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Bellas Artes

EL GRAN CUADERNO O EL ARTE DE SOBREVIVIR

Por: José Pérez Olivares
Ilustración: Legna Osnola

Versión en castellano:

Es la tercera vez que leo este libro y cada nueva lectura me permite no sólo una manera distinta de analizar y comprender la conducta de sus personajes, sino la de los seres humanos en general. En mi caso particular incluso desde posiciones contrarias a las mías que son, más o menos —supongo— las de un ser que se cree civilizado. La autora es una mujer de nacionalidad húngara. Una mujer que cruzó de noche una frontera para solicitar asilo en otro país. Una mujer que trabajó duro para poder ganarse la vida en un medio que no era el suyo. Su nombre, Agota Kristof.

Me pregunto por qué la obra de esta escritora despierta tanta curiosidad (y admiración) en nosotros, sus lectores. Por qué la buscamos con tanto interés. Por qué la releemos una y otra vez. Y las sentimos necesarias. Por qué su primera novela, El gran cuaderno (1987) ha tenido y tiene tanto éxito editorial y perdura con tal fijeza en nuestra memoria. No sabría explicarlo de otra manera que repitiendo lo que a menudo se dice cuando un buen libro, que es una obra de arte, se convierte en representativo de una cultura, una época y un siglo.

La señora Kristof nació en Csikvand, Hungría (1935) y falleció en Suiza (2011). Vivió, pues, setenta y seis años. Hasta el momento de la publicación del libro que le dio celebridad, su vida puede resumirse de la siguiente manera: Agota Kristof era una mujer que, con veintiún años, cruzó clandestinamente la frontera de su país natal con su marido y su hija de cuatro meses para solicitar asilo político en Suiza. Tras un lustro de trabajo en una fábrica de relojes, decidió de pronto abandonar su empleo, divorciarse del que hasta entonces había sido su compañero de vida y dedicarse a escribir novelas. Fueron años de esfuerzo por adaptarse a un nuevo país y a una nueva cultura (incluyendo el aprendizaje del idioma); años por ganarse el sustento diario en una fábrica. Años quizás de inevitable enfrentamiento a problemas conyugales que derivaron, de modo inevitable, en un divorcio.

La Kristof era ya leída mucho antes de su reconocimiento internacional. Había incursionado en el teatro (John et Joe, 1972, Un rat qui passe, 1972, L´Heure grise ou le dernier client, 1975). También en la poesía. Hay que estar algo loco —pensarán algunos— para abandonar un empleo fijo y dedicar el resto de la vida a una profesión insegura y mal pagada. Ella explica su decisión de forma convincente: «Dos años en una prisión de la URSS habrían probablemente sido mejores que los cinco años en la fábrica suiza».

A El gran cuaderno (Le Grand Cahier, 1987), siguieron La prueba (La preuve, 1988), y La tercera mentira (Le Troisième mensonge, 1991). Es una trilogía que relata la vida de los mellizos Claus y Lucas —infancia, adolescencia, juventud, madurez y vejez—. El escenario es un fresco de la historia reciente de Hungría que va desde mediados de la Segunda Guerra Mundial, pasa por el alzamiento de la población húngara en 1956 y culmina con la caída del muro de Berlín en los años noventa y el regreso de Hungría al capitalismo. Las tres novelas fueron editadas en un solo volumen titulado Claus y Lucas (2007) por El Aleph Editores, lo que posibilita entrar de lleno en la vida de los dos niños y seguir su evolución a través del tiempo. Después de esta trilogía la escritora publicó la novela Hier (1995), el relato autobiográfico La analfabeta (2004) y un volumen de cuentos C´est égal (2005). Si no me equivoco es todo lo que dejó esta mujer espiritualmente inmensa.

El gran cuaderno

De las novelas que forman parte de la trilogía ésta es la más breve. Sus capítulos apenas rebasan las dos páginas resueltas estilísticamente mediante una prosa fría y escueta, mas no exenta de poesía, que transmiten al relato precisión y objetividad. Estamos ante una obra cruda que se caracteriza por su violencia y escepticismo y en la que no hay espacio para la prédica moralizante ni la falsa piedad. Los protagonistas son dos niños (mellizos, por más señas) que viven el período en que Hungría es satélite de la Alemania hitleriana y participa en la guerra.

