Las piezas que componen esta serie de Blanca Beatriz Caraballo, artista que explora la espiritualidad y la simbología cabalística, surgen de una investigación sobre el inconsciente colectivo y el mundo interior individual, empleando el automatismo psíquico propio del surrealismo, método que intentaba alejar la creación artística del control de la razón. Los pliegues de las telas se utilizaron como punto de partida para los trazos, lo que dio lugar a la aparición de formas y símbolos que se reiteran a lo largo de las obras. Estas creaciones profundizan en los arquetipos vinculados al inconsciente colectivo, inspirándose en la teoría propuesta por Carl Jung.
Las obras tienen un carácter marcadamente femenino. Esto puede verse en la suavidad de la paleta —el color crea una suerte de paisaje interior en movimiento, con matices que parecen flotar— pero sobre todo en la aplicación del bordado. Aquí los materiales no funcionan únicamente como soporte, también poseen un gran peso como contenido simbólico. Las tonalidades diluidas generan atmósferas de carácter líquido, que pueden asociarse a la fluidez corporal como metáfora de la fluidez emocional. El bordado introduce un gesto íntimo y, a causa de su tradición artesanal, lo asociamos a labores domésticas atribuidas a la mujer.
Con esta selección de materiales, la artista se suma a la corriente actual de las artes visuales que busca reivindicar la labor artístico-artesanal de las mujeres, visibilizando el lugar elevado que posee dentro del arte. Históricamente relegado, el textil ha sido un territorio de transmisión de saberes femeninos y de expresión silenciosa, donde lo privado y lo cotidiano se convirtieron en lenguajes visuales alternativos. Los trazos bordados en esta obra actúan como vectores que tensan la composición, suturan la superficie acentuando las líneas en un proceso cuidadoso que funciona como un ritual.
En una de las piezas, la artista activa un imaginario simbólico a partir de un concepto de la cábala. Me refiero a Shattering of the vessels, frase que encarna un momento disperso, como de quiebre, pero que también entraña la posibilidad de recomposición, ya que el concepto de Shevirat haKelim se refiere al relato de la ruptura de la vasija espiritual en la llamada primera contracción o Tzimtzm Alef, que llevó a una reconfiguración del universo. El caos antes del orden, la rotura antes de la renovación. La imagen representa un estallido: formas que se quiebran, líneas en forma de fisuras, un círculo que pudiera ser entendido como un recipiente que ya no puede retener lo que atesoraba. Pero ese rompimiento no nos habla únicamente de destrucción, también nos sugiere apertura: una energía desbordante que fluye y se renueva.
Su obra Templo destaca por su compleja composición y la mezcla de elementos geométricos con formas orgánicas; esta fusión parece construir un espacio sagrado. Los pilares del centro del cuadro nos sugieren la estructura de un templo, simbolizando el vínculo entre lo divino y lo terrenal. Los tonos pálidos de los colores evocan lo etéreo, lo intangible, creando un ambiente místico. Los hilos dorados trazan surcos que remiten al flujo de la energía espiritual, enlazando los diferentes elementos y estableciendo un diálogo entre la materia y el espíritu.
En Totem, la artista dispone los elementos de manera que oscilan entre la verticalidad ritual y la disolución del color. Las tintas textiles se expanden en veladuras que evocan planos de energía moviéndose, transitando en el espacio, al mismo tiempo que los bordados estabilizan el cuadro, como líneas de fuerza que estructuran la superficie de la tela. Las formas alargadas dialogan con la noción cabalística de los canales y los sefirot.
La artista manifiesta que hay una yuxtaposición de dos figuras: un tótem a la derecha en el cual se unen características femeninas y masculinas, humanas y vegetales, y al extremo un cuerpo que se ha quitado la máscara de la sombra, esa que, según Jung, permanece agazapada en el inconsciente. La máscara y el tótem han sido bordados y resaltados con hilos negros, creando una relación visual que nos hace reflexionar sobre la naturaleza de ese material subconsciente que es insinuado en la pieza.
En esta serie cada trazo y cada textura parecen referir a un lenguaje esotérico sin necesidad de recurrir a lo explícito. El contraste entre los colores suaves y las intervenciones gráficas definidas genera un ritmo visual que alude al movimiento interior: el ascenso de la conciencia. Caraballo consigue transformar la superficie textil en resonancia simbólica, donde los materiales utilizados se convierten en metáfora de unión entre signo y trascendencia.
La serie fue expuesta por primera vez en la galería Cinabrio de León, España, pero podrá verse nuevamente en futuras muestras gracias al interés que ha causado. Estamos ante una obra compleja y rigurosa que ha de difundirse mucho más. ■
Comenta el artículo. Gracias