Pierre Rivero
Mi interés por hablar de Luisa Ignacia Roldán Villavicencio, La Roldana, nace de una doble experiencia, separada en el tiempo pero unida por la misma sensación de deuda histórica. Por un lado, la reciente incorporación al Museo del Prado de su obra Descanso en la huida a Egipto ha vuelto a situar su nombre en la primera línea del debate artístico. Por otro, el recuerdo de aquellas charlas organizadas por el Círculo de Orellana junto con el Instituto Cervantes, dentro del Cuarto ciclo Españolas por descubrir, donde su figura fue abordada con rigor, profundidad y sin concesiones al olvido. Aquel ciclo, presentado magistralmente por Leticia Espinosa de los Monteros y José Antonio de Urbina, no solo reivindicaba a una escultora extraordinaria, sino que cuestionaba abiertamente un canon construido desde la exclusión sistemática.
La Roldana nace en Sevilla en 1652, en pleno Siglo de Oro; su naturaleza se forma en un contexto social profundamente jerarquizado, donde los talleres eran espacios de transmisión del oficio, pero también de control. Hija del escultor Pedro Roldán, creció en una de las ciudades más activas del panorama artístico español, marcada por la religiosidad barroca, la teatralización de la fe y el uso de la escultura como instrumento doctrinal y político. En ese mundo, la imaginería religiosa ocupaba un lugar central, aunque el reconocimiento profesional estaba reservado casi exclusivamente a los hombres.
Para la mayoría de los críticos contemporáneos, esta artista es la escultora más importante del Barroco español; sin embargo, como sucede con tantas artistas a lo largo de la historia, su figura quedó atrapada en un prolongado ostracismo, en un limbo historiográfico del que resulta difícil salir cuando el relato oficial ha sido escrito desde una mirada sesgada. Su talento nunca estuvo en duda; lo que faltó fue voluntad para mirarlo de frente.
Su biografía personal es, en sí misma, una declaración de independencia. Se casó por amor con Luis Antonio de los Arcos, aprendiz del taller de su padre, una decisión que provocó una ruptura familiar y la obligó a abrirse camino fuera del amparo paterno. Paradójicamente, ese matrimonio funcionó también como una estrategia de supervivencia profesional. Debido a las restricciones legales impuestas a las mujeres, muchos de los contratos de sus obras fueron firmados por su marido. Sin embargo, la calidad técnica y la expresividad de sus tallas han permitido identificar sin ambigüedad su autoría, dejando claro que era ella —y no él— la principal proveedora de ingresos del hogar.
La excepcionalidad de su carrera se confirma cuando, en 1692, es nombrada Escultora de Cámara de Carlos II, convirtiéndose en la primera mujer en ostentar ese título en la historia de España. Posteriormente, mantuvo el cargo bajo el reinado de Felipe V. Este reconocimiento institucional, sin embargo, no se tradujo en estabilidad económica. Los retrasos en el pago de sus salarios fueron constantes, obligándola a suplicar reiteradamente a la Corona el abono de lo adeudado. Murió en la pobreza, una circunstancia que revela la fragilidad del éxito femenino en la corte y la distancia entre prestigio simbólico y realidad material.
Su obra incluye algunas de las piezas más relevantes del Barroco español, como el Arcángel San Miguel del Monasterio de El Escorial, el Ecce Homo de la Catedral de Cádiz, la Virgen de la leche (Virgo lactans), h. 1689-1706, Museo de Bellas Artes de Sevilla, o recientemente la Virgen de la Estrella en Sevilla, atribuida a Luisa Roldán en 2010, y la Virgen Peregrina, c. 1687, Sahagún, León, entre otras. En estas obras, especialmente en las de pequeño formato destinadas a la devoción privada, La Roldana despliega una sensibilidad íntima, profundamente humana, alejada del patetismo fácil y del exceso teatral.
En este contexto se inscribe Descanso en la huida a Egipto (1691), una escultura concebida para la contemplación cercana, donde la artista elige representar no la urgencia del relato bíblico, sino su pausa. La Sagrada Familia aparece detenida en un instante de recogimiento: la Virgen, serena; el Niño, tratado con una ternura extraordinaria; San José, protector pero discreto. La escena transmite una espiritualidad silenciosa, casi doméstica, donde lo divino se humaniza sin perder trascendencia.
No es casual que esta obra proceda de la colección Güell, un conjunto formado por una burguesía culta que supo reconocer y preservar piezas de gran valor artístico cuando la historia institucional aún miraba hacia otro lado. Hoy, su ingreso en el Museo del Prado —presentado oficialmente el 18 de diciembre de 2025— no solo enriquece la colección, sino que actúa como un gesto de restitución simbólica.
Hablar hoy de La Roldana no es rescatar una figura olvidada, sino reintegrar una voz imprescindible en el relato del arte español. Su obra no pide indulgencia ni revisión condescendiente: exige ser mirada con la atención crítica que siempre mereció. Y, por fin, parece que empieza a suceder. ■
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