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Bellas Artes

La épica del murciélago

Por: José Pérez Olivares

ARTÍCULO. (Versión digital)

Pocos meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial —más exactamente en mayo de 1939— un hasta entonces desconocido dibujante nombrado Bob Kane (1915-1998) iniciaría, con la creación de Batman, la épica del hombre murciélago.

Para entender su significado es preciso explorar sumariamente la época y las circunstancias que propiciaron su aparición; observar, como primera premisa, que el personaje de Kane surge al final de un breve período de posguerra (1918-1939) matizado, en lo nacional, por la depresión económica y el desempleo, y en lo internacional por la derrota republicana en España y el primer zarpazo del fascismo alemán contra Austria y Checoslovaquia. En esa atmósfera de miedo, tensión e inseguridad latentes ante el fantasma de una nueva guerra mundial de mayores proporciones, se abre paso Batman. No es extraño suponer, entonces, que fuera —tanto en su imagen interna como externa— un fiel reflejo de su tiempo. O para decirlo de otro modo: la expresión misma del medio ambiente que lo generaba.

Que Bob Kane hubiese escogido la imagen de un murciélago para caracterizar al personaje nos remite a un símbolo sedimentado durante siglos en el imaginario colectivo como expresión de todo tipo de hechizos, y como mensajero del mal (de ello tenemos constancia en los Caprichos de Goya y en el film Nosferatu el Vampiro, del director F. W. Murnau, 1922, obra maestra de la cinematografía adscrita al expresionismo alemán).

Batman, desde luego, no sería el único personaje con semejantes características; pensemos, por ejemplo, en La Sombra y El Fantasma, cuyos móviles y propósitos resultan bastante parecidos a los de este. Pero si algo caracteriza el engendro de Kane, es que en él lo misterioso resulta siempre sobredimensionado, respaldado además con toda suerte de artilugios pseudocientíficos donde el prefijo «bati» (batibumerang, batimóvil, batiseñal) nos hace partícipes de un nuevo e insólito registro semántico. Con Batman nos adentramos en el reino de lo pseudoposible, donde el concepto de futuridad mantiene una extraña relación con máquinas sofisticadas y no menos infernales.

La profecía de Batman

Pero, ¿a quiénes pretendía amedrentar y aleccionar Bob Kane? Si consideramos a Batman un justiciero más, diremos que estamos en presencia de un personaje positivo. Positivo en abstracto, como la supuesta justicia que enarbola. Remitámonos a los orígenes. Es en el n.º 33 de Detective Comic (noviembre de 1939) donde se explica la razón de nuestro personaje como consecuencia del asesinato de Thomas Wayne y su esposa —padres del futuro hombre murciélago— en presencia de este, cuando todavía era un niño. He visto una reproducción de aquel antiguo comic-book y no me parece demasiado claro si el asesino, un vulgar atracador nocturno que al parecer sólo desea apropiarse del collar de la señora, dispara contra los esposos Wayne porque estos se rebelan o por el simple placer de matar. La aciaga circunstancia marca al chico (llamado Bruce), quien jura «por el espíritu de sus padres» vengar aquellas muertes: «En un solo instante —recuerda Batman—, mi infancia se desvaneció bajo las balas de un rufián de poca monta, y me quedé solo en un mundo hostil…» Y añade: «Vengaré sus muertes… Dedicaré mi vida a una guerra sin descanso contra el crimen…».

De modo que el primer condicionamiento en una historia que pudo tener de trasfondo la crónica roja estadounidense sería ese: que la supuesta sed de justicia del héroe surge de un juramento y un deseo de venganza. De ahí en adelante, cualquier acción o desafuero de Batman parece justificado por su pasado. Y constituye la patente de corso que necesita Bob Kane para legitimar la presencia de su prototipo en Gotham.

Salvando este detalle (el asunto de la vendetta familiar), Batman se erige como un representante (en abstracto) de la ley. Y su lucha, como la de tantos héroes y superhéroes de su tiempo, se dirige al único objetivo posible: la supuesta erradicación del crimen mediante la búsqueda y captura de sus principales protagonistas, pero de ningún modo por medio de una acción preventiva en el campo social, pues eso no consta en el desarrollo de la trama.

Posibles modelos de Bob Kane

¿Fue The Phantom el modelo del que surgieron otros justicieros disfrazados como The Spirit y Batman? Al contrario de los que responden sí a la pregunta, Cat Yronwode —editora de cómics— observa otra cosa. Para ella «la verdad es que los hombres que crearon a los famosos vigilantes disfrazados de los comic book de los años cuarenta eran personas que en su propia infancia se habían emocionado con las aventuras de los héroes de los «pulps» y la radio y que no hicieron más que trasladar al medio escogido los convencionalismos de un género que florecía en toda su plenitud en aquellos momentos».

En esta declaración hallamos un nuevo condicionamiento, esta vez de tipo formal, que concibe a Batman como la extensión, por otros medios, de uno de los tantos «convencionalismos» propios de las historias detectivescas, trasmitidas por radio y materializadas en los seriales cinematográficos y los folletines de aventuras, tan dependientes unos de otros. Es obvio, pues, que no hay gran creatividad en el personaje de Bob Kane sino buen olfato de editor y algo de oficio como dibujante. Algo de oficio nada más. Según Ironwode, Bob Kane nunca llegó a ser reconocido como un buen dibujante, «y a finales de 1939, cuando empezó a contratar ayudantes, tales como el guionista Bill Finger y el dibujante Jerry Robinson (1922), la calidad estética de la serie mejoró»

No creo sin embargo que existan demasiadas razones para descalificar totalmente al creador de Batman. Es cierto que si comparamos el dibujo que aparece en la portada de la revista n.º 27 de Detective Comic de 1939 con las creaciones de Jerry Robinson y Dick Sprang, se nota una gran diferencia en cuanto a calidad. Mientras que el dibujo de Kane resulta tosco y sin gracia, el de los otros dos dibujantes posee un toque artístico que descansa en un trazo limpio y una ejecución mucho más precisa. Sin embargo, el dudoso virtuosismo con que Neal Adams y David Mazzuchelli elaboran su nueva imagen le resta encanto al modelo que surge a partir de la década del 70, volviéndolo más convencional. Y lo mismo digo de los dibujos de Frank Miller, hechos con tal agobiante perfección que raya en el mal gusto.

