Autonomía y libertad

Por: Ángel Alonso

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La danza y la escultura poseen un vínculo más estrecho de lo que parece; ambos lenguajes intervienen el espacio, lo transforman y resignifican.

La primera utiliza como principal recurso el movimiento y la segunda el volumen. La obra de Flandez (Francisco Raydel Hernández, Matanzas, Cuba, 1966) se caracteriza precisamente por afianzar la relación entre estos dos campos, pues se trata de una escultura cuyas frecuentes curvas están impregnadas de movimiento. Aquí las formas esculpidas provocan en el espectador esa sensación de ligereza que suele encarnar la danza: el trazo que expande el cuerpo al moverse en el escenario. La vibración presente en estas formas, manifiesta ese hálito de autonomía y libertad que podemos respirar en su obra.

El segundo elemento presente en sus esculturas es la música; es ella quien origina el  dinamismo que asocia la materia esculpida a la danza, es ella el sujeto omitido de esta oración, tan invisible como omnipresente. La musicalidad de estas obras está en sus juegos armónicos, en sus contrastes y claroscuros, pues cada pieza es una sinfonía donde la entrada gradual de luz en las formas acaricia el ojo, de la misma manera en que las cuerdas de una orquesta acarician el oído. Al mismo tiempo, cada hendidura abrupta, cada agujero, actúa como esos segmentos musicales en los que la percusión irrumpe para provocar un contraste, una emoción fuerte. Las formas que predominan en las esculturas de Flandez parecen recordarnos esta relación intrínseca entre la música y la escultura.

Hay además, junto a la danza y la música, otra manifestación de las artes que se hace presente en sus creaciones: La arquitectura.

Esta relación no solo se manifiesta en sus obras monumentales, en sus intervenciones públicas como la realizada en el Prado de las Esculturas del parque Baconao (Cuba) en 1988, por ejemplo, o en la pieza de 18 pies de altura emplazada en el Kendall Art Center (FL. USA) en el 2017, también la vemos en sus obras de pequeño o mediano formato, que en muchas ocasiones parecen proyectos destinados a repetirse en el gran formato. 

Tanto la arquitectura como la escultura juegan con los volúmenes en el espacio, y si bien se ha hablado de que el arquitecto se diferencia del escultor porque ha de subordinar la creatividad a la funcionalidad, en el caso de la escultura de gran formato la semejanza entre ambos creadores aumenta. El emplazamiento de una escultura de gran tamaño pasa a ser parte del paisaje, lo carga de aquellos significados que pueda provocar la pieza en sí. La obra se contamina con los elementos que le rodean formando un todo. El riesgo del escultor se torna aún mayor que el del arquitecto, pues aquel no tiene la justificación de la funcionalidad y tiende a ser juzgado como un intruso.

El transeúnte es un espectador involuntario —a diferencia de quien va a un museo a disfrutar de una escultura— y no elige lo que está en su camino, ante sus ojos,  invadiendo su vida. Es entonces una gran responsabilidad la que asume el escultor al edificar su obra en el espacio público (edificar, subrayo, que es lo mismo que hace el arquitecto) porque su intervención es poderosa y no solo influye en el espacio público sino en la vida de sus moradores.

Hay que destacar que el contexto donde se emplaza la obra resulta determinante para su recepción. Al exponer sus esculturas en un entorno rural Flandez establece un diálogo con la naturaleza. La armonía entre las líneas onduladas de muchas de sus esculturas hacen referencia al equilibrio del mundo natural. Fuerzas invisibles, como la brisa que mueve las ramas de los árboles, se manifiestan en estas formas cadenciosas y sensuales. La poesía viva del entorno se enriquece con la metáfora que el artista nos propone; el propio autor ha dicho refiriéndose a su última obra Echoes of Rain, emplazada en el Royal Botanical Gardens (Ontario, Canada):

«La sutileza del apelativo denuncia la abstracción. Incorporar esta obra a la naturaleza debería ser el sueño más perseguido por un escultor; poesía y forma, metal e ingenio… Las sinuosas líneas dibujan en el entorno (el renacer)… La cadencia danzaría, la sensualidad corpórea, provocan la imaginación del espectador».

Flandez, quien ha conocido de cerca la censura, aboga desde su escultura por un espacio de libertad y autonomía que se opone a cualquier tipo de represión, trasciende cualquier tipo de argumentación y se distancia de todo panfleto para acercarse, con independencia y paso firme, a la espiritualidad que solo el arte es capaz de darnos cuando se manifiesta con la eficacia del desinterés y la pureza.•

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