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DE LA GRAN PINTURA

Por José Pérez Olivares

Artículo. (Versión digital)

El Café Pigalle(1), el Moulin de la Galette y el Moulin Rouge —en Montmartre— y el Folies Bergère, en la rue Richer, (IX Distrito de París), parecen brotar de las entrañas de las artes plásticas francesas de finales del siglo XIX. Una parte significativa de la obra de Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901) fue concebida en cafés, clubes nocturnos y prostíbulos parisinos, y ver sus pinturas es revivir un período conocido en la Europa de entreguerras (1871-1914) como belle époque. Así, en el cuadro La Goulue entrando en el Moulin Rouge, hallamos a la famosa Goulue (Louise Weber), bailarina de cancán muy popular entonces. Inmortalizó también a otra bailarina del mismo cabaret, Jane Avril, cuya imagen llevó al lienzo (Jane Avril saliendo del Moulin Rouge, 1892) y al cartel (Jardin de Paris. Jane Avril, 1893). Descendiente de aristócratas, aquel artista hacía sus bocetos en los centros nocturnos que visitaba para, más tarde, incorporarlos a sus pinturas, litografías y carteles. Sin duda, parte de la celebridad que disfrutó en su corta, aunque fructífera vida, procede del carácter testimonial de la obra que nos dejó. O como lo expresa el señor Don José María Faerna García-Bermejo, cuando dice que la principal aportación de Lautrec «está en ese punto de tensión entre la voluntad de hacer crónica pictórica de un universo determinado y la construcción de un lenguaje plástico nuevo» (Tolouse Lautrec, Ediciones Polígrafa, S. A., 1995).  

Evasión de la realidad

En el parisino Café Pigalle —popularmente conocido como «el café de la Rata Muerta» por su mal olor—, buscaron refugio numerosos escritores y artistas de la bohemia parisina. Fue allí donde Arthur Rimbaud pidió a Paul Verlaine que colocara las manos sobre la mesa, tras lo cual, con una cuchilla que llevaba oculta, le ocasionó dolorosos cortes en ambas. «Jamás fui de este pueblo; nunca he sido cristiano; soy de una raza que cantaba en el suplicio; no comprendo las leyes; no tengo sentido moral, soy un bruto: os equivocais», escribió el joven carolopolitano en Mala sangre, texto de Una temporada en el infierno (1873). Aunque Rimbaud y Van Gogh no se conocieron, un hecho trágico los une: la muerte a los 37 años. El crítico italiano Mario De Micheli observó un nexo evidente entre la prosa «convulsa» de Una temporada en el Infierno y «ciertos cuadros alucinantes y frenéticos de Van Gogh». La comparación resulta justa: compartieron la misma época y la misma esperanza. Por esa razón, el sentimiento de derrota que los arrastró —el primero al abandono temprano de la poesía, el segundo al suicidio— fue similar. 

Maurice Vlaminck (1876-1958), fue otro pintor que conoció a fondo el ambiente del Café du Rat-Mort, y de ese contacto surgieron, al menos, dos cuadros con el mismo título: La fille du Rat Mort (1906). La modelo es la misma, y en uno yace desnuda sobre una cama (la sábana cubre su cuerpo hasta la cintura); en otro, está en refajo y con sombrero, uno de sus pechos descubierto. Son obras que recuerdan a Matisse por la manera de elaborar el fondo de sus lienzos y por el trazo.

Le Moulin Rouge y Le Café Pigalle (o Café du Rat-Mort) no son los únicos locales de este tipo que dieron título a cuadros de Toulose-Lautrec(2), Vlaminck y Renoir. Abundante en figuras es Bal du Moulin de la Galette (1876), que Renoir exhibió un año más tarde, durante la segunda exposición de los impresionistas. Elaborado sobre la base de una paleta rica en matices y tonos, el cuadro muestra la maestría alcanzada por un pintor de sólo 35 años. Y destaca, además, por ser reflejo de un tema que lo aleja por completo de las preocupaciones políticas, sociales y existenciales que habían comenzado a gravitar en las artes plásticas europeas a partir del realismo(3). Su interés se dirige a la vida galante de París y las fiestas. De iguales proporciones (180 x 90 cm) son otras dos obras suyas similares en contenido y realizadas en 1883: Baile en Bougival (actualmente en el Museo de Bellas Artes de Boston) y Danse à la ville (Museo de Orsay). 

