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Bellas Artes

Artepoli a La Bòbila

Exposición colectiva en el Centre Cultural La Bòbila durante el mes de enero

Por: Redacción

ARTÍCULO. (Versión digital)

La revista Artepoli ha consolidado una tradición de organizar exposiciones con los artistas que presenta en sus páginas, y este proyecto se fundamenta en establecer sinergias entre el Centro Cultural La Bòbila y nuestra publicación. Uno de los ejes fundamentales que une a ambas entidades es el compromiso por promover la interacción social en el ámbito de la creación artística. Esta perspectiva refuerza la concepción del arte como vehículo para la comunicación espiritual entre los individuos, en contraposición a la noción anacrónica purista y elitista del artista aislado, concebido como un genio intocable e idealizado.

Es innegable que la principal actividad del Centro se orienta hacia el fomento de la creación local, mientras que nuestra revista colabora con artistas de diversas latitudes. Sin embargo, compartimos un interés subyacente por la creación que surge de los barrios; estas células sociales constituyen los fundamentos de un organismo cultural más amplio y representan espacios humildes donde la creatividad se manifiesta de forma auténtica y saludable.

La exposición que proponemos presenta una selección de artistas de diversas partes del mundo, lo que enriquece el evento a través de su pluralidad. Esta muestra tiene el propósito de facilitar la interacción entre los expositores, procedentes de distintos contextos culturales, y los creadores y espectadores del barrio. Se trata de una exhibición abierta, sin una temática delimitada, cuyo hilo conductor es la participación de artistas que han sido destacados en nuestras páginas y que buscan difundir su obra en espacios como La Bòbila, que se distancian de los intereses comerciales de las galerías y valoran el arte en su dimensión espiritual y su impacto social.

Débora Lamarca Alastuey

Esta obra es representativa de la propuesta artística de la artista, de su investigación sobre el peso y la orientación del trazo en una superficie que funciona como campo energético. Se estructura la misma a través de una superposición de manchas rectangulares sólidas, realizadas en tonalidades densas y sobrias que generan un sabor matérico, en el que cada fricción del pigmento produce una tensión.

Lejos de representar un espacio lo construye, a través de impulsos gestuales que encuentran equilibrio en el lienzo, como resultado de un contrapunto entre fuerzas opuestas. Lo compacto de algunas zonas del cuadro cohabita con áreas más accidentadas, pobladas de texturas que remiten a la erosión, a lo desgastado. La composición se comporta como un mapa de energías, cuya leyenda habríamos de decodificar a través de la recepción sensorial de la obra, más allá de la razón, más allá de toda explicación. El gesto es aquí una huella de una exploración: nos hace reflexionar sobre el balance entre la densidad de la materia y su movimiento.

Ricky Freijó

En Umbral el personaje posee una actitud introspectiva, se protege en un gesto de contención que delimita su espacio personal; se abraza a sí mismo en un acto que se traduce en defensa y cuidado. Se respira tensión en su estado emocional, una violencia quiere aflorar pero se contiene. Se trata de lo interno en contraposición con lo externo. Los ojos miran hacia abajo, el ceño está fruncido, como si estuviera bajo el influjo de una preocupación paralizante. El sujeto lucha en su interior, envuelto en un conflicto emocional. La obra sugiere un específico estado de ánimo.

La herencia expresionista le sirve a Freijó para expresar este estado psicológico, en el que el miedo genera violencia. El color se presenta mediante el gesto, pero es el dibujo quien confirma la intención del artista; la línea oscura que define la figura actúa como una suerte de estructura, un andamiaje que ordena los apasionados gestos y evita que la figura se diluya entre las manchas de color. Las líneas negras aportan solidez a la pieza. Se siente la proximidad del sujeto protagónico, que se manifiesta estable y cercano al espectador. Hay zonas compactas y otras casi transparentes en la superficie del cuadro. Las pinceladas se superponen, la textura de la cartulina se aprovecha y el ritmo de los trazos se traduce en una seductora armonía.

Jesús Redruello

Desde el centro de la superficie emergen formas ovaladas que flotan contrarrestando el peso de los bloques de color rectangulares; se crea aquí una integración entre lo orgánico y lo hierático, entre la suavidad y la dureza, entre lo amorfo y lo geométrico… Esto crea en el espectador un estado meditativo silencioso, porque las formas oscilan entre la expansión y la contracción. Las transparencias aportan una sensación de profundidad, provocando lecturas infinitas.

Hay contrastes cromáticos de gran intensidad. Los planos de color generan un ritmo interno que denota la transformación de una energía subyacente. Deliberadamente gestual y accidentada, las pinceladas construyen una textura que nos invita a desplazarnos por la superficie, como si esta fuera un territorio imaginado.

El color es aquí el protagonista, pero no solo a nivel formal, también a nivel conceptual, porque modela lo que sentimos al observar el cuadro. La interacción entre manchas que se interrumpen y erosionan, las tensiones espaciales de los objetos que se combinan creando una fuerte armonía, las líneas que intentan encerrar las manchas que se expanden… edifican un paisaje interno que refleja los estados de ánimo y la búsqueda de equilibrio que nos trasmite el autor.