Por eso, el dibujo de Bob Kane sigue siendo, a mi juicio, válido. Su mucho o poco talento le bastó para perpetuar una de las figuras cumbres del cómic de los años treinta. Habilidad técnica y conocimiento de los colores tenía como para saber cómo proceder; de ahí esos tonos predominantemente fríos y con acento en los azules y morados que favorecían la atmósfera nocturna y misteriosa de su personaje. El dinamismo de la imagen no lo obtuvo sólo a través de los colores, sino valiéndose de recursos tan sencillos como el empleo de líneas curvas que luchan y se imponen a la serenidad de las verticales y horizontales.

Batman o la sublimación de la normalidad

En su libro Historia social del cómic, Terence Moix nos dice que por su aspecto «Batman remite a Supermán». Tal remisión se debe a que tanto uno como otro llevaban una indumentaria similar: capa, malla ajustada y hasta un slip que evoca al atleta «(el luchador, el nadador, el culturista)». Todo esto constituye, según su punto de vista, una «herencia clarísima de aquel personaje». No así la fuerza física o sus poderes «que corresponden en un sentido más amplio a los de un superhéroe normal y corriente». Tal diferencia es la que hace de Supermán un superhéroe solitario, mientras que Batman no lo es, o lo es de otra forma.

Para el autor catalán, Batman y Robin representan la «sublimación de la normalidad», pues frente a «las hazañas titánicas de un Supermán o un Capitán Marvel», ellos oponen «los poderes imprescindibles en todo héroe sin llegar nunca a lo totalmente improbable». Lo que Moix pone en tela de juicio es la aceptación de la credibilidad del superhéroe, cuyos vuelos no pueden justificarse «ni aun en el reino de las fantasías más desbocadas»; en cambio, «los saltos, puñetazos, carreras vertiginosas de Batman y Robin podrían explicarse como una superación de la raza (humana) sin salirse de sus propias limitaciones».

Según Moix, en la utopía del cómic norteamericano contrastan dos tendencias principales: una, que nace sobre la base de «un irrealismo imposible», y otra que muestra un «signo posibilista», que es de donde surge «la utopía batmaniana». Los accesorios de tipo posibilista que requiere Batman para la acción (un batimóvil, una batiseñal, una baticueva), resultan absurdos dentro de un esquema como el de Supermán, que los rechaza de plano «puesto que sus superpoderes le permiten prescindir de toda complicidad con lo real».

El punto más polémico de la utopía batmaniana deriva de las supuestas connotaciones homosexuales de Batman y Robin apreciadas por Fredric Wertham en su libro Seduction of Innocent (1954). Moix considera que esa corriente homosexual no es casual, «sino que corresponde al espíritu de seguridad que el individuo americano intenta encontrar, hoy como en los años treinta, en la sublimación de espíritu de camaradería masculina que representan los dos héroes».

Sin embargo Robin —creado por el dibujante Jerry Robinson hacia 1940— tenía otro sentido: el de atraer al público infantil. Curiosamente, también había perdido a sus padres, artistas circenses como él, durante una acción criminal y el hombre murciélago lo había puesto bajo su protección, alentándolo en la lucha contra el crimen.

Batimanía de Batman

Quienes seguimos de cerca las peripecias del hombre murciélago durante nuestra infancia no comulgamos con esta opinión. Sobre todo por no conservar un recuerdo muy violento de esas revistas, sino más bien en sintonía con el de un héroe que nunca se valía de armas de fuego. Para nosotros, Batman equivalía a esa larga nómina de objetos que comenzaban con el prefijo «bati» y que no causaban daño a nadie.

No creo que el cine haya aportado mucho a las historietas firmadas por Bob Kane. En todo caso, su único mérito puede ser haber contribuido a redimensionar la imagen de Batman entre las nuevas generaciones. De cuantas se han realizado hasta la fecha, tal vez sea la de Tim Burton la mejor y más entretenida de todas. Si tenemos en cuenta la efectividad de un guion escrito a dos manos por Sam Hamm y Warren Skaaren, y la excelente actuación de un Jack Nicholson dando vida al personaje del Joker, podemos decir que el viejo superhéroe de Bob Kane ha tenido un segundo aire en la gran pantalla.

Los pocos cambios observados en la psicología del personaje pueden encontrarse en las versiones más recientes, dirigidas por Christopher Nolan: Batman Begins (2005) y The Dark Knight (2008). Aquí, un Christian Bale de 34 años a quien habíamos visto debutar como actor infantil en la célebre cinta de Steven Spielberg El Imperio del Sol (1987), nos ofrece un Batman un tanto más creíble, con fobias y complejos de culpa que dejan detrás esa personalidad de cartón tan propia del cine comercial.

Poca cosa nos queda ya por decir acerca del hombre murciélago. Acaso que ya es historia. Y como toda historia —por mucho que se maquille y actualice—, pertenece al pasado. Un pasado al que debemos decir para siempre adiós. ■

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