Por: Ángel Alonso
El 5 de diciembre de 2025 fue un día irrepetible. En Toolip Art Gallery, Vienna, muy cerca de la última casa que Mozart habitó, se inauguró Réquiem, una exposición colectiva en la que se vincularon varias expresiones artísticas. El evento fue mucho más que la apertura de una muestra de arte en homenaje al más universal de los genios; fue un momento en el que se manifestaron los vínculos entre diversas manifestaciones artísticas, especialmente los existentes entre la música y las artes visuales.
El concierto de inauguración, ejecutado por la Camerata Aurea, tuvo un papel protagónico en este acontecimiento; un rito de comunión entre las artes, con coincidencias numéricas mágicas que parecían guiadas por una fuerza divina. Siendo la primera vez que se realiza un evento de esta magnitud en una galería, nos remitimos al número 1, seguido por otros tres números que arman la cifra del aniversario de su muerte: 234, y para mayor coincidencia el acto se realizó el día 5 de diciembre en Ballgasse 6. Una secuencia asombrosa: 1-2-3-4-5-6. Para más asombro, la galería se encuentra a 56 metros de la casa donde Mozart murió, morada en la que compuso su obra final, su despedida inconclusa.
Si observamos las piezas presentadas, no cabe duda de que muchos de los artistas participantes asumieron conscientemente el homenaje al maestro, mediante diferentes lenguajes expresivos. Frente a los prejuicios de algunos especialistas, Toolip Art Gallery entiende que la pintura y la escultura son medios de expresión tan válidos y actuales como lo pueden ser las instalaciones y los performances. Porque no es cierto que las técnicas tradicionales se hayan dejado de utilizar; en realidad son tan contemporáneas que muchos artistas jóvenes se expresan a través de ellas.
Resulta contundente la pieza titulada Piano, presentada por Enbu Yakami; en ella el orden geométrico del teclado se distorsiona intencionalmente, dinamitando el imponente ritmo de las teclas, aportando vitalidad y movimiento a lo estático, a lo simétrico. La estructura rígida se expande en este significativo y metafórico rompimiento. Se produce aquí una tensión entre la exactitud de las líneas rectas —estructura que encarna el orden clásico— y las ondulaciones y quiebres que nos remiten a las creaciones transgresoras; aquellas que, como la obra de Mozart, revolucionan el mundo superando los esquemas establecidos.
La obra de Alexandra Rotar se encuentra en un camino bien diferente, cerca de lo naturalista y de lo descriptivo; es quizás el tratamiento de la figura humana y la muy particular atmósfera que logra, lo que más nos llega. Es una pieza íntima, bien realizada y, paradójicamente, muy profunda desde su transparente sencillez. La organización de los elementos en el espacio pictórico logra estabilidad, todo está balanceado, en su justo lugar.
En Hiding Angel, una de las obras presentadas por Tibor Pogonyi, la copa de un árbol parece expandirse en una explosión luminosa. El ángel que asoma en la penumbra, colgado de las ramas, dramatiza la escena. El cielo nos remite al romanticismo; es una escena en la que lo onírico y lo sagrado convergen, no solo por aquello que se representa, sino por el tratamiento mismo de la pincelada, que se despliega vaporosa, entre lo difuso y lo radiante.
Sari Fishman acude directamente a la partitura, representándola amenazada por una masa de materia oscura que intenta devorarla. Son piezas contundentes, comunicativas y gráficas, en las que los elementos son directos sin ser literales; un ejercicio de arte conceptual, pero con sabor a arte matérico, pues el brillo de la siniestra masa negra tiene una cualidad corpórea y táctil. Es el acecho de la muerte, pero no desde aquella alegoría idealizada con guadaña al hombro, sino de la verdadera muerte, la muerte orgánica, con todo el peso de su materialidad.
El conjunto fotográfico presentado por Luke Woodford resulta enigmático y variado. Son fotografías muy diferentes pero con un punto en común: la atención a los accesorios del ser humano como significantes del mismo. El artista presenta, además, una muy singular instalación construida especialmente para Mrs Toolip y en homenaje a Mozart: un vestido de alta costura en forma de tulipán negro.
Marga Garcia presenta un retrato tan bien realizado como profundo y espiritual; aquí el dominio técnico no está para hacer alardes, sino que se manifiesta con la precisión y la mesura necesaria para no entorpecer lo que se transmite. La introspección del personaje, afianzada por la capucha que porta, no solo protagoniza nuestra mirada, sino también nuestra mente. Se trata de una obra curativa, pues despierta en el espectador una empatía sanadora y humana.
