory. There is no fear of exuberance, no restraint on excess; her unstoppable pulse builds solid structures, grounded in geometry and energized gesture. Far beyond the imposing chromatic display, these compositions reveal a dialogue with the history of modern and contemporary art from a genuinely personal place, processing influences from lyrical abstraction and the heritage of geometric abstraction with a powerful intuitive freedom and deep faith in the force of color as a builder of worlds.
When a painting begins from geometric organization, it does not submit to the rigidity of modernist rationalism; that geometry is interrupted by expressive gestures, thick textures, and an exuberant palette that breaks with the austerity of rational patterns. At times, she adopts a more fragmentary, mosaic-like approach; the surface becomes a sequence of chromatic modules reminiscent of textile art because of its rhythm and its inexact repetitions. There is much music in these works: harmony plays at breaking apart and recomposing continuously, as happens in certain symphonies. The palette—marked by fluorescences and strident contrasts—shows an influence from the 1980s, when pop was revitalized by urban art.
Nelly also introduces, on a minimal scale, some figurative elements—plants, lines suggesting calligraphy, strokes resembling furrows—that act as scattered signs across the visual field. These details open a door to the narrative or symbolic without ever leaving the abstract realm, adding a layer of intimacy that distinguishes her work. Each stroke, each contrast, reveals her will to expand perception through color, to generate a poetic content charged with a special meaning that cannot be translated into words, precisely because it is something as internal as it is immeasurable.
In today’s art context, saturated with discourses, her painting offers a space for active contemplation, for authentic emotion—one that, by protecting its intensity, distances itself from artifices. The artist reminds us that abstraction has not died; it has simply changed its place. It no longer lives in manifestos or dogmas, but in the hands of those who dare to paint from freedom. Her work not only dialogues with the history of art but extends it. ■
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