Eloy Añez Marañón

Eloy Añez Marañón es un pintor nacido en la selva amazónica boliviana y su obra está vinculada a sus orígenes. La obra aquí presente se caracteriza por un complejo entramado compositivo; la fragmentación geométrica y la simbología construyen una narrativa que encarna una identidad colectiva. Edificando un entramado que procesa la herencia cubista, Eloy logra que cada figura se integre en un tejido visual que alude a la interdependencia entre el mundo natural y los seres humanos. Los rostros, lejos de estar aislados, se diluyen y recomponen mediante planos que dialogan y se entrecruzan, como si cada identidad fuera al mismo tiempo individual y colectiva. La paleta, de colores fuertes, opera como expresión de vitalidad. Se establece aquí un cosmos en el que la naturaleza y el ser humano se integran en una sola entidad narrativa.

Los animales del Amazonas, los motivos geométricos y las texturas, así como las frases escritas, forman una constelación de enorme dimensión semántica. La obra adquiere una connotación de resistencia y admite ser leída desde un punto de vista político.

Gijs Ambrosius

La obra Driver de Gijs explora la frontera entre lo onírico y lo arquetípico, donde la forma más allá de representar, evoca. El artista denomina sus piezas «prefiguraciones», término que sugiere una génesis anterior a la imagen misma: un estadio embrionario del símbolo, aún no racionalizado por la conciencia. En este lienzo, el cuerpo cromático —una amalgama de rosados, verdes ácidos y amarillos incandescentes— parece emerger de un magma inconsciente, como si la materia pictórica fuese la huella de un impulso primario. La figura del centro, a medio camino entre lo orgánico y lo mecánico, remite al automatismo psíquico de los surrealistas y a la gestualidad del expresionismo abstracto, pero con una conciencia contemporánea del color como campo energético.

Driver articula una tensión entre el control del pigmento y su deriva azarosa, evocando la luminosidad sintética de un paisaje interior. El fondo azul, plano e inmutable, actúa como un espacio mental donde la figura se despliega. La obra propone una lectura del impulso creador como movimiento entre la pulsión y la forma, entre lo amorfo y la imagen. Gijs pinta el instante en que lo imaginado se materializa, haciendo visible el tránsito mismo del inconsciente al signo.

Amparo Modino

La obra de Amparo Modino sintetiza la iconografía pop y la tradición pictórica del retrato. En esta pieza sobre Lady Gaga, la artista captura la expresividad inconfundible de la cantante, empleando una paleta casi monocromática para la figura que se opone a la intensidad cromática del fondo. El dramatismo del gesto se potencia mediante el uso de la luz y el detalle, haciendo énfasis en la boca entreabierta y la mirada penetrante, subrayando la teatralidad inherente al personaje representado. El encuadre fragmentado —centrado en un primer plano del rostro— despoja a la figura de cualquier contexto narrativo, encarnando un símbolo de la cultura visual de nuestro tiempo. El rojo anaranjado vibrante, con atractivos destellos en forma de pequeñas manchas casi circulares, define una atmósfera psicodélica que nos hace ver a la estrella como un ser luminoso, extraterrenal. Modino no se limita a representar a Lady Gaga en cuanto a su condición de celebridad, más bien la reinterpreta como un arquetipo de la feminidad empoderada, transgresora y audaz.

Álvaro Sánchez

La obra de Álvaro Sánchez combina la gestualidad heredada del expresionismo abstracto y un tipo de distorsión que hace énfasis en los contornos más esenciales de las figuras. En este caso se trata de un rostro; la composición está presidida por una monumental cabeza, creada a través de violentos trazos que nos recuerdan a la Nueva Figuración. Por la fuerza expresiva, y por el frecuente uso del negro, sus peculiares grafismos nos acercan al arte urbano. Los colores se convierten en planos que estructuran la pieza, alternando entre lo opaco y lo transparente. Hay una vibración en esta obra que resulta inquietante; los trazos que deliberadamente pudieran provocar inestabilidad están balanceados de manera muy precisa.

El artista explora los límites entre lo presente y lo ausente, entre lo puesto y lo sugerido, entre lo abstracto y lo figurativo. Se produce una lucha en la superficie de la cartulina; esta violencia encarna la intención de la obra, el desgarramiento interno que sufre el personaje tras la apariencia de adormecimiento.

Rafael Gutiérrez Nigro

La arquitectura que se refleja en esta obra parece fantástica, pero en el fondo resulta incluso hasta un poco realista, no en el estilo pictórico —que está mucho más cerca del arte pop—, pero sí en el sentido de que recuerda a las aglomeradas casas de muchos barrios latinoamericanos. Son edificaciones que se erigen como organismos plurales, pudiéramos decir que arbóreos. Rafael crea un sistema modular casi geométrico; cada casa se delinea por contornos precisos y techos estriados, y el conjunto forma una estructura enérgica.