El relato se inicia con la llegada de los mellizos a la vieja casa de su abuela materna, ubicada en los suburbios de una ciudadela. El padre de los chicos ha sido enviado al frente y la madre huye con ellos de la ciudad, donde han comenzado a escasear los víveres. El encuentro entre madre e hija resulta tenso: la más joven de las dos mujeres intenta convencer a la otra para que se quede con los niños, pero ésta última no quiere recibirlos. «—Son tus nietos», dice la madre, y la abuela responde: «—¿Mis nietos? Ni siquiera los conozco». Este distanciamiento madre-hija así como la ausencia de la más elemental muestra de afecto por parte de la abuela hacia sus nietos, constituyen la chispa de arranque del relato; fundamentan, además, cada decisión y cada acto asumido posteriormente por los mellizos hasta su total aclimatación a un medio hostil y a sus prototipos humanos: el ordenanza, el librero, una niña apodada Cara de Liebre y su madre, el desertor, el cartero, el zapatero, la sirvienta de la rectoría, el cura, el oficial extranjero, el policía, la falsa prima y el padre de los mellizos. En la nómina mencionada hallaremos todo tipo de conducta, solo que los personajes negativos no son totalmente negativos; y los positivos tampoco tanto como debieran serlo. En el plano sociopolítico asistimos a una situación de guerra y privaciones donde cada quien trata de obtener su tajada de las circunstancias —como hace la abuela— y los que no pueden hacer lo mismo aprenden a sobrevivir como Claus y Lucas.

Los capítulos

Cada capítulo de la novela es una página del «cuaderno de redacciones» en el que los mellizos describen su día tras día y luego esconden celosamente en un desván al que sólo ellos pueden acceder trepando por una cuerda. «La llegada a casa de la abuela» es el capítulo inicial; «La separación» el cierre de la misma. Entre uno y otro hallamos poco más de sesenta breves capítulos que se leen muy rápido y con un interés que no consiguen a veces algunos «clásicos». Además de los capítulos que describen el lugar y las personas que Claus y Lucas conocen y tratan, están los referidos a los ejercicios que ellos realizan: «Ejercicio de endurecimiento del cuerpo» (para soportar el dolor sin llorar); «Ejercicio de endurecimiento del espíritu» (para acostumbrarse a los insultos y las palabras que hieren); «Ejercicio de mendicidad» (para vivir la mendicidad en carne propia y conocer las reacciones de la gente); «Ejercicio de ceguera y sordera» (como entrenamiento para cerrar oídos y ojos a la realidad exterior y propiciar una mirada interior); «Ejercicio de ayuno» (para acostumbrarse a soportar el hambre); «Ejercicio de crueldad» (para saber matar cuando es necesario). Y en esto consiste el verdadero aprendizaje de los mellizos.

Claus y Lucas

A lo largo de la novela, los dos personajes manifiestan una absoluta amoralidad; roban, torturan animales, espían sin recato a las personas mayores y se someten al hambre, a los golpes, a los insultos. Son como soldados entrenándose para sobrevivir en un medio hostil. Durante el día ayudan a la abuela —mujer poco aseada que huele mal, no se cambia de ropa y no lleva bragas— en las tareas domésticas; de noche se buscan la vida en la ciudad. No muestran empatía con nada ni con nadie y son inmunes al dolor, a la alegría, al miedo, al odio y al sufrimiento. No codician el dinero ni las joyas que su abuela oculta debajo de la losa donde está sepultado el marido que ella envenenó. Y esa aparente inopia en la que viven los transforma en una conciencia despierta y lúcida que responde con el ojo por ojo a quien hace el mal y se apiada sin embargo de los que sufren, aunque sin buscar ni esperar recompensa por ello.

Al lector no le cabrá dudas de que Claus y Lucas son dos pequeños demonios que actúan siempre sin doblez aunque con una frialdad espeluznante. Cuando el cura les pide que olviden todo el horror que han visto, ellos contestan de modo categórico: «Nosotros no olvidamos nada, nunca» (página 100). Y cuando una explosión desfigura el rostro de la sirvienta, a quienes pide cuentas la autoridad es a ellos. La razón es esta: los nazis se llevan a cientos de personas deportadas a los campos de exterminio, y la sirvienta, sonriente, hace «el ademán» de ofrecer su rebanada de pan a uno de aquellos infelices que le tiende su mano. Pero «después, con una risotada, se lleva el pan a la boca, lo muerde y dice: —¡Yo también tengo hambre!». «No ha sido un accidente —insiste el policía que los interroga—. Alguien escondió un explosivo en la leña. Un cartucho que procedía de un fusil militar. Hemos encontrado el casquillo». El esbirro tortura brutalmente a Claus y a Lucas para que hablen, les da patadas hasta dejarlos inconscientes, pero ellos soportan el castigo con absoluta serenidad. Una vez libres gracias a la intervención del oficial alemán del que se han hecho buenos amigos, la abuela les pregunta: «¿Habéis confesado?». Ellos responden: «No, abuela. No tenemos nada que confesar».

