Por: Pierre Rivero
El mes pasado recorrí tres de los grandes museos nacionales —Reina Sofía, Thyssen-Bornemisza y Prado— en un itinerario casi obligado para todo amante del arte, pero que en mi caso se transformó en algo más: una radiografía del presente cultural español. En pocos días, pude constatar cómo cada institución, fiel a su identidad, lanza un mensaje distinto al espectador: la renovación crítica en el Reina, la denuncia humanitaria en el Thyssen y la custodia de la memoria histórica en el Prado. Tres miradas divergentes que, sin embargo, laten al unísono en un mismo pulso: el arte como lenguaje de urgencia y de permanencia.
Los museos no son templos silenciosos del pasado: son espacios vivos que dialogan con su tiempo, sus contradicciones y sus urgencias. La nueva temporada de tres de las instituciones artísticas más importantes de España —el Museo Reina Sofía, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y el Museo del Prado— lo confirma con una claridad poco común. Desde la revisión crítica del presente hasta la recuperación de memorias dinásticas, pasando por un testimonio desgarrador de la guerra, las propuestas de este otoño-invierno marcan un mapa diverso que sitúa a España en el centro del debate cultural internacional.
El Museo Reina Sofía inaugura su temporada bajo el signo de la renovación. Con el impulso de su nueva dirección, el museo presenta un replanteamiento integral de sus colecciones contemporáneas y abre líneas inéditas de investigación y programas públicos. En febrero se desplegará un relato nuevo de los últimos 50 años del arte en España, con más de doscientos artistas implicados y una atención especial a la experiencia del visitante: la «hospitalidad» como categoría estética y museográfica.
La programación pone de relieve la diversidad de prácticas artísticas modernas y contemporáneas, con especial atención a las mujeres creadoras. Maruja Mallo, figura esencial de la Generación del 27, y Aurèlia Muñoz, referente del arte textil, serán protagonistas de sendas exposiciones. También habrá espacio para la pintura con una gran retrospectiva de Juan Uslé, para el cine experimental con Oliver Laxe y para la reflexión sobre el arte de acción gracias a la recuperación del argentino Alberto Greco. La temporada culminará con una amplia retrospectiva de Félix González-Torres, el influyente artista cubano-estadounidense cuya obra se asocia a la memoria colectiva de la crisis del sida.
El Reina no se limita a colgar cuadros o proyectar películas: busca generar un espacio de diálogo crítico. El programa La historia no se repite, pero rima pondrá en relación el Guernica de Picasso con otras obras internacionales de denuncia, como el African Guernica de Dumile Feni, una pieza contra el apartheid sudafricano. Con ello, el museo tiende puentes entre épocas y geografías, demostrando que la obra maestra de Picasso no es solo un monumento a la Guerra Civil, sino un símbolo abierto a múltiples luchas.
Además, el Reina Sofía se prepara para su 40 aniversario en 2026 con un ambicioso plan arquitectónico: obras en las fachadas de Sabatini y Nouvel, rehabilitación del Palacio de Cristal y reapertura del Palacio de Velázquez. No es solo un cambio de piel: es una apuesta por redefinir lo que significa ser un museo de arte contemporáneo en el siglo XXI.
Mientras el Reina Sofía se concentra en el arte como espacio de reflexión y memoria, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza se convierte en plataforma de denuncia humanitaria con la exposición Gaza a través de sus ojos. En colaboración con la Agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina (UNRWA) y la Comisión Europea, la muestra reúne 27 fotografías tomadas por fotoperiodistas locales que documentan la vida bajo el asedio desde octubre de 2023.
Las imágenes no llevan nombre de autor, por seguridad, pero hablan con una elocuencia desgarradora: barrios arrasados, familias desplazadas, hospitales destruidos, y una población civil que sobrevive entre el miedo, el hambre y la pérdida. La exposición no es un gesto estético: es un llamamiento político y moral a no apartar la mirada.
El Thyssen, tradicionalmente asociado a sus colecciones de pintura europea y americana, demuestra así que un museo de bellas artes puede y debe implicarse en las urgencias del presente. El arte —en este caso la fotografía documental— se convierte en testimonio y resistencia, un contrapunto visual que busca atravesar la indiferencia y sacudir conciencias.
En un contexto en el que los medios internacionales tienen prohibida la entrada en Gaza y más de 200 periodistas palestinos han sido asesinados, estas imágenes adquieren un valor incalculable: son fragmentos de verdad que emergen en medio de la devastación. Si el Reina Sofía abre nuevas líneas de investigación, el Thyssen abre los ojos del público a una realidad incómoda, pero imprescindible.
En contraste con la crudeza del Thyssen y la experimentación del Reina Sofía, el Museo del Prado reafirma su papel como guardián de la tradición y la memoria histórica. Su aportación de esta temporada es internacional: una colaboración con el Palacio de Versalles para la exposición Le Grand Dauphin, dedicada a Luis de Francia, hijo de Luis XIV y padre de Felipe V, figura clave en la transición dinástica que unió las coronas francesa y española.
El Prado presta para la ocasión cuatro retratos fundamentales y una selección de piezas del célebre Tesoro del Delfín, entre ellas joyas únicas de jade, heliotropo y cristal de roca. Estas obras reflejan el gusto refinado y la ambición coleccionista del príncipe, al tiempo que ilustran un momento crucial de la historia europea: el nacimiento de la dinastía borbónica en España.
El museo madrileño, que custodia la parte más significativa de este tesoro, aporta así no solo objetos de lujo, sino también un relato histórico: el del poder, la herencia y la representación dinástica. Mientras el Thyssen se abre a las tragedias de nuestro tiempo y el Reina se reinventa como espacio de pensamiento crítico, el Prado recuerda que la historia también se escribe con piedras preciosas y retratos cortesanos.
Si algo une a estas tres propuestas es la voluntad de hacer del museo un lugar de relevancia en el presente. Cada institución, fiel a su identidad, ofrece una aproximación distinta:
Juntas, estas instituciones dibujan un mapa complejo y complementario: el arte como memoria, como denuncia y como herencia. España, a través de sus museos, ofrece así un panorama cultural que no se limita a la contemplación estética, sino que asume la responsabilidad de pensar y mostrar el mundo en toda su diversidad.
En un tiempo marcado por la incertidumbre global —guerras, crisis políticas, desafíos medioambientales—, la programación de estos museos nos recuerda que el arte no es un lujo ni una evasión. Es, más bien, una forma de resistencia, un espacio de encuentro y una invitación a mirar de frente lo que somos, lo que hemos sido y lo que todavía podemos llegar a ser.
Salir de estos museos en tan corto lapso de tiempo fue como atravesar tres tiempos distintos: el Reina me situó en un presente en transformación, el Thyssen me obligó a mirar de frente la crudeza de la actualidad y el Prado me devolvió a la solemnidad de la historia y el esplendor de sus símbolos. Al reunir estas experiencias en mi memoria —y ahora en este texto—, confirmo que visitar museos no es solo contemplar obras, sino dejarse interpelar por lo que representan: refugios de belleza, pero también espejos incómodos de nuestro mundo y recordatorios de lo que fuimos y podemos llegar a ser. ■
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