Ya muy enfermo, Édouard Manet pintó la que se considera su mejor obra, Un bar aux Folies Bergère (1882). En ese óleo, minuciosa y artísticamente elaborado (96 x 130 cm), hay una imagen central: la de la joven camarera que se encuentra detrás de la barra y aparece rodeada por objetos diversos, botellas de champán, un frutero, un vaso con dos rosas, etc. A espaldas de la muchacha hay un espejo en el que se refleja lo que no vemos: la imagen de un cliente, las piernas de una trapecista y los palcos llenos de visitantes. El cuadro fue exhibido ese mismo año en el Salón de París, poco antes de fallecer el pintor.

Con nombre de bebida

De sabor anisado y a la vez amargo, la absenta o «hada verde» se convirtió en la bebida alcohólica de escritores como Wilde, Rimbaud, Verlaine y Baudelaire(4). Y de pintores como Toulouse-Lautrec, Van Gogh, Manet, Gauguin y Degas. A la absenta debe Edgar Degas uno de sus mejores cuadros. Pintado en 1876 —cuando París se recuperaba de los daños provocados por la guerra, el sitio, el fuego y la masacre ordenada por Thiers—, muestra a un hombre y a una mujer en el interior de una taberna (La Nouvelle Athènes, en Pigalle) bajo los efectos de la bebida. L´Absinthe (92 x 68,5 cm) ofrece mucha tela por donde cortar(5); podemos considerarla una pintura de género, pero quién sabe si en la actitud de abandono del personaje femenino, con su mirada tristemente vacía, hay un mensaje que evoca la terrible década vivida por el pueblo francés. La crítica de tendencia conservadora arremetió contra Degas. Y lo hizo como ya lo había hecho en 1857 contra Charles Baudelaire y Gustave Flaubert por Las  flores del mal y Madame Bovary, respectivamente. A Gustave Courbet, en cambio, lo aguardaban la cárcel y el exilio.

Gente, años, vida

Ya en pleno siglo XX, La Rotonde —otro famoso café de Montparnasse— reunió a un grupo de selectos artistas de la vanguardia entre los que figuraban Amadeo Modigliani, Diego Rivera, Léonard (Tsuguharu) Foujita, Man Ray y la modelo Kiki de Montparnasse. Por allí pasó —tras escapar de la isla de Fuerteventura— Miguel de Unamuno, a quien el escritor ruso, Ilya Ehrenburg, describió en sus memorias haciendo pajaritas de papel en una mesa. En España, similares encuentros tuvieron su sede en el madrileño Café de Pombo, con Ramón Gómez de la Serna como animador. Una foto de 1916, tomada en La Rotonde, muestra a Picasso junto a los pintores Kissing, Jean Cocteau y el poeta y dramaturgo Max Jacob. Del ambiente de aquel café surgieron numerosos cuadros; entre los más importantes, dos óleos del malagueño: En el café la Rotonde y La bebedora de absenta, de 1901. Innumerables son las fotos tomadas allí. En ellas aparecen clientes y visitantes mientras beben y charlan rodeados por obras de arte. Era esto lo que le daba el tono elegante y bohemio al local.

La huella impresionista

A Sol naciente (1872), de Monet, se atribuye el inicio de un movimiento que, a partir de 1860, convirtió el paisaje (terrestre y acuático) en tema preferente de sus obras. De ese modo, el interés artístico quedó subordinado a «las relaciones entre ciencia y pintura, los de la luz, el objetivismo en la transición plástica de la naturaleza» (De Micheli, Las vanguardias artísticas del siglo XX, pág. 28). Novedosa en soluciones plásticas, la obra mencionada destaca por su síntesis y la absoluta libertad de ejecución.

