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Al que se declare surrealista le condecoro y no lo expulso

Denise Bellon

Al que se declare surrealista le condecoro y no lo expulso

Si L. Moholy-Nagy se empeñó en considerar a los «ismos» entelequias inexistentes, Breton, el fundador del surrealismo, mantenía el absolutismo de este movimiento porque estaba basado en una realidad superior y revolucionaria.

Si el primero entendía que lo único válido eran los trabajos individuales de artistas singulares que han creado sus obras a partir de premisas generales condicionadas por su época, el segundo imponía la dictadura de un pensamiento hasta ahora ignorado y fundamentado en «ciertas formas de asociación desdeñadas hasta la aparición del mismo». Conforme a este principio revolucionario, creía promover un campo semántico de significantes y significados que permitirían alcanzar la liberación total del espíritu, cual Biblia a la cual en lo sucesivo habrían de atenerse si no querían verse anatemizados.

Las connotaciones respecto a una secta religiosa eran evidentes, en tanto que como Papa Breton no consentía a sus adeptos el menor disentimiento o desobediencia. Por si acaso, aseguraba que no era una creencia, sino un cierto orden de repulsiones. Por consiguiente, para la obtención de la emancipación total se requería: orden, disciplina, sometimiento, entrega, acatamiento, subordinación y obediencia.

Tal cúmulo de desatinos originó desde el inicio expulsiones, conflictos y enfrentamientos. Difícilmente el dogmatismo y la intolerancia de Breton y sus acólitos era soportable, especialmente cuando las mudanzas ideológicas y artísticas –Partido Comunista sí, Partido Comunista no; no a la democracia burguesa, sí con reticencias a la democracia sin más; sí a la Unión Soviética, no a la Unión Soviética, etc.- eran constantes y frecuentemente en función de actitudes o gestos histriónicos, novelescos o supuestamente revolucionarios.

Casi podría decirse que entre la magia preconizada por Breton, el componente gnóstico, un cierto maquiavelismo y la huella dadaísta, se producía una mistificación que tachada de surrealista nos introduciría en la omnipotencia del sueño, el juego desinteresado del pensamiento y la sociedad secreta de la muerte.

Los surrealistas -algunos autores de gran talento- se erigieron en intrépidos productores de miles de páginas -especialmente al principio de su historia- y obras de arte para explicar lo que se suponía que llevaban dentro de sí mismos: ese vertiginoso descenso interno, esa sistemática iluminación de nuestra zonas ocultas –Freud daba para mucho-. Es más, los últimos de hoy mismo siguen todavía incubando tal realidad existencial, subconsciente y artística, dado que es, según sus más conspicuos prosélitos, una culminación continua de éxtasis vitales.

Claro que ellos mismos habían vaticinado ese momento al asegurar que el «surrealismo vivirá incluso cuando no quede uno solo de aquellos que fueron los primeros en percatarse de las oportunidades de expresión y hallazgo de verdad que les ofrecía».

Ramón Gómez de la Serna pensó que los surrealistas estaban creando la mitología moderna, que es a su vez la liberación de la mitología, aunque su enemigo era el racionalismo positivista. Además, habían de huir ante todo de la aprobación del público –lo que con los años no fue ocurriendo- y exigían la ocultación profunda y verdadera del surrealismo –rasgo emblemático propia de una secta o facción-.

Uno de sus popes, René Crevel, excomulgaba a aquellos «discípulos que la ambición, la estupidez, el narcisismo había arrastrado a los bordes de las charcas complacientes».

Y dentro de ese marco de escritura automática y relato de sueños, Breton, que de arte sabía lo justo y un poco menos, dictaba que la obra plástica, si quería ser algo, debería estar referida a un modelo puramente interior. Es decir, que no podría ser considerada surrealista más que cuando el artista se hubiese esforzado en alcanzar el campo psicofísico total (del que el de la conciencia sólo es una pequeña parte). 

Por: Gregorio Vigil-Escalera

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