LA BELLEZA COMO FUENTE DE ESPIRITUALIDAD

Las pinturas de Elian Pérez Fuentes

Por: Ángel Alonso

La belleza ha recibido numerosos golpes en los últimos tiempos; estos ataques han venido precisamente del mundo del arte con sus instituciones, críticos y curadores, organizados como una mafia para amordazar al público que la reclama. Ya hasta suena de mal gusto decir que una pintura es hermosa, entonces, para evitar que nos digan incultos, decimos que es «interesante». De esa manera ocultamos que en realidad nos gusta porque admiramos su rigurosa ejecución, la combinación armónica de los colores o la semejanza con la realidad y su sublimación.

Las pinturas de Elian Pérez Fuentes (1987) son «realistas» a primera vista, pero eso es solo una apariencia, tampoco se trata de aquel hiperrealismo que imitaba, ya no la realidad, sino la fotografía. Estamos en presencia de un modo de representación que ni es fotorealista ni mucho menos naturalista, el acercamiento a la realidad está teñido aquí por su muy personal interpretación. 

En medio de tanto rigor pictórico hay una huella del mundo virtual en su obra, la fragmentación de la pincelada enriquece plásticamente la imagen, la iluminación recuerda al impacto que dejan en la retina las pantallas de los ordenadores y de los móviles. Y es que ya no se puede negar que estamos ante una nueva cultura visual que ha influenciado a la pintura. No puede ser de otro modo porque el artista actual, por mucho que ame los pinceles, pasa más tiempo frente a la imagen digital que frente a la imagen pictórica. Su información, su conocimiento, su consumo de la obra de arte, ocurre a través de  pantallas titilantes.

Esa visión alterada de la realidad se traduce en un modo especial al asumir la representación. Si nos acercamos a estos cuadros —tal como el artista nos permite ver cuando publica los detalles de los mismos en Instagram— podemos observar la diferencia, por ejemplo, de cómo construye un ojo, con respecto a la manera en que lo hacían los pintores académicos, los naturalistas, o incluso los precursores del impresionismo.

Aquí el artista trasciende la tradición de pintar con aquella técnica conocida como «a la prima» y nos deja entrever una racionalidad mayor que aquel impulso sentimental típico de sus antecesores. Quiero decir —y es algo complejo de expresar, pues puede confundirse— que la emoción está, la técnica pictórica es similar, se combinan igualmente los empastes con la frescura de la pintura aún húmeda… pero hay un mayor control, y si bien se conserva el sabor de lo accidental, este aparece teatralizado, interpretado bajo un conocimiento de la técnica que le permite al creador saber el momento preciso en el que debe acometer la pincelada —el grado de humedad que posee la pintura puesta anteriormente en esa zona específica del lienzo o la cartulina y el modo en que reaccionaría ante ese trazo en dependencia de uno u otro soporte— y la densidad exacta de la mezcla. 

Luego de lograr con fidelidad el aspecto realista de la imagen, el artista suele revestirla con pinceladas transparentes que la tornan aún más glamorosa, que recuerdan el brillo de las portadas de las revistas y los efectos de las transmisiones televisivas. Si aislamos diversas zonas de sus cuadros hallaremos auténticas abstracciones. En la espontaneidad de las manchas que rodean a las modelos el artista cuida que lo expresivo no afecte la armonía lograda. Son pinceladas sueltas pero alejadas de la agonía expresionista, muy distantes del informalismo y sus excesos. 

Hay dramatismo, esto está claro, desde en sus modelos hasta en la manera de ejecutar la obra, pero por encima de lo que pueda expresar la escena representada está la elegancia. Es lo gentil de estas imágenes el aspecto que pasa a primer plano, es lo refinado de la representación el primer aspecto a tener en cuenta y su principal contenido. 

Abundan en su trabajo las poses cuidadosas de sus modelos, de gestos sensuales, graciosos y divertidos ¿No es acaso el selfie parte de nuestra contemporaneidad? El artista —ya se ha dicho— ha de estar con su tiempo, o por encima de su tiempo. Estas obras encarnan nuestra época de selfies y postureos, de maquillados rostros, rejuvenecidos e idealizados para las páginas de citas, de miradas impostadas, estudiadas para provocar un efecto. Los retratos de Elian recuerdan las fotos de perfil de las redes sociales.

Y no solo las poses de sus modelos encarnan esta teatralidad contemporánea, también la representación, tal como hemos explicado, traduce este espíritu  seductor. Besos, guiños de ojos, expresiones de miedo, tiernos abrazos… protagonizan las obras dejando entrever historias de carácter cinematográfico. Como en la fotografía beauty, el pintor atiende en primer plano a la piel y la mirada de sus hermosas modelos, y si se trata de peces, estos serán los majestuosos y violentos peleadores. 

Elian asume el hedonismo con la misma seriedad que Epicuro, pues se trata de una recreación inteligente de la belleza  y el placer; la presencia de lo bello se sublima al punto de alcanzar un alto grado de espiritualidad. •

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