El coro representado por Jiyun Cheon, a través de una composición casi piramidal y una gama de tonalidades suaves y delicadas, genera una sensación de seguridad. El coro anula los egos; las personas trabajan en colaboración por un resultado final. La música de Mozart se asocia con el equilibrio, la transparencia y la pureza. Este cuadro se emparenta con esas cualidades. Estamos ante una representación visual del ideal estético clásico: un coro perfecto e intemporal.
Silvia Bignami apuesta por el retrato en una representación de un joven Mozart, lo delata el título, que nombra a Salzburg, ciudad donde nació y vivió el genio hasta los 25 años. La pieza denota un virtuosismo académico admirable y una notable profundidad psicológica, sobre todo en la manera de resolver los ojos y las manos.
Mónica Conde también retrata a Mozart, pero mucho más pequeño; la manera de resolver la figura se apoya mucho en las líneas, resultando un híbrido entre dibujo y pintura que le aporta un matiz ilustrativo. La delicadeza de la realización y el nivel de detalles con que resuelve las formas nos remite al rococó.
Uno de los cuadros más complejos de la muestra fue presentado por Robert Ricov. Se trata de una obra compuesta por figuras al mismo tiempo épicas y contemporáneas, en medio de un espacio donde reina la destrucción. Se combinan aquí criaturas fantásticas, insignias militares, armas y ornamentos rituales. El uso del claroscuro provoca una densidad que recuerda el período barroco. El cuadro rebasa su condición pictórica a causa de su carácter teatral.
Un cuadro presentado por Matthew James Collins nos traslada al pasado. El marco tiene tanta importancia aquí que lo consideramos parte de la obra. La figura central, al mismo tiempo humana y fantástica, pudiera interpretarse como la protagonista de una ópera. La paleta es audaz y los colores vibran a través de la suavidad de la ejecución y el tratamiento de la luz. La obra parece celebrar la expansión del conocimiento a través de la iluminación haciendo, quizás, un guiño a La flauta mágica.
Dionis Solo presenta una escultura muy potente: una cabeza modelada en metal, de superficie rocosa, fracturada; esa textura la hace más expresiva, aportando pasión al rostro. El diálogo que establecen el corazón y la mano nos hace pensar en el vínculo existente entre identidad y creación, sugiriendo que el impulso creativo no nace de la razón solamente, sino de las emociones volcánicas que desbordan al creador.
Una de las obras de Mystica the Brave nos muestra un monumental cuerpo femenino fragmentado y atrayente. En el centro, un cinturón orgánico de flores y mariposas fusiona lo instintivo y lo ornamental. La mano representa el gesto más contundente del conjunto, hundiendo los dedos en una fruta con ímpetu pasional, induciendo al espectador a una lectura erótica con gran elegancia formal.
Philipp Laubender nos impacta con sus extraordinarias fotografías, basadas casi siempre en las siluetas y los altos contrastes. Sus personajes remiten a la soledad, a la introspección. Es una obra misteriosa, urbana y nocturna.
Cassy nos remite al arte matérico y al expresionismo abstracto. Desde un fondo oscuro y denso, emerge una estructura contundente en tonos casi dorados y en forma de cruz. La textura dorada, irregular y casi erosionada produce una tensión entre lo elevado y lo pedestre, entre lo eterno y lo intrascendente.
Arman Mansouri explota la partitura —en una de sus obras presentadas—, no solo por su cualidad simbólica, sino por su valor expresivo. El efecto de la trama de líneas doradas contra el fondo negro convierte la partitura en una suerte de jeroglífico, un texto hermético que impulsa al espectador a desentrañarlo.
Anna Espona nos trae una forma orgánica envuelta en una atmósfera estable y armónica. La silueta hace pensar en un ser del mar parecido a los cefalópodos. El tratamiento pictórico está basado en transparencias que aportan profundidad.
Josep Torelló presenta un cuadro abstracto que posee un vigoroso dinamismo cromático; la luz central funciona como un núcleo generador que expande energía al resto del espacio pictórico. La obra oscila entre lo orgánico y lo onírico, y provoca un enorme placer visual.