«Sois dos pequeños cabrones completamente chiflados» (pág. 116), les dice una recién llegada a la casa de la abuela, una judía a la que hacen pasar como prima de los mellizos. Sin embargo, no están chiflados, sólo endurecidos. Y no les importa que su padre pise una mina y vuele por los aires cuando intenta cruzar la frontera. «Sí, hay un medio de atravesar la frontera: hacer pasar a alguien delante de uno». Por el sendero que abrió el padre de los mellizos con su propia sangre huirá Claus. «Cogiendo el saco de lona y caminando sobre la huella de los pasos, y después sobre el cuerpo inerte de nuestro padre, uno de los dos se va al otro país. El que se queda vuelve a casa de la abuela». (pág. 158).

El gran cuaderno en versión cinematográfica

La literatura y el cine húngaros siempre han gozado de un gran predicamento en Europa y más allá de ella. La obra de los poetas Sandor Petofi y Attila Jószef resulta conocida (el poeta y pintor cubano Fayad Jamís tradujo a Jószef al español). Lo mismo sucede con los narradores Ferenc Sánta, Tibor Deri, Laszlo Nemeth, y de modo particular Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura en 2002. Por su parte, el cine húngaro posee un grupo de destacados realizadores que le han dado talla mundial a su cinematografía y cualquier cinéfilo recuerda los filmes de Marta Meszaros, Miklos Jancsó, Zoltan Fabri y Bela Tarr. No sorprende, pues, que El gran cuaderno llamara la atención de otro cineasta húngaro.

János Szász (1958), fue el encargado de adaptar a lenguaje fílmico la novela de Agota Kristof, un hecho que acaeció en 2013, con el aliciente adicional de recibir ese mismo año, en el cuadragésimo octavo Festival de Cine de Karlovy Vary, el Globo de Cristal como Premio a la mejor película, y cosechar, además, algunas críticas favorables en el Festival de Sevilla. En la producción cinematográfica de Szász destacan Woyzcek (1997) —drama de 93 minutos que obtuvo el premio FIPRESCI en el vigésimo Festival de Cine de Moscú—, Silencio roto (2002), documental sobre el nazismo y el holocausto que formó parte de una miniserie para la televisión en la que participaron también cineastas de Argentina, Estados Unidos, Checoslovaquia, Polonia y Rusia. Y Opium (2007), un drama relacionado con el tema de las drogas. Pero su mejor resultado, hasta el momento, ha sido la película basada en la novela de su compatriota.

No fue fácil, al parecer, adquirir los derechos de la novela; el productor Sandor Soth declaró que en 2006, cuando intentó adquirirlos, ya habían sido vendidos a otra compañía con sede en Alemania. No obstante, cuando en 2009 éstos fueron liberados, él y János Szász lograron convencer a la escritora húngara para que se los cediera. Szász asumió con valentía el reto, y con la ayuda de András Zeker elaboró el guión de un filme bien concebido que mantiene atento al espectador a través de sus 109 minutos. Desde el punto de vista de la interpretación dramática hallamos actuaciones destacadas como la de la actriz Piroska Molnár, muy bien situada en su papel de abuela de los mellizos. Y en lo que toca a los de Claus y Lucas (que en el filme se nombran Egyk y Masik) son protagonizados por los mellizos húngaros András y Lászlo Gyémánt, tarea que realizan bien. Como se sabe, una buena adaptación al cine no tiene que ser —y de hecho no es— una traslación literal a la pantalla. Mientras más libremente la asuma un director, mejores serán sus resultados. Es lo que hizo el cineasta magiar con El gran cuaderno. Y en este punto no puedo evitar que me vengan a la mente dos memorables adaptaciones de novelas con actores infantiles: La infancia de Iván (1959), del soviético Andréi Tarkovsky y El señor de las moscas (1963), del británico Peter Brook. El filme de Tarkovski se inspira en una novela corta titulada Iván (1956), del soviético Vladimir Bogomolov; la de Brook parte de la obra homónima del escritor también británico William Golding (1954). Tarkovski, que entonces debutaba como realizador, transformó una pieza literaria menor en el guión de una gran película (León de Oro en el Festival de Venecia, 1962). En ella introdujo soluciones que estaban fuera de las normativas del realismo socialista, como las visiones oníricas que aparecen en los sueños del niño mártir. Szász, que no es ni Tarkovski ni Peter Brook, lo tuvo más difícil porque la novela de la señora Kristof pone el listón muy alto. Y es por eso que su esfuerzo resulta tan meritorio.

He visto dos veces el film: la primera vez me decepcionó; supongo que fue porque de modo inconsciente esperé hallar equivalencias exactas, lo cual es un error. En la siguiente ocasión percibí los logros que menciono más arriba. Aconsejo por tanto a quien haya leído El gran cuaderno, de Agota Kristof, y no haya visto aún el film de János Szász, que no espere hallar un film a la misma altura de la novela. A cambio podrá visionar una obra que, de cierta manera, ofrece también algunos buenos resultados. ■

Obras

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