Vistas desde lo alto de acantilados y efectos de lluvia son motivos frecuentes de esta pintura «sin conflicto», ensimismada en el paisaje y atenta sólo a problemas formales. En ella, ríos y puentes ganan cierto protagonismo. En Le Pont Neuf (1872) Renoir retrata el más antiguo de cuantos cruzan el Sena en su tránsito por París. Y aunque el Sena ya había sido motivo de interés de muchos artistas —Courbet (Cortesanas al borde del Sena, 1856), Nicolas-Jean Baptiste Raguenet (Pont Neuf, la Samaritaine et la pointe de la Cité, 1771), Johan Bartold Jongkind (París, Puente del Sena y Notre Dame, 1864), etc.—  estamos ante un cuadro impecablemente realizado. En igual dirección debemos mencionar cuatro hermosos óleos con distintos ángulos del puente de Langlois, en Arles (1888). El autor de esas obras no utilizó el color con iguales fines que los impresionistas, pues tal y como explica en una carta a su hermano Theo, su propósito era mostrar «las terribles pasiones humanas» (septiembre de 1888). Por eso, cuanto más pensaba en en el destino humano, tanto más sentía «que no hay nada tan verdaderamente artístico como amar a la gente».

Puentes, ríos y más puentes

Tendido sobre el Támesis hallamos otro que fue igualmente objeto de interés. Dos franceses atravesaron el Canal de la Mancha para pintarlo, y cada uno con objetivos artísticos diferentes aunque con el mismo título: El puente de Charing Cross. La primera de las dos versiones (64,8 x 80,6 cm) pertenece a Monet, que la concibió en 1899 y forma parte de una serie de estudios realizados entre esa fecha y 1904. La otra (1906), es de André Derain (1880-1954), crepitante de colores. Dividida en dos por una larga franja horizontal de un azul agrisado, y a medio camino entre lo figurativo y lo abstracto, la obra de Monet es un paisaje crepuscular con el reflejo de la luz sobre el agua. Descrito así suena irrelevante, pero otra cosa sucede al verlo; el atrevimiento continúa sorprendiendo ciento veinticuatro años después.

Por su compleja sencillez, pero también en su exquisita sobriedad, El puente de Maincy (1879) es obra de un impresionista arrepentido. Al distanciarse de sus colegas, Paul Cézanne (1839-1906) se concentró en la forma para dejar atrás cuanto pudiera resultar «provisional» en la pintura. Émile Zola, antiguo compañero de colegio y amigo del pintor, no tuvo, sin embargo, suficientes luces para verlo en su grandeza, y en la novela La obra (1886) describe al aquisextano como un artista fracasado. Será Fernand Léger quien asuma la tarea de reivindicarlo. Y comenzará su razonamiento con esta expresión lapidaria: «A veces me pregunto qué sería de la pintura actual sin Cézanne»(6).       ■

Notas

1. Más conocido como «café de la Rata Muerta» (Café du Rat-Mort), el Café Pigalle abrió sus puertas en 1835 en la Plaza Pigalle, y allí existió hasta mediados de la centuria pasada.
2. Toulouse-Lautrec: En el reservado de «Au Rat Mort» (1899).
3. Según Mario De Micheli (1914-2004), el cambio tan radical en la orientación de las artes plásticas a finales del diecinueve, se explica a través de factores sociales, políticos e ideológicos. «Destruida la base histórica sobre la cual se habían formado los intelectuales —dice el crítico—, entran en crisis los valores espirituales que antes parecían destinados a durar permanentemente». (Mario De Micheli, Las señales de la crisis, cap. 2, págs. 19-48. En: Las vanguardias artísticas del siglo XX, Instituto Cubano del Libro, 1972, pág. 251).
4. El poeta francés Charles Baudelaire (1821-1867) no se limitó a explorar los efectos provocados por las bebidas alcohólicas que «con celebridad impulsan al furor material y abaten la fuerza espiritual», sino además los de las drogas. En Los paraísos artificiales confiesa: «Lo mío no fue solo una experiencia vivida con el hachís y el opio, también intervino la absenta. Fumaba una cosa y a la vez bebía otra. Por eso creo que comparada con la de Quincey, mi experiencia con estos paraísos resultó más completa y devastadora. Y por mucho tiempo viví bajo un estado febril y de delirio casi absoluto. Se reflejó en mi poesía, en cierta aparente incoherencia de su redacción, y en la superposición de imágenes. Al principio, era el hachís y no yo; después fui yo, no el hachís».
5. Édouard Manet fue el primero en llevar a la pintura el tema con El bebedor de absenta (1859), obra rechazada en el Salón de París de ese año. Aparte de Degas, también Gauguin, Munch y Picasso tienen cuadros que aluden a la bebida.
6. Remito al lector a Mario De Micheli: Op. cit. La Lección cubista (cap. 7, pág. 251).

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