Stephan Janssens nos asombra con su habilidad para resignificar objetos. En el caso de Vigil Lamp, la iluminación es la protagonista de la obra, y al mismo tiempo su materia inconmensurable y etérea. La pieza es directa, pero no literal. Es toda idea, y al mismo tiempo resulta hermética, misteriosa e inexplicable.
Ángela Thouless mezcla la estética pop, el lenguaje del cómic y una relectura vibrante de la iconografía tradicional asiática. Son cuadros llenos de humor realizados con una paleta de colores mesuradamente apastelados. Estas piezas invitan a un diálogo sobre el simbolismo cultural y la permanencia de lo ancestral en el arte de nuestros días.
Anna Zilbershatz apuesta por el movimiento; son las líneas curvas las que predominan en sus obras. En ambas piezas hay un homenaje a la armonía de la naturaleza y al orden interno del mundo vegetal.
En la escultura en bronce Totem hermafrodita, presentada por Alfredo Laporta, toma forma una reflexión sobre la dualidad y la coexistencia de los opuestos: lo humano y lo animal, lo masculino y lo femenino. La entidad representada, en su condición de tótem, resulta fluida y múltiple.
La fotografía de Nicolas Meriel titulada The sun amplifica un girasol, expandiendo su potencialidad simbólica, su capacidad de encarnar la alegría de la vida y el optimismo. Esta obra contiene una energía positiva, además de ser particularmente hermosa.
El vínculo de Marta Nobre con la música ya lo establece el título de su cuadro The Sound of Silence, una obra que entrelaza lo figurativo con lo abstracto, a través de un uso audaz del color y las sugerentes líneas que lo apoyan sin cerrar totalmente las formas.
Uno de los retratos realizados por Nadiya Spiller se caracteriza por un efecto de fragmentación que imita el pixelado digital; una metáfora de cómo la imagen titilante de las pantallas suplanta cada día más a las imágenes tradicionales.
La fotografía Picnic de Elvira Rajek nos remonta a El almuerzo sobre la hierba de Manet. En este caso las figuras desnudas están en un cementerio, en presencia de figuras angelicales que evocan una conexión con lo divino.
La pincelada de Sergei Komiagin en Mistery, de vibrantes tonalidades rojas, amarillas y naranjas, aporta una enorme energía a esta composición llena de sensualidad y belleza. Los cuerpos se fusionan entre ellos y con el fondo, en una experiencia sensorial colmada de calidez.
Pannetier Le Henáff se destaca por su dominio técnico en la representación de la figura humana. En el dibujo se comporta de forma más académica y naturalista, pero en el campo de la pintura su discurso se enriquece encarnando procesos de representación típicos del pasado. El rigor y el virtuosismo de la ejecución son admirables.
Roxana Ilasoaia nos genera una sensación de misterio a través de una figura humana fusionada con líneas curvas que se entrecruzan. El halo sugiere una conexión trascendental, recordando la iconografía de los santos en las iglesias. Hay aquí un diálogo entre lo humano y lo divino.
Attila Mata nos presenta una compleja interacción de líneas curvas y ángulos que otorgan dinamismo a su escultura Golem. Las múltiples direcciones en que se extienden las piezas que componen la obra pueden interpretarse como los diferentes caminos a tomar, las decisiones difíciles que uno enfrenta en la vida.
La obra de Marisa Falcone consiste en una instalación construida a partir de materiales orgánicos. Los círculos actúan como núcleos simbólicos que interactúan como si fueran instrumentos en una pieza de jazz. La pieza es austera en el sentido cromático, pero seductora por sus líneas que trazan un dibujo aéreo que parece flotar en el espacio.
Mova despliega un gran sentido del humor en su escultura Miauzart. Sus cuadros dedicados a textos de Dante en La divina comedia dejan entrever un talento natural y sin artificios. Es una estética muy urbana, con un sabor punk y una ejecución que nos remite al graffiti.
No podríamos dejar de comentar el trabajo realizado por Christopher Haley Simpson en plena inauguración: una obra en la que interpreta en directo, frente al público, las emociones que le produce el concierto. No se trata solamente de lo que podemos ver al final, sino del proceso. El público entró a la galería con expectativas que se sobrecumplieron, porque salió con una sensación difícil de describir: la de haber tocado algo sagrado.
RÉQUIEM no fue una exposición más. Fue un acto de devolución. Un gesto de gratitud. Un susurro de regreso. Porque en Ballgasse 6, esa noche, Mozart estuvo un poco más vivo que de costumbre. ■
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