La pieza enfatiza la interconexión entre las casas a manera de acumulación. El fondo está realizado mediante un puntillismo no mimético, sino más bien libre, arropando el conjunto con un campo dinámico. Es un cielo brillante que sitúa las edificaciones en un paisaje indeterminado. El artista nos está hablando de colectividad y resiliencia.

Ángel Alonso

En Ascenso y Caída —dos cuadros que también son autosuficientes como obras independientes— el díptico plantea una narrativa circular sobre el impulso humano y su inevitable fragilidad. Ambas escenas se construyen alrededor de la figura humana reducida a un contorno enérgico, casi primitivo, que atraviesa un espacio turbulento. En Ascenso, el cuerpo parece desafiar la gravedad mientras una escalera geométrica irrumpe en un fondo incandescente. La figura, en pleno salto, encarna un impulso vital, un momentum cargado de deseo y riesgo.

Caída, en cambio, disuelve toda estructura de sostén: la escalera queda fuera de alcance y la figura se expande hacia un torbellino de color que la absorbe. Aunque cada pieza funciona por sí misma, juntas revelan un ciclo existencial donde el ascenso implica siempre la posibilidad de caer, y la caída, paradójicamente, apunta a un movimiento continuo, inevitable y profundamente humano.

Emilia S. Echezarra

Una suerte de geometría sagrada se integra en esta obra a una atmósfera pictórica de emociones muy internas. Emilia tensa el espacio utilizando poliedros que parecen cápsulas de contención. Dentro de las transparentes formas, aparecen figuras humanas que evocan una búsqueda de equilibrio en sus gestos. La escena se desarrolla en un paisaje cósmico, dominado por intensos colores que vibran en el espacio, dando forma a superficies abstractas que sugieren planetas, tormentosos cielos recortados, mares profundos…

Estas cápsulas que contienen a los humanos pueden ser al mismo tiempo refugio y prisión; los personajes representan de manera metafórica la búsqueda de sentido dentro de aquellos límites que uno se construye. La inmensidad azul evoca la insignificancia y pequeñez del ser humano frente al universo.

Ricardo Rodríguez Chávez

La vibrante composición de este cuadro superpone las formas de las flores y otros elementos mediante un lenguaje plástico particularmente expresivo. Formas florales y elementos orgánicos se delinean con trazos que reordenan el campo visual, generando un ritmo de notable armonía. Las flores no están representadas de forma naturalista, sino como símbolos que aluden a la celebración y el afecto. La paleta utilizada sugiere una búsqueda optimista del equilibrio; cada tonalidad está condicionada por el matiz vecino, afirmando la fluidez de la pieza, que se desenvuelve como un jardín mental en el que el barroquismo del color se entrelaza con el gesto.

Mi Cha

Hay en esta pieza un constante flujo entre figura y fondo, a través de la superposición de los diversos planos que se transparentan. Se crea una armonía especial que potencia las transiciones entre los diversos elementos naturales —como las flores o los flamencos— y la edificación que estabiliza la composición.

La pieza encarna la oscilación entre lo que tomamos de la realidad a través de la mirada y lo incorporado por nuestra mente, en forma de imágenes oníricas que también están presentes en la vigilia. Estamos ante una experiencia visual que nos hace conectar lo cotidiano con lo imaginado.

Orlando Barea

Barea aborda aquí la figura humana a través de una figuración expresionista que distorsiona al personaje, pero no solo en cuanto a su cuerpo sino en el sentido psicológico. El tratamiento de la luz es envolvente, creando una atmósfera que nos remite al tenebrismo. La anatomía exagerada y tensa nos habla del sufrimiento humano de forma descarnada. El soporte, que se asemeja a un papiro antiguo, le otorga a la obra un carácter arqueológico; parece un objeto museable, rescatado de una civilización antigua. La verticalidad de la composición aporta monumentalidad a la fragilidad de la figura.

Eva Sánchez

Los planos geométricos y lineales gestuales que arman la composición dialogan como si fuesen los instrumentos de una orquesta. La artista edifica en el espacio una estructura formada por ángulos; se trata de una geometría quebrada, en la que los colores primarios planos se acompañan de matices apastelados y transparentes que suavizan la dureza de las formas. Las líneas rectas y curvas se asemejan a una caligrafía, aportando dinamismo a la pieza. Eva investiga la confluencia entre lo fluido y lo ordenado, entre lo controlado y lo intuitivo.

Blai Catafal

El trabajo de Blai dialoga con el Op Art, pero no desde un conocimiento de la genealogía de este movimiento, sino desde una intuición personal, y en eso radica su pureza. Él no sigue los cánones del arte óptico, más bien coincide con ellos de manera natural. La superficie de esta cartulina vibra de forma cadenciosa al insertarse en esos módulos pequeños que repite rítmicamente. Es una obra sumamente balanceada; la forma de la cruz es el eje de los diversos caminos que irradian desde el centro. Más allá de sus valores estéticos, la obra comunica un estado emocional centrado y meditativo, haciéndose eco de la autodisciplina y el rigor que caracterizan al artista. ■

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