Por: Rafael Solás
Carcastillo entra en el catálogo de cementerios de interés cultural y turístico de Navarra con la instalación del mausoleo de la familia Alfaro y Recio. Si ya existían grandes ejemplos de arte funerario en el valle del Roncal, como la célebre tumba del tenor Julián Gayarre, o la bella escultura en honor del jotero Raimundo Lanas en Murillo el Fruto, además de otras edificaciones singulares en Pamplona, Tafalla y Tudela, ahora Carcastillo se sitúa en las cotas más altas de reconocimiento patrimonial dentro de la Comunidad Foral.
El nuevo monumento es rompedor, absolutamente único en el panorama del arte funerario. Carles Recio Alfaro ha llevado a la tumba de sus antepasados toda su originalidad creativa. Ni en las grandes urbes cerámicas como Manises o Talavera se puede encontrar algo así. Desde hace siglos ha tenido presencia el arte cerámico en camposantos con inscripciones y pequeños dibujos. Pero esta propuesta es algo distinto y muy vanguardista, con la particularidad de haber sido pintado todo a mano, sin técnicas modernas ni Inteligencia Artificial. La laboriosidad de la pincelada artesanal transfiere una fuerza que las impresiones de láser o fotográficas carecen.
En primer lugar sorprende el derroche de color en un espacio que tradicionalmente es negro y gris. Entre las lápidas de mármol oscuro se levanta este monolito que irradia luz y positividad por todos sus costados. En la cara principal se ubica el retrato de boda de los abuelos, Germán y María Salome. Debajo, el retrato de la hija Isabel que reposa allí junto a ellos, pero sin olvidar a los 9 hijos y los 17 sobrinos descendientes. Se añade en la escena como elementos solemnes la iglesia del Salvador, el monasterio de la Oliva y la nota popular de los «kilikis» o «cabezudos» de las fiestas populares, junto con los gigantes a los lados. Están los cuatro colosos de Carcastillo y los dos de Murillo, puesto que la abuela Salomé era de esta población vecina.
La parte posterior vuelve a ser un reto de originalidad. El autor de la obra prevé ser enviado a esta sepultura cuando abandone este mundo y aparece retratado de cuerpo entero despojándose de la piel con el alma en puro tono blanco. Deja escrito en la losa: «Cuando me despoje de esta vida quiero dejar mis restos en esta tumba junto con mis ancestros para marchar hacia otros planetas, otros mundos o quizás la Nada». Y alrededor gira una representación mitológica de todo el sistema solar incluyendo los planetas más pequeños.
Arte para la eternidad, eso muestra el imponente monumento de Carcastillo a los visitantes. Una obra singular que pone de relieve el valor simbólico y artístico que estos espacios alcanzan en la Navarra contemporánea y realmente en todo el espacio cultural europeo, como demuestra el reciente libro de Joan Valls Bassa sobre cincuenta necrópolis catalanas, el de Carlos Osorio García de Oteyza sobre criptas madrileñas, el de Rafael Solaz sobre el camposanto de Valencia o el más amplio estudio De tumba en tumba que firma Marta Sanmamed.
Los cementerios, más allá de su función funeraria, se consolidan como lugares de identidad, memoria y expresión artística, donde la arquitectura, la escultura y el paisaje dialogan con la historia y la sensibilidad de cada época. Ojalá fueran surgiendo iniciativas parecidas a la comandada por Carles Recio para hacer de estos espacios verdaderos museos al aire libre donde el Arte se transforma en bandera de Inmortalidad y Memoria. ■
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