Editorial

Por: Malu Rivero (MALV)

Señalan las encuestas que el atractivo de los proyectos autoritarios aumenta a pasos agigantados por todo el globo, sobre todo para las mentes más jóvenes. Mientras las mentes más veteranas vemos como «La historia no se repite, pero rima», como decía la afilada prosa de Mark Twain. El arte contemporáneo en sí mismo ya está contextualizado en una época post-arte en la que la creación artística no está necesariamente ligada a una corriente artística, manifiesto o ideología. Arte, un tanto esquizoide, al que ahora se le tiene que sumar un segundo marco post-historia, en el que a su vez se encuentra inscrito, toda una meta-matrioska temporo-espacial.

En la actualidad, parece que estamos construyendo una realidad que aúna los aspectos distintivos de cada época en una hidra de mil cabezas. Pero la que más nos preocupa a los artistas es la mascota de esta hidra, un cerbero de tres cabezas que se encarga de los aspectos sociales, manteniéndolos bien a raya. Reina un sincretismo histórico donde pueden coexistir estos animales que resultan casi mitológicos. Creaciones neo-mitológicas como: grandes señores feudales tecnológicos, emperadores demócratas con ansias de grandes imperios y estados democráticos autoritarios y genocidas. Estos mister-potatos históricos son posibles gracias al oxímoron de una diplomacia dictatorial. Esta actúa como escudo de un sistema bien entretejido para que los pobres no puedan perjudicar jamás a los ricos, y las diferencias se vayan acrecentando, mientras nos olvidamos de la lucha de clases gracias a la hiperestimulación y la propagación de relatos polarizados. ¿Será por esta profusión de relatos y microrrelatos tendenciosos que buena parte de los artistas de este siglo le están dando esquinazo al arte de crítica social y/o política hacia posturas más naíf? ¿La crítica no valdrá nada porque la verdad ha perdido su valor? El arte vacila ante una pérdida de valores difuminada y diseminada en varias realidades, en varios relatos, en varias verdades.

Hablemos del monstruo tricéfalo de lo social, que nos mantiene bien entretenidos, mientras nos intentan extirpar lo más humano de la humanidad.

La cabeza uno; el individualismo: sin comunidad somos más débiles, no tenemos red que nos dé soporte, al más mínimo inconveniente caemos y es aún más difícil volverse a levantar. Divide et Impera (Divide y vencerás) dicen que dijo el emperador Julio César. Mal asunto cuando se exportan estrategias militares al ámbito social, ¿no? El individualismo es un criadero de artistas aislados de su contexto social y político que apenas comunican nada, solo rascan la superficie puntualmente cuando el hashtag del momento lo requiere. La viralidad manda, es el criterio para escoger de qué hablar, de qué va a ir nuestra obra. —Si no lo ve nadie, ¿por qué lo hago?— Es la pregunta trampa que nos lleva a la siguiente extensión.

La cabeza dos; las RR. SS. y su hiperconectividad. Estamos tan cerca, como físicamente lejos del otro. Obtenemos tanta información, como censura y autocensura algorítmica. Las redes sociales derivan así en antisociales. Otra forma de aislamiento que nos crea un vacío por llenar… ni siquiera el consumismo emocional más manipulador con toda su oferta de autocuidados, skincare, fitness apps y demás retahíla de términos anglosajones pueden remediar. El FOMO (Fear Of Missing Out) se convierte en JOMO (Joy Of Missing Out).

Y he aquí el resurgimiento atronador de la cabeza tres; la nueva espiritualidad: el auge del imaginario religioso en los productos de consumo y la cultura (que es también de consumo). Tendencia que experimenta un aumento desde el 2013, véase la interpretación de la estética católica más barroca del desfile de Dolce&Gabbana de ese invierno, la moda siempre da pistas. Sin verdades o certezas, las creencias experimentan un lavado de cara. En España es clara la influencia en la cultura popular; el disco Lux de Rosalía o la nueva canción de La Oreja de Van Gogh, las películas Los Domingos y Bugonia (Yorgos Lanthimos): revisitan y revisan la denostada reputación de la religiosidad y todo tipo de credos como el terraplanismo. Puede que no siempre dándoles el visto bueno pero sí una voz. La cultura está hospedando espiritualidades alternativas que le ofrecen a la juventud —con pocos recursos y muchas pretensiones— serenidad a cambio de un poco de profundidad y sueños asequibles. Porque somos una juventud que, sabiendo que no tendremos la capacidad de comprar una casa en nuestra vida, pasa su tiempo libre mirando tours de viviendas de ultralujo por las redes. Somos el quiero y no puedo de las ilusiones, ya que somos ilusos que deliran lo justo, nada de locura por encima de nuestras posibilidades.

Hemos conseguido iconizar, y con ello comercializar, algo tan intangible e inmaterial como el espíritu. Esperamos expectantes la reacción de los artistas no-natos: ¿Abogarán por un decrecimiento, por un salvajismo o nuevo primitivismo que nos lleve de nuevo a los básicos? Recuerdo que en el apagón de este pasado año 2025, la mayoría de mis conocidos se alegraron del incidente. Se fue la electricidad, y por un breve espacio de tiempo, respiramos, volvimos a hablar con el vecino, preguntamos al desconocido, salvamos la distancia física para ver si nuestros seres queridos estaban bien. Se fue la luz y vimos, despertamos. ■

José Gregorio Vaamondy

Tras el silencio del vidrio

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Editorial